Las dos "víctimas" de Boca que dejó el superclásico: Carlos Tevez y Guillermo Barros Schelotto

Diego Latorre
Diego Latorre LA NACION
Carlos Tevez, junto con Guillermo Schelotto .
Carlos Tevez, junto con Guillermo Schelotto . Fuente: FotoBAIRES
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18 de marzo de 2018  

Como era previsible, el Superclásico del miércoles pasado dejó huellas. Por un lado, alivió el espíritu de River y encumbró como triunfadores a Marcelo Gallardo y a Franco Armani. Por el otro, causó heridas que abren un período difícil, como siempre ocurre en Boca cuando llegan las derrotas.

En ese sentido, me cuesta comprender las manifestaciones llegadas desde afuera del plantel que apuntan a la actitud, cuando la misma no solo está determinada por la garra y el temperamento sino por muchas otras cuestiones y elementos que aparecen en un partido y hacen que un equipo tenga más entusiasmo que otro.

Creo que antes que nada habría que apuntar a las razones futbolísticas para entender por qué en este 2018 Boca ha perdido calidad de juego, brillo y dinamismo. Por supuesto, no deben olvidarse las lesiones de Gago y Benedetto. En equilibrios tan finos como los del fútbol argentino, donde todo se sostiene como se puede, cualquier detalle que cambia daña al equipo, lo modifica, y ya nada vuelve a ser como antes. Pero además de esas desgracias, Guillermo Barros Schelotto se vio forzado a insertar a Carlos Tevez en un esquema de funcionamiento que había alcanzado un buen grado de química sin su presencia. No es casual entonces que hoy las críticas apunten hacia estos dos nombres.

Sin Benedetto, el técnico le encontró acomodo a Tevez en la punta del ataque. Soy de los que creen que Carlitos tiene alma de centrodelantero, pero en el Boca actual padece problemas que no le son directamente adjudicables.

El "falso 9" tiene vigencia cuando la pelota pasa por los mediocampistas y viene bien jugada de atrás hacia adelante, cuando el equipo tiene una coordinación y una circulación que le permite llegar naturalmente a posiciones de gol, cuando hay movilidad y no quietud. Hoy en Boca eso no ocurre porque carece de creatividad en la raíz de las jugadas. Nández y Barrios, dos muy buenos jugadores por separado, no se complementan -incluso se estorban- en la misión de activar al equipo. Y si el rival tapa al colombiano, como hizo River, la posibilidad de pase queda prácticamente anulada.

Guillermo no quiere un fútbol directo que saltee el medio campo, tal como propuso River en Mendoza. Por eso coloca a Tevez, Cardona y Pablo Pérez, pero sin embargo se queda a medias, porque carece de generación de juego por detrás, y entonces los de arriba (también Pavón) quedan aislados, inconexos, sin participación. Desde la lejanía puede pensarse que Reynoso podría cumplir esa función de enlace, de pegamento, aunque al pibe llegado de Talleres todavía le falten algunas capas de pintura para adaptarse al club. Pero hablamos de un entrenador muy consecuente con sus ideas, tal vez poco flexible y que se toma su tiempo para que la realidad lo convenza de que necesita cambiar.

Solo después de analizar estas cuestiones futbolísticas se puede hablar de carácter y personalidad. Y en ese punto, sí es cierto que el miércoles a Tevez le faltó rebeldía. Hay cosas que revuelven a un jugador, lo desenfocan, y si afuera de la cancha uno está desordenado suele ser difícil esconderlo adentro. Tevez venció muchos obstáculos para forzar su regreso a Boca, pero a partir de ahí fue enredándose en sus decisiones, sus palabras y, desde ya, su rendimiento.

La cancha es el único paragolpes de un jugador, el lugar donde debe expresarse y decir lo que tenga que decir; el resto es complemento, un adorno que en el caso de Tevez no lo ha ayudado. Carlitos dijo una cosa e hizo otra, se fue a China, volvió, habló de política y se postuló para la selección... todo esto al mismo tiempo que no lograba recuperar explosión para ganar en el uno contra uno.

Nadie duda de la trayectoria y la jerarquía de Tevez, un futbolista que fue eje en grandes equipos: el City, el United, la Juventus... Ahora está en sus manos repensarse, reinventarse para darle a su carrera un final a la altura de lo que fue. El prestigio que tanto cuesta conseguir puede derrumbarse en tres partidos. Lamentablemente son las reglas del juego, pero estoy convencido de que el romanticismo todavía perdura en nuestro fútbol y de que el vínculo jugador-escudo-hincha se mantiene a pesar de los intentos del negocio por disociarlo. Depende de Tevez prolongarlo hasta el día de su retiro.

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