La vigencia de un clásico nacional y universal

Jazmín Carbonell
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19 de marzo de 2018  

TUTE CABRERO. Autoría: Tito Cossa. Dirección: Jorge Graciosi. Intérpretes: Rosario Albornoz, Patricia Durán, Jorge Graciosi, Fernando Ricco, Juan Manuel Romero, Elida Schinocca. Vestuario: María Armentano. Iluminación: Héctor Calmet. Diseño de espacio: Héctor Calmet. Música: Malena Graciosi. Asistencia de dirección: Sofía Grassetti. Sala: Teatro Andamio (Paraná 660). Funciones: sábados, a las 22.30. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: buena

T ute cabrero ya se transformó en un clásico de la dramaturgia nacional y, como tal, no pierde ni un ápice de actualidad aunque su fecha de creación sea de la década del 60 y muchas cosas hayan cambiado desde entonces. Ni que hablar de una oficina, donde transcurre la acción, que de aquel tiempo para acá ha visto llegar la era digital y sus costumbres hayan cambiado raudamente. Pero no importa. Lo que sucede en estas cuatro paredes puede trasladarse a cualquier tiempo y a cualquier lugar y eso sin dudas la vuelve universal.

La situación conflictiva que propone en su obra Roberto Cossa, que fue llevada al cine en 1968 por Juan José Jusid y al teatro dirigida por Raúl Serrano en 1981, y ahora sube una vez más bajo la dirección de Jorge Graciosi, es tan simple como eficaz: tres dibujantes compañeros de oficina reciben por altavoz una directiva fulminante. Entre ellos deben elegir cuál de los tres es el que deberá abandonar el puesto de trabajo para que allí queden solamente dos. De lo contrario, será el empleador quien lo decida. La alegría y armonía de esa oficina se transforman por completo. Si es que alguna vez reinaron el buen clima y el espíritu de camaradería, dejaron de existir por completo. En su lugar se instaló un ambiente hostil y competitivo. En esa sordidez cada quien se ha vuelto más expeditivo y concentrado, el resultado que esa voz perversa seguramente busque más que ninguna otra cosa.

El pretexto, esa excusa que necesita el teatro para darle comienzo a la acción, ya está desplegado y ninguno de los tres volverá a ser el mismo después de esa premisa. La torpeza de alguno, la inseguridad de otro, la ambición del más joven, el miedo del más grande. Todos los sentimientos encontrados pulsando juntos para un mismo lado: salvarse caiga quien caiga, arruinando al compañero y, desde ya, perdiendo toda humanidad.

Aunque el texto de Cossa es realmente trasladable a cualquier tiempo, la propuesta de Graciosi es mantenerlo en su tiempo de creación. Por eso, la oficina fácilmente reconocible responde a otro tiempo, a aquel de los años 60, y los problemas planteados por Cossa por momentos quedan algo antiguos. Con poco se pueden traer al presente y actualizarlos. Ya no significa nada que una pareja viva junta sin estar casada y eso por momentos tropieza con el fluir de los hechos. De todos modos la eficacia de aquel nudo dramático lanzado por aquella voz misteriosa y algo temeraria demuestra que nuestra dramaturgia tiene resto.

Es bien sabido que para conocer verdaderamente a alguien alcanza con darle poder o al menos querer alcanzarlo. Es lo que sucede con este texto. Y Cossa bien lo demuestra. Hace falta realmente poco para corromper a estos hombres.

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