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LAURA OLIVA

Televisión y circo

Empezó en el ballet del Rodas. Siempre le fascinó el circo, pero la vida que debía llevar allí terminó por asustarla. Ahora trabaja simultáneamente en dos canales, y puede hacerlo frente a las cámaras o detrás de ellas. Capaz de desempeñarse como bailarina, actriz y productora, lleva a la pantalla el mismo humor irónico que gobierna su vida
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13 de junio de 1999  

El primero en aparecer es Roberto Carlos. Anfitrión malcriado, rebelde insoportable, será capaz de dominar la mitad de la entrevista. Y detrás, casi en escolta, está Laura Oliva. O la cara pálida, limpia y matinal de una chica actriz gobernada por un gato adolescente. "Cuidado, porque está histérico, y se pone a jugar y te saca las uñas".

-¿Te las arranca?

-No, las saca él, y te las clava. Es chiquito, dos meses, se ve que le agarró la crisis juvenil y está como loco.

La casa es un edificio reciclado de Palermo Viejo, con piso y paredes fundidos en un blanco que encandila. Roberto rebota enajenado por los confines de la planta baja, juega entre las patas de las sillas, salta sobre el lomo de una funda de guitarra perdida en el suelo. Debe ser de él, la guitarra. De ese chico con barba candado que aparece en todos lados. Hay fotos en la biblioteca, sobre una mesa ratona, sobre el televisor. Hay también una de los dos, retozando como tórtolos en la calma chicha celeste del Caribe.

-Fundimos nuestros ahorros y compramos este departamento. Y la foto es de Los Roques. Me gané un viaje a la isla Margarita por contar chistes en el programa de Susana Giménez. Y éste es el recuerdo de esa época en que era experta contadora de chistes.

Clava una media sonrisa entre el asombro y el desgano. La vida, a veces, regala espacios no pensados. Laura se hizo conocida con Nico -el programa de Nicolás Repetto- principalmente por su personaje del Corner de los Pasivos: una señora paqueta opinando sobre los gajes de ser viejo y argentino. Allí también trabajó detrás de cámaras como directora artística, y luego participó en el magazine Infómanas, con un rol de corte más periodístico. Terminado el programa de las chicas, y hasta que hizo pie con Gasalla (frente a cámaras) y en el programa de Repetto (como productora), el tiempo sin aire propio lo pasaba cazando car-nadas en el programa de Susana.

-Llegué a la final, casi me gano el auto. Todo el mundo me daba consejos: que el yeite está en un chiste corto, en uno largo. Les decía que no era contadora de chistes, pero da igual. Y ése fue casi el primer viaje internacional que hice. Antes había ido a Uruguay. El día anterior a los viajes siempre me angustio, me parece que no tengo ganas, que me gusta más mi casa de lo que me gustaba antes. Ya me pasó cuando planeé el viaje a Cuba: tenía el pasaje en la mano, pero lo anulé todo. Soy muy familiera, aunque no parezca, y aunque sea el eslabón perdido que se va de gira con el circo. El circo. Para la familia, ése fue el hito de mi desaparición.

El Rodas se la llevó a los 19 años. En 1990, reemplazó el círculo de arena por un escenario con ballet. Y ella, que estudiaba danza desde los 15, se presentó con éxito a una audición: no tenía dones de excepción, pero era sabrosa de gestos. Mientras otras elongaban, Laura hizo del histrionismo su mejor músculo flexible.

-El circo era bolilla negra entre los bailarines. Nadie quería ir, así que pagaban muy bien. Cuando entré, no lo podía creer. Era mi primer trabajo, y ganaba lo que hoy sería seis mil pesos por mes. Después me di cuenta por qué tan buen sueldo. Era un lugar muy fellinesco. Parece muy lindo, pero tenía compañeras con diez años de Colón, con todo el sacrificio que significa, que tenían que cuidarse de que el mono no se pusiera histérico y las dejara hechas tiritas.

Roberto tiene intenciones parecidas. Roberto tiene uñitas delgadas como agujas, y adora enterrarlas en los poros de su dueña. Como si ella fuera una montaña, y él estuviera obligado a escalarla a perpetuidad.

-Roberto, me hartaste.

El nuevo destino del gato es el patiecito que antecede a la entrada. Pero no es suficiente. Detrás de las paredes, el maullido es la versión legal de la tortura de la gota. Y en medio de los ruegos -finitos, diminutos, insoportables-, Laura recuerda lo difícil que era vivir en el circo, las cuatro funciones diarias, las trasnoches atoradas de trabajo.

-Fue una experiencia alucinante, y después de diez años me sigo encontrando con mi amiga y nos seguimos riendo de las mismas pavadas, pero en su momento fue muy heavy. Nosotras jugábamos para matar el tiempo entre las funciones, y había códigos. Por ejemplo, de repente entraba un tipo y gritaba ¡El mono! Y todas corríamos desaforadas adentro de los camarines. Nos teníamos que quedar hasta que se llevaran al mono al escenario. Estaba todo bien, divino, un sol, pero como son animales en cautiverio están muy locos y por ahí se brotan. Al principio estaba alucinada, porque era mi primer trabajo y había muy buen dinero, pero después el dinero bajó y llegaron esas cosas... Tenías la sensación de que algo te iba a pasar si no te ibas de ahí.

¿Y si ocurriera una metamorfosis siniestra? ¿Y si las bailarinas amanecieran una mañana maldita y se encontraran garras en vez de piernas, cola de cebra en vez de tutú? ¿Y si con el correr del tiempo ellas se transformaran en bestias en cautiverio, y el hombre de los monos apareciera gritando ¡las bailarinas! antes de soltarlas? Había miedos.

-Era todo muy raro, y a la vez muy divertido. A los tigres les enseñaban que 10 minutos antes de salir al escenario les tocaban con una vara las rejas de la jaula. Tan tan, hacían. Y ese sonido inmediatamente los hacía hacer caca, para que no se hicieran en el escenario. Y con una amiga siempre decíamos que un día íbamos a escuchar tan tan y nos íbamos a ensuciar encima. Y encima teníamos un baño de chapa con un pozo, o los baños del público. Eran tantas horas. Era muy loco estar en el térmico (el micro) pintándote por decimoctava vez, porque no sabías qué cuernos hacer y entonces te maquillabas, y escuchar el tan tan. Tantas veces, el tan tan. La otra gran fantasía era un poco más romántica, y también más aterradora: enamorarse en los confines del circo puede deparar un casamiento y una eternidad bajo carpa. Y eso fue demasiado.

-Me fui. A nivel humano fue impresionante, y además vivís con una expectativa enorme. Pero a la vez sentís que el tiempo se te está yendo.

La misma sensación de pérdida, o algo parecido, sintió cuando entró en la facultad. Laura tenía una familia con ganas de instalar un negocio de farmacia y óptica. Su hermana estudiaba farmacia, y ella entendió. "Me metí en óptica técnica. Es la carrera más corta del Manual del Alumno, eso que se estudia para hacer anteojos. Eran dos años y medio y no me gustaba nada. Un espanto."

En casa, el único espanto era no tener el futuro asegurado. La única alternativa era el soborno: si Laura estudiaba, la mantenían y entonces podía ir a la escuela de danzas (trabajar e ir a la escuela era imposible). "Pero duré un cuatrimestre. Mientras estaba haciendo el CBC, conseguí un laburo para bailar y empecé a ganar plata. En esa época, apenas terminado el secundario, trabajaba de quiosquera y de promotora de la revista Segundamano. Con ese dinero me pagaba las clases de danzas. Además, ir a la Ciudad Universitaria era una depresión. Nunca tuve problemas de estudio, pero en el primer parcial me saqué 2."

-Una típica adolescente-problema.

-No, problema no. Tenían terror. Y los entiendo. Egresé de la escuela de danzas con el rodete incrustado, mi papá pensaba que yo iba a hacer de cisne, y desaparecí con un circo. Ahora está todo bien, porque soy la hija de la tele y mi papá es el primer cholulo mío. Se va a La Rioja, al pueblito perdido donde él nació, y le preguntan si él es mi papá. La televisión es un monstruo.

Laura llegó vía casting. Trescientas almas, y ella, gestionaban en Telefé un pasaporte a la pantalla. La visa la entregaba Nicolás Repetto, un hombre difícil para la risa.

-Los casting son horribles, y me deprimía muy fácilmente con ese tema. Pero quería entrar a la tele porque hacía mucho tiempo que estaba haciendo teatro, pero para que me dieran un lindo papel me hacía falta tener un nombre. Además, entré al teatro como bailarina, y siempre me daban papeles puramente de baile. Y tuve la sensación de que la única forma de despegarme de eso era haciéndome un nombre en televisión.

En ese primer encuentro con Repetto, desarrolló su personaje de batalla: el de Ofelia, la señora que hablaba de los jubilados con dos kilos de caviar pegados al paladar. En pleno auge de la efervescente María América González, el interminable lienzo de los pasivos seguía ofreciendo metros para cortar.

-¿Qué te llevó a pensar en ese personaje?

-La desesperación. Había que hacer algo, porque se venía el casting encima. La desesperación es bárbara para crear. Cuando pasó un tiempo de programa y no fue suficiente, tuve que pensar un personaje nuevo. Me acuerdo que iba en el colectivo 188 (todavía no tenía auto) y ahí las vi: vestiditas de hombre, divinas, puro Angie Dikinson. El personaje de la policía se lo debo a ellas: eran geniales. Antes estaban con pollerita y taquito, pero después aparecieron más machonas, con gorra y una trenza. Y tienen la actitud mucho más guarra que los hombres.

Una verborragia enloquecida le llena la boca de palabras. Las arroja rápidas, claras, filosas. Y el huracán de letras se ordena en frases rectas. Las primeras famas le llegaron gracias a esa incontinencia impecable que chorreaba de los labios de Ofelia. La mujer canosa y perlada, la que cerraba sus columnas con el sarcasmo de una frase registrada: No se preocupen (los funcionarios), ya se van a tener que jubilar. Laura aún recuerda esa mañana de domingo despojado, en que caminaba por la calle absolutamente catatónica. Pasó un auto y la ventanilla se abrió, y un hombrecito exasperado, desubicado entre tanto sueño y herrumbre, sacó medio cuerpo afuera y le gritó en el oído: ¡Ya se van a tener que jubilar!

-¡Waaa! Ese grito sordo. Todavía no me acostumbro a que gente que yo no conozco me conozca. También me pasa que cuando hay algún problema en el edificio me llaman a mí, porque es el nombre que siempre conocen. ¡Lauraaa!, me gritan, y por ahí del tema en cuestión yo no entiendo nada.

-¡Lauraaa!

Y de repente, el azar. Ese grito que cae como un chiste arreglado.

-¡Lauraaa! ¡El bebe se escapó por debajo de la puerta!

La primera duda es si existen bebes tan delgados. Pero pronto se entiende que el sujeto, otra vez, es Roberto. "Tengo que poner un trapo de piso para tapar el hueco de la puerta, porque si no se aburre y se va." La segunda duda es qué pasaría si, en vez de gritar, los vecinos golpearan el portón de metal. Si los vecinos, inocentemente, hicieran tan tan.

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