El infierno de los aduladores

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
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18 de marzo de 2018  

La obsecuencia no estaba muy bien vista entre mis compañeros de secundaria. Podías sacar las mejores notas en matemática, biología o historia, ganar las carreras de atletismo o llevar la bandera en cada uno de los actos escolares, pero si eras obsecuente con las autoridades pasabas a ser un paria durante un tiempo. Festejar chistes malos de la directora o halagar al rector tenían su contrapartida en el mustio silencio con el que se recibían los comentarios del adulador cuando las figuras de poder se habían retirado a sus oficinas de escritorios vidriados. Si hacías tareas que no te incumbían cuando nadie te lo pedía (es decir, sin que nadie lo ordenara), te encontrabas con un firmamento de sonrisas socarronas al volver a la silla. La adolescencia es un período de intransigencia fértil.

En distintos trabajos, sin embargo, los obsecuentes hicieron carrera. Bien provistos de frases de ocasión en público y vaya a saber qué clase de información en privado, los vimos ascender en soledad. El destino de ellos dependía de la suerte de los tiranuelos consentidos. En almuerzos y ratos libres, no es infrecuente que vuelva la pregunta: "¿Se acuerdan de Fulano?". Y a continuación, una carcajada.

Desde que Dante Alighieri volvió a ser noticia este año, gracias a la idea de Pablo Maurette de leer en forma colectiva La divina comedia en Twitter con el hashtag #Dante2018, recordé que los aduladores habían sido condenados por el poeta al octavo círculo del infierno. "Los aduladores, que también explotan a los demás engañando sus deseos con palabras, son símbolo de la corrupción de la lengua y la comunicación entre los hombres", explica el profesor y traductor español Ángel Chiclana. Sumergidos en excrementos, los aduladores convivían en el infierno dantesco con hipócritas, hechiceros, ladrones, simoníacos y otros traficantes de palabras.

Siglos después, Friedrich Nietzsche también aconsejaba desconfiar de los halagos más que de cualquier otro intercambio verbal. Todos le parecían críticas encubiertas, regalos envenenados y mentiras. G. K. Chesterton, en su inigualable estilo olímpico, escribió que la función esencial de la lisonja consistía en ensalzar a las personas por cualidades que no poseían. Quién sabe. Ahora se puede decir que ni ellos ni Dante hicieron escuela. El halago a los poderosos circula más rápido que la gripe en la antesala del invierno, tanto que los príncipes de turno llegan a fastidiarse si una pequeña nube crítica vela el despejado cielo donde imaginan que flotan sus virtudes.

Eduardo de la Cruz es docente de la Facultad de Comunicación Social de la Universidad de Córdoba. "La obsecuencia es una de las acciones que marcan el fin del periodismo, el oficio más bello del mundo -escribe desde la ciudad donde vive y trabaja-. Día tras día, revistas, diarios, programas de TV o radio cambian de registro y, en lugar de información, emerge la adjetivación exagerada para contar la vida cotidiana de una comunidad e instalar una agenda informativa que tiene como base el amor/odio instantáneo".

Nuestro infierno habita en las redes sociales. "Las redes se instalaron como cartografía para experimentar; si nos ponemos a hilar fino, podríamos decir que sirvieron de plataforma para esa forma de comunicar desde lo irracional y desde las pulsiones más básicas. Los medios tradicionales, que quedan como vagón de cola en el panorama mediático, siguen esa modalidad, buscando recuperar audiencias y likes". Para ese fin, nada mejor que la obsecuencia. "Ese es el password para encontrar lectores y audiencias instantáneas", afirma De la Cruz.

La información, la veracidad de los datos, las fuentes y sus legitimidades, los argumentos y las herramientas para conocer, saber y discernir se diluyen en una hechicería hecha, como en el pasado, de palabras. Señala De la Cruz: "En pos de ser afectuoso y de tener 'buena energía', el periodismo deja de lado su misión central: informar, ejercer una crítica de los tiempos que vivimos. Pasamos de cadenas nacionales a conferencias de prensa organizadas para no molestar a un presidente. Esa es la escena que muestra en primer plano la obsecuencia de cierto periodismo contemporáneo".

Habría que evitar, como escribió Dante, "la lisonja aviesa" (según la versión de Bartolomé Mitre de la Divina Comedia) si no queremos, aunque solo sea metafóricamente, terminar nadando entre heces.

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