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Despenalizar no es la solución

Alberto M. Sánchez
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19 de marzo de 2018  

Ha comenzado en el país un debate complejo. A todos nos interesa que no mueran mujeres en abortos clandestinos y que ninguna sufra secuelas psicológicas por un embarazo no deseado. Nadie, por otro lado, afirma que abortar es bueno y recomendable. Entonces tenemos una causa en la que coincidimos (la salud de la mujer) y un remedio en el que no coincidimos (el aborto). ¿Por qué motivo entonces no se trabajó en otro tipo de soluciones a los problemas aludidos que no impliquen ese efecto teóricamente no deseado por nadie? ¿Por qué tanto interés en legalizar el aborto cuando hay otras alternativas que no generarían tanta -y tan grave- división social?

Pienso que la respuesta a estos interrogantes es múltiple. Por un lado, el aborto es un enorme negocio, de modo que hay, detrás de esta cuestión, un interés económico ostensible, que no pocas veces financia estas campañas a lo largo del planeta.

Por otro lado existe una cuestión ideológica. Se presenta el tema como integrante del conjunto de los "derechos de la mujer", en particular, del "derecho sobre el propio cuerpo". Pretende obviarse, sin fundamento alguno, que el niño en gestación no es parte del cuerpo de la mujer. Ni desde el punto de vista biológico, ni anatómico, ni legal, ni religioso. Los abogados lo tenemos muy claro: en un accidente en el que perdió la vida una mujer embarazada, se reclama la indemnización por dos vidas, no por una.

Fuente: LA NACION

Las estrategias son siempre las mismas, evidenciadas por Bernard Nathanson, el médico que realizó más abortos en Estados Unidos y que, viendo un video de una de sus prácticas, cambió su conducta y se convirtió en uno de los más importantes referentes provida del mundo: exagerar notoriamente las cifras de abortos y de mujeres muertas por practicarse abortos; esgrimir que el único argumento para oponerse a ellos es el religioso, calificando a la Iglesia como retrógrada, y denigrar o ignorar cualquier evidencia científica de que la vida comienza con la concepción.

La solución para un embarazo no deseado no es nunca la muerte del niño inocente e indefenso. ¿Quién tiene en cuenta las secuelas físicas y psicológicas con las que una mujer tiene que cargar después de un aborto? ¿Por qué seguimos proponiendo soluciones que solamente perjudican a la mujer y al niño por nacer? No hay realmente aquí preocupación alguna por la mujer. Los caminos son otros: una educación sexual integral basada en la afectividad; políticas de contención de la mujer que encuentra dificultades para llevar adelante su embarazo, que involucre apoyo emocional, psicológico, económico y legal; adecuación y agilización de los procedimientos de adopción, entre otros.

Este es el debate que debe darse en serio: el de encontrar los medios eficaces para que toda mujer pueda llevar adelante un embarazo que no deseó, preservando la vida del niño por nacer. El aborto, lejos de solucionar algo, agrava todo. Después de un aborto, la mujer seguirá siendo vulnerable, o sumida en la pobreza, o víctima de la inseguridad, o ajena a una educación sexual responsable, con el añadido de que cargará con esa traumática experiencia. La solución está siempre en atacar las causas, no los efectos. La solución está siempre en curar la enfermedad, no en aliviar el síntoma. La educación, la contención y la erradicación de la pobreza que oprime es el camino. El aborto es el peor atajo. Espero que el Presidente, los legisladores y jueces encuentren un camino que honre la cultura de la vida.

Doctor en Derecho, Profesor de Ética de la Universidad Austral

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