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Xi Jinping empieza su segundo mandato con un poderoso aliado como vicepresidente

El saludo entre Wang y Xi, ayer, durante la ceremonia de toma de mando, en Pekín
El saludo entre Wang y Xi, ayer, durante la ceremonia de toma de mando, en Pekín Fuente: Reuters - Crédito: Jason Lee
Wang Qishan, reconocido por ser un zar contra la corrupción, es el nuevo número dos
Adrián Foncillas
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18 de marzo de 2018  

PEKÍN.- Wang Qishan cambió su merecida jubilación por la vicepresidencia de China. El zar contra la corrupción fue arrastrado a su vera por el presidente Xi Jinping, en su último desprecio a la tradición del Partido Comunista (PCCh). Ambos fueron nombrados ayer por los casi 3000 parlamentarios chinos con un solo voto en contra para Wang y ninguno para Xi.

De 69 años, Wang carecía de cargos relevantes en el PCCh desde que, en el Congreso del año pasado, dejó la jefatura de la poderosa Comisión Central de Disciplina e Inspección (CCDI) y el Comité Permanente, el órgano que pilotea el país.

Su nombramiento atenta contra la casuística. Dotará de relevancia a un cargo hasta ahora ceremonial e introducirá a un elemento extraño, sin cargo relevante en el partido, en la toma de decisiones que antes ventilaban en exclusiva los miembros del Comité Permanente.

El movimiento empequeñecerá aún más al primer ministro, Li Kegiang. Y el jefe de Estado ignora también las reglas no escritas, como al obtener la enmienda constitucional para la presidencia indefinida.

La relación de Xi y Wang se forjó medio siglo atrás en las polvorientas cuevas de Shaanxi. A esa provincia rural habían sido destinados durante la turbulenta Revolución Cultural para compartir las asperezas del campesinado y conocer el hambre y el frío. Wang ejerció de hermano mayor de Xi, pasaron veladas juntos a pesar de los 50 kilómetros que los separaban, compartieron libros y una noche helada durmieron acurrucados, desveló el presidente.

Wang estudió Historia en la universidad y adquirió el estatus de "principito" (la aristocracia roja revolucionaria) al casarse con la hija de Yao Yilin, vice primer ministro que defendió el aplastamiento estudiantil en Tiananmen. Su pronto prestigio como banquero y reformista económico lo empujó a las negociaciones con Estados Unidos durante la crisis global de 2008.

Wang apuntaló su sobrenombre de "jefe de bomberos" por su diligencia para sofocar incendios. Daba igual lo que le echaran: la crisis de los mercados asiáticos de 1997, la epidemia del SARS de 2003, los preparativos olímpicos para Pekín en 2008 o los de la Expo de Shanghai del año siguiente. Wang es eficaz, discreto y vertical, tan temido como respetado, esa clase de personas que cualquier gobierno necesita. Aquellas misiones palidecen en comparación con la limpieza del partido que le encomendó Xi cuando alcanzó la presidencia, en 2003. Incluso Wang quedó sorprendido. "Así es como funcionan las cosas, hacés lo que el partido te pide que hagas", dijo.

Excesos

Los chinos miran al partido como un nido de arribistas. Nadie es más odiado que el gobernante local, un compendio de vicios en el imaginario popular. Desangra las arcas con banquetes y concubinas, explora cualquier vía corrupta, desprecia al pueblo al que prometió servir y concentra sus atenciones en los superiores que gestionan los ascensos.

Los funcionarios del partido heredaron los excesos que durante siglos caracterizaron a los mandarines. Xi advirtió que la crisis de confianza ponía en peligro la supervivencia del partido y la mandó parar. Puso a Wang al frente de la CCDI y prometió que caerían altos y bajos cargos. La lucha contra la corrupción había integrado el discurso oficial de Pekín durante décadas, pero nadie la había llevado tan lejos.

Fueron castigados un millón y medio de funcionarios. Con el encarcelamiento de Zhou Yongkang, exjefe de la seguridad nacional, Wang demostró que nadie está a salvo, ni siquiera los exmiembros del Comité Permanente que antes tenían asegurado su retiro apacible.

Los miembros del partido temen ahora que los funcionarios de la CCDI llamen a su puerta para aplicarles el shuanggui o sistema disciplinario interno. El poder y la influencia previa son indiferentes porque no recibirán más pleitesía que un insignificante criminal común. Permanecen semanas o meses desaparecidos e incomunicados, sin abogado ni visitas familiares, hasta que reaparecen ya expulsados del partido y con la confesión firmada.

No hay dudas de la eficaz limpieza de filas de Wang, un aficionado a la serie de intrigas House of Cards, que menciona a menudo en sus discursos. Tampoco hay dudas de que la lucha contra la corrupción desbrozó de rivales el camino de Xi.

Su primera misión será lidiar con la guerra comercial que desencadenó Donald Trump con sus aranceles al acero y el carbón. China volvió a recurrir al bombero Wang para el enésimo incendio.

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