El mandato final que abre una despiadada lucha por la sucesión

Luisa Corradini
Luisa Corradini LA NACION
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19 de marzo de 2018  

PARÍS.- Los historiadores seguramente dirán en el futuro que estos 18 años de historia rusa dominados por la presencia de Vladimir Putin en el poder sirvieron para consolidar la recuperación del país después del cataclismo que provocó el derrumbe de la ex-URSS. El ciclo que se cerró ayer con la -previsible- reelección del zar que dominó las dos primeras décadas del siglo XXI no constituye, sin embargo, el final del período más difícil de su carrera política. La verdadera zona de turbulencias comienza recién ahora.

La nueva secuencia estará dominada por las graves dificultades económicas, la dispersión de focos de conflicto y la escalada de la confrontación con Occidente. Pero la amenaza más grave que aparece en los radares es de orden interno. Desde hoy mismo Putin debe definir sus intenciones para evitar que el Kremlin se transforme en escenario shakespeariano de una despiadada lucha por la sucesión.

Todo presidente sabe que, en el momento de comenzar su último mandato, pierde el 50% de su poder. La opción de reformar la Constitución para poder convertirse en presidente vitalicio no seduce a la opinión pública rusa y, sobre todo, inquieta a los grupos que no están dispuestos a subordinar sus ambiciones a los caprichos de Putin.

Desde hace tiempo, algunos apparatchiks del régimen que reptan en las penumbras del Kremlin comenzaron a operar para preparar la sucesión. En ciertos círculos de Moscú incluso circulan escenarios para acelerar la transición. Una gran parte de esa impaciencia se manifiesta en el reducido círculo que poco a poco ha desplazado el cursor del poder hacia el Kremlin, donde -cada vez más- se concentra la toma de decisiones en reemplazo del Parlamento, el sistema judicial y el aparato del Estado.

Dentro de esa elite coexisten tanto los oligarcas del putinismo como la nueva generación que llegó al poder en los últimos diez años y los siloviki (elite político-militar).

Por el momento, Putin parece no haber elegido a su delfín. Sus posibles sucesores saben que ninguno podrá mantener el sistema como está. El riesgo es que todo intento de reforma amenaza con desencadenar la reacción de los intereses creados, lo que inevitablemente terminará por desestabilizar el equilibrio de poder que desde principios de siglo asegura la estabilidad política de Rusia.

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