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Entre la construcción mítica y el cuento

Jazmín Carbonell
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19 de marzo de 2018  

Esa niña. Dramaturgia y dirección: Lucila Quarleri. Actriz: Maia Lancioni. Escenografía y vestuario: Maricel Aguirre. Diseño de luces: Lucia Feijoó. Supervisión dramatúrgica: Maruja Bustamante, Camila Mansilla y Eugenia Pérez Tomas. Sala: El Camarín de las Musas (Mario Bravo 960). Funciones: viernes, a las 22.45. Duración: 40 minutos. Nuesta opinión: buena

Un rodete de trenzas rubias alcanza para saberlo todo. Aquí, más que nunca la metonimia, esa figura retórica capaz de condensar en un objeto la totalidad de lo que se desea designar, esa figura tan fundamental para el teatro que ayuda a poner rápidamente en tema a los espectadores, se erige con fuerza. Ese peinado aparece en escena y entonces ya se sabe que Evita está presente. Y aunque se tarde un poco en nombrarla, y aunque incluso su nombre casi no se diga, la obra habla de esa construcción mítica de esa mujer. Esa mujer. Esa niña. Esa. En ese "esa" se condensa todos los sentimientos que ella emana: rechazo y admiración. Odio y amor. Desprecio y lealtad. Pasiones que se encuentran, se chocan y hasta conviven en una persona. Las dos caras de una moneda. Y aquí esa dualidad estará presente todo el tiempo. Será la clave.

Esa mujer llamó tan acertadamente Rodolfo Walsh al cuento que, de manera casi unánime, se convirtió en hito y que aquí de alguna manera se retoma. Ya no es un coronel el que habla, tampoco se narra nada específico sobre el cuerpo de Evita. Pero sí acaso el único personaje de esta pieza habla desde el desprecio, desde el sentirse superior a esta mujer que representa a los desclasados. Desde ahí, desde ese gesto altanero y soberbio que comparte la mujer de la pieza teatral de Lucila Quarleri con el coronel del cuento de Walsh se construyen los relatos llenos de contradicciones. Es que ninguno de los dos puede odiarla del todo, en cambio en el camino descubren una profunda atracción.

Una mujer de Recoleta, casada porque así debe hacerlo, pero sumergida en la más profunda soledad recorre su odio a Eva mientras se prepara para votar el domingo por primera vez. En ese momento histórico se sitúa la obra y la mujer que en apariencia no tiene más que el peinado en común con Eva se descubre más cercana.

Con su cuerpo desgarbado, frágil, deambula por el espacio mientras habla con ella misma y con un personaje evocado, su empleada doméstica a quien hostiga y maltrata. Esta mujer de la oligarquía cuenta un viaje a Chacarita para llevarle flores a una tía y un posible encuentro con Eva de niña. "¿Por qué no haberla matado antes de que crezca?", esboza llena de odio. En su cuerpo mismo, en una precisa actuación de Maia Lancioni, se condensan todas las pasiones. Una obra corta, pero eficaz; una especie de cuento teatral que imprime con fuerza las contradicciones de una época en ebullición.

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