Caprichos de la fama

Nora Bär
Nora Bär LA NACION
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16 de marzo de 2018  

A algunos les está negada (o rehúsan aceptar) la celebridad en vida. Darwin vendió toda la edición de 1250 ejemplares de su obra (sobre la evolución de las especies, elaborada a lo largo de 30 años) el mismo día en que se publicó, el 24 de noviembre de 1859. Por la misma época, entre 1857 y 1864, Mendel estudió 28.000 plantas, 40.000 flores y casi 400.000 semillas. Publicó el resultado en ese esfuerzo obsesivo y solitario en una oscura revista científica, los Anales de la Sociedad de Ciencias Naturales de Brno, donde permanecería olvidado durante más de 40 años y solo sería citado cuatro veces entre 1866 y 1900.

A pesar de que trabajó en silencio durante una década, Andrew Wiles, el matemático que logró demostrar el último teorema de Fermat, un endiablado problema que había resistido los intentos de generaciones de científicos durante 350 años, se hizo conocido internacionalmente gracias a la biografía que escribió Simon Singh. Pero se sabe muy poco de Grigori Perelman, el matemático ruso que ganó ¡y rechazó! no solo la medalla Fields, el máximo honor que otorga la comunidad matemática mundial (por sus trabajos en la conjetura de Poincaré; según contó más tarde porque, si su prueba era correcta, ningún otro reconocimiento era relevante), sino también un premio de un millón de dólares por haberla resuelto (porque, al no ser compartido con otro matemático, Richard Hamilton, le pareció injusto).

Casi ninguno de los artistas que fueron contemporáneos de Picasso acariciaron la celebridad del genio malagueño, ni las mentes brillantes que sentaron las bases de la física del siglo XX, la celebridad de Einstein.

¿Qué distingue a los "fuera de serie", esos íconos que galvanizan no solo sus propios logros extraordinarios, sino también los sueños del resto de los mortales?

Sin duda, la cualidad que los hace únicos no radica solo en su creatividad singular, su intelecto poderoso, su persistencia o el hábil manejo de su imagen pública. Hay algo más. Ocurre cuando el estudiante mediocre finalmente se transforma en un gigante de la ciencia (como Mendel, que reprobó ¡tres veces! su examen de biología), el genio precoz y trabajador incansable se deja llevar por "debilidades" humanas (como Picasso o Mozart), el incomprendido finalmente deslumbra con sus dotes mayúsculas (como Einstein, al que le fue imposible obtener un puesto de profesor en las universidades europeas y por eso terminó trabajando en una oficina de patentes).

Stephen Hawking, que fue evocado en todo el mundo este miércoles tras conocerse la noticia de su muerte, pertenece a esta estirpe. Resulta ocioso compararlo con los que lo precedieron o con otros físicos de su generación. Tocó a millones de personas, incluso a aquellos sin familiaridad alguna con los temas que bullían dentro de su cerebro encerrado en un cuerpo inerte.

Cuando fue incorporado en la Royal Society (a una edad excepcional: 32 años), ya estaba en su silla de ruedas y no podía dar vuelta las páginas sin asistencia. "Me preguntaba qué pasaba por su cabeza -contó el astrónomo Martin Rees, quien solía ayudarlo-, y si sus capacidades estaban menguando. Pero un año después apareció con la mejor idea de su vida encapsulada en una ecuación que quiso que grabaran en su lápida". La idea era que los agujeros negros no son completamente negros, sino que emiten radiación.

Mientras resistía estoicamente una enfermedad que no le dio tregua, siguió investigando, escribió libros, concedió entrevistas (aunque tardaba una eternidad en enhebrar una oración), viajó por todo el mundo, se presentó en festivales, ganó y perdió apuestas con sus colegas, opinó sobre asuntos nimios e importantes, y todo lo hizo sin quejarse, con una elegancia ante el infortunio, una curiosidad y un humor que empequeñecen los problemas que tantas veces consideramos insalvables. Había ganado tantas batallas que empezábamos a pensar que era inmortal. De algún modo, lo será.

Por: Nora Bär

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