Estabilidad y miedo: las razones detrás de la lealtad de los rusos con Putin

En plena crisis con Occidente, obtendría con amplitud otro mandato en las elecciones de hoy; el desmantelamiento de la oposición y el control sobre los medios, también claves
Luisa Corradini
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18 de marzo de 2018  

PARÍS.- Detestado por los occidentales, acusado de anexar territorios, atizar guerras, interferir en elecciones ajenas y ordenar el asesinato de traidores y disidentes sin ningún escrúpulo, Vladimir Putin es un dirigente amado y apoyado por los rusos y muy probablemente vuelva a ganar hoy las elecciones rusas, en las que lograría su cuarto mandato.

Para registrar entre 60% y 70% de la intención de voto, según el instituto público Vtsiom, Putin consolidó su poder al colocar todos los medios de comunicación bajo su control y reducir las libertades públicas durante los 18 años que pasó en el poder (14 como presidente y otros cuatro como primer ministro de su delfín Dimitri Medvedev).

Para millones de rusos, Putin (que en ruso significa "el camino") es el hombre que devolvió la estabilidad al país después del caos político y económico de los años 90. Fue -según su visión- quien restauró la dignidad y el papel de Moscú en la arena internacional, perdidos después de la humillante caída de la Unión Soviética, en 1991.

Durante sus años en el poder, el jefe del Kremlin conoció tres presidentes norteamericanos, llevó adelante cuatro guerras (Chechenia, Georgia, Ucrania y Siria) y anexó Crimea. Para la anécdota, también se dejó fotografiar a los 65 años mostrando sus bíceps o vestido de judoka, nadó estilo mariposa en las aguas heladas de un río, voló en ULM en Siberia, acogió los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi (2014) y obtuvo la organización del Mundial de fútbol que empieza en junio próximo.

Desde el año pasado, su longevidad en el poder superó la de Leonid Brezhnev (1964-1982). Al frente de un país de 145 millones de personas,, Putin es considerado por sus administrados un auténtico zar.

Hoy, frente a él habrá siete candidatos, todos autorizados por el Kremlin. Ninguno está en condiciones de evitar la reelección de Putin. Su verdadero opositor, Alexei Navalny, fue declarado inelegible hasta 2024 debido a una condena judicial, orquestada -según él- por el gobierno. Otros tuvieron menos suerte. Por ejemplo, su otro gran detractor, Boris Nemtsov, asesinado por la espalda en las puertas del Kremlin en 2015.

"Putin es un espejo y cada ruso ve en él lo que necesita", opina el analista político Konstantin Kalatchev. "Para algunos es el hombre que levantó una Rusia que estaba de rodillas, que volvió a dar lustre a las fuerzas armadas y a la industria militar. Para otros, mejoró sensiblemente el nivel de vida del pueblo, asegurándose de que sus jubilaciones sean pagadas puntualmente", agrega. Si su nivel de aprobación popular es tan exuberante es porque consiguió persuadir a los rusos de que, como afirma uno de sus colaboradores, "si no hay Putin, no hay Rusia". Que la imagen que tienen de él en el extranjero sea completamente diferente es incluso una ventaja para él.

"Putin ocupa regularmente las tapas de los diarios occidentales como el representante del mal absoluto. Para los rusos, ser el enemigo número uno de Estados Unidos, de la OTAN y de la Unión Europea es el reconocimiento de su estatura de hombre político central -señala Kalatchev-. Cuando se teme a alguien, se lo respeta".

La crisis diplomática con Gran Bretaña no cambió absolutamente nada en la forma en que los rusos miran a su presidente. Las amenazas de aumentar las sanciones de los europeos, tampoco. Para esa inmensa mayoría de pro-Putin, el envenenamiento del exespía ruso Sergei Skripal y de su hija en Salisbury es simplemente un "complot occidental" para perturbar las elecciones de hoy.

"En este país la propaganda está en todas partes", deplora Killil Martinov, jefe de redacción de Novaia Gazeta, uno de los raros diarios independientes. Las redes sociales eran los únicos espacios independientes que quedaban. Ya no lo son más.

El orgullo nacional y la grandeza de Rusia: esos son los temas principales de la campaña que terminó ayer, pero que en realidad nunca existió. El "nuevo zar", como lo llaman sus conciudadanos con admiración, realizó solo dos mítines y no participó en ningún debate.

Como un zar, en el país del clientelismo Putin ocupa el vértice de la pirámide. Desde que embistió a los todopoderosos oligarcas, en 2001, y tomó control de los medios y de los gigantes del gas y el petróleo, todo acceso al poder y al dinero pasa por él. Desde entonces, todos los ambiciosos están a su servicio. Para camuflar su poder ilimitado se escuda en la Justicia, pero todos saben que le responde ciegamente.

También consiguió dar respuesta al interrogante que agobia a los dirigentes rusos desde Pedro el Grande: ¿el país debe modernizarse siguiendo el ejemplo de Occidente, respetando los derechos civiles y con gobiernos representativos? ¿O debe llegar a la estabilidad oponiéndose a esos valores? Su opción fue encomendar la economía a tecnócratas de orientación liberal y la política a sus antiguos colegas, los exoficiales del KGB.

"Obviamente, la política terminó dominando la economía y Rusia está pagando el precio", dice el economista Lev Gudkov. "A pesar de una buena administración durante las sanciones occidentales y una devaluación del rublo, la economía aún depende de los recursos naturales. Apenas si consigue crecer el 2% anual, muy lejos de los resultados de 2000-2008, cuando registraba cifras de entre 5% y 10%".

Sin embargo, a pesar de que este último mandato estuvo marcado por la recesión y una reducción del nivel de vida, Putin "logró explotar todos los miedos y los complejos de la población", afirma el analista Kirill Rogov, para quien el temor principal de los rusos es un retorno a la inestabilidad de los años 1990. "La gente tiene pánico de perder lo que tiene, y ese miedo es particularmente fuerte en el interior, donde la vida es más difícil", explica.

La adhesión de los jóvenes de entre 18 y 24 años, esos que apenas habían nacido cuando Putin llegó al poder, parece ser aún más sólida. Despolitizados, incapaces de luchar contra la propaganda y sin opciones democráticas, se dejan llevar cada vez más por el conformismo. "Hace poco una estudiante me dijo: 'No necesitamos libertad. En casa tenemos a nuestros padres; en la escuela, al director, y en el Kremlin, a nuestro presidente'", recuerda Igor Dolusti, profesor de historia en Moscú.

En la capital, durante una última manifestación en su apoyo, sus partidarios parecían compartir la misma convicción: "No veo otro candidato que pueda ser nuestro comandante en jefe", dijo el cineasta Nikita Mikhalkov ante 100.000 personas. "Putin es el único que puede ser nuestro presidente", los arengó.

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