El sueño europeo de una noche de verano

Sebastián Fest
Sebastián Fest LA NACION
Rodolfo D''Onofrio y Daniel Angelici, presidentes de River y Boca, respectivamente
Rodolfo D''Onofrio y Daniel Angelici, presidentes de River y Boca, respectivamente
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16 de marzo de 2018  

¿Nos vuelve locos la Champions? Claro. ¿Nos fascinan el fútbol inglés y la emotividad de los hinchas apoyando a sus jugadores, suceda lo que suceda? Ni hablar. ¿Nos asombran las formalidades y ritos de esa Liga española en la que juega Messi? Mal.

La Argentina, ese país del fútbol bicampeón del mundo, está muy pero muy lejos de la Champions, de la Premier y de la Liga española. El fútbol local no raya a la altura de una tierra que ofreció al mundo a Di Stéfano, Maradona y Messi, en especial en lo organizativo, aunque también en el juego. La Superliga es un intento de comenzar a encauzar las cosas, aunque por ahora sea como un lindo papel-regalo: envuelve el paquete aportándole reluciente belleza, pero en cuanto se desata el moño aparece la verdad.

Cuando se habla de deporte, el papel-regalo suele ser la TV: los Juegos Olímpicos de Río 2016 tenían importantes defectos si se los vivía en persona, pero las imágenes televisivas eran insuperables. Y algo de eso sucede con el fútbol argentino, que va creciendo en cuanto a nivel televisivo, pero falla en demasiados aspectos a pie de cancha.

Ni la AFA ni los políticos que gestionan el país y sus provincias tienen ya margen para hacerse los distraídos. Hay un mandato evidente de ir hacia un fútbol mejor, y en eso se inscribe lo vivido el miércoles en Mendoza.

La cena de camaradería de Daniel Angelici y Rodolfo D'Onofrio con los auspicios de Ignacio Galarza, CEO de Torneos, se sumó al dato de que ambos vieran juntos la final, de que el riverplatense no gritara los goles por respeto al boquense y de que este último felicitara al ganador apenas cerrado el partido: todo muy español, nada argentino.

Hubo también un estadio a oscuras con un espectáculo artístico en la previa del partido y los dos equipos en la ceremonia de premiación: todas intenciones muy Champions.

Y no se puede olvidar la imagen de las hinchadas compartiendo estadio en un partido sin violencia: reminiscencias de la Premier.

Pero por ahora (y por bastante tiempo, como explica Alejandro Casar en esta misma página), la final de la Supercopa es solo el sueño de una noche de verano.

Para llegar a la exitosa experiencia mendocina se conjuraron los responsables de seguridad de las provincias implicadas, las dirigencias de los clubes, la AFA y el gobierno nacional. Funcionó para una final esperada por cuatro décadas, pero no es viable hoy en el área metropolitana de Buenos Aires, dueña del récord mundial de partidos por fin de semana.

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