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Hay otro Juan Martín Del Potro, que se retroalimenta de tenis y de victorias

Claudio Cerviño
Claudio Cerviño LA NACION
El argentino Del Potro , en Indian Wells
El argentino Del Potro , en Indian Wells
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17 de marzo de 2018  • 20:19

Hace unos días, cuando en un informe especial de LA NACION se hablaba de la posibilidad concreta de que Juan Martín del Potro luchara por el N° 1 del mundo antes de fin de año, la pregunta que nos hacíamos era si el tandilense se había propuesto seriamente ese objetivo o no. La respuesta todavía no fluye con claridad. Porque no lo dice él abiertamente, porque llegar a la cima implica un esfuerzo adicional que hasta aquí solo un tenista de nuestro país asumió cabalmente (Guillermo Vilas), y porque una vez que se traspasa la barrera de los top 5, la cuesta suele hacerse más arriba, física y psicológicamente. Pero algo sí es bien nítido: Del Potro está aprovechando con creces su buen momento y los resquicios que le dejan los grandes nombres que estaban por encima de él. Puede tener intermitencias durante un partido, lucir por momentos desganado, pero son licencias que en la mayoría de los casos no representan riesgos extremos ante el promedio de rivales con los que se enfrenta. Juega el tandilense con la convicción de tener el control de la situación. Se exige cuando lo necesita. Acelera en los puntos en los que puede marcar diferencia. ¿Qué indican esos factores? Que se siente ganador. Y cuando alguien irradia esa confianza que viene de su interior y sobre todo de su cabeza, es temiblemente poderoso.

Por intervenciones quirúrgicas, por lesiones, por terminar tarde la temporada anterior o por su propia inercia, Del Potro tuvo pocos arranques de temporada positivos, con envión ganador. Casi que su año comenzaba en el Masters 1000 de Indian Wells o en el de Miami, y a media máquina. Cuando tomaba temperatura, ya se le venía encima la temporada de polvo de ladrillo, en la que no se siente muy a gusto. Así llegaba a junio y, salvo en 2009, cuando fue semifinalista y bien pudo jugar el encuentro decisivo con Robin Soderling, Roland Garros era una estación intermedia y valorada relativamente. Porque en rigor ya estaba pensando en Wimbledon, en el césped, allí donde su tenis sí podía aflorar y dañar. Con menos desgaste, más puntos cortos, más aces. Y entonces sí tomar impulso para la segunda mitad del año, allí donde fluye el verdadero Delpo. El más peligroso para sus rivales, incluidos los encumbrados.

Este Del Potro, a los 29 años, vive un proceso diferente. Aprovechando el año desde el vamos. Gana más partidos, sin soslayar algún imprevisto como la eliminación con Frances Tiafoe en Delray Beach. Conquista títulos: si bien perdió el de Auckland en la final, obtuvo el ATP 500 de Acapulco, donde la mayoría disfruta más del paisaje y las playas que de la competencia en sí. En México dio señales de sus pretensiones al vencer a tres top ten en una semana: Thiem, Zverev y Anderson. Sin tomarse respiro, ahora está en la final de Indian Wells, para muchos, el torneo más relevante luego de los Grand Slams. Del Potro se debe un Masters 1000. Raro, para alguien que tiene un Grand Slam, una Copa Davis y medallas olímpicas en su haber. Pero sí, es una de sus cuentas pendientes. Este arranque de año ya prolongado casi hasta abril lo encuentra en la forma ideal como para plantarse ante Roger Federer, invicto en 17 partidos, número 1 del mundo, leyenda inagotable a los 36 años y medio y con quien sostuvo inolvidables batallas, como aquella final del US Open 2009.

Fue 8° después de Acapulco. Ya pasó la línea de David Goffin y ahora de Dominic Thiem. Se ubica 6° y por delante están Zverev, Dimitrov, Cilic, Nadal y Federer. La realidad del circuito hoy, con varios averiados (Djokovic, Murray, Wawrinka, Nadal), le abrió una hendija. A los chicos del recambio, los herederos, como se los cataloga a Zverev y Thiem, ya se vio que los puede. Así como en otros tiempos, no tan lejanos, Del Potro se nutrió de Tandil y de los afectos, hoy además se retroalimenta de tenis, victorias y capitalización de las oportunidades. Sobrellevó de manera diferente algunos golpes emocionales: los manejó, con ayuda, sin caer en baches deportivos. Quizá sean las primeras señales para convencerse (de eso se trata) de que no es una utopía mirar más arriba desde su 1,98m.

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