Ni beneficio ni perjuicio, los estudiantes internacionales son una necesidad

Alfredo Fragueiro
Alfredo Fragueiro LA NACION
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19 de marzo de 2018  • 02:01

En Buenos Aires, durante 2016, hubo 50.430 jóvenes de otros países que viajaron con motivo de estudio y generaron ingresos por 2500 millones de pesos. En su mayoría, vienen por programas de intercambio, cursos cortos y posgrados. Los extranjeros que no pagan una cuota de estudio apenas representan el 4,4% de la nómina de grado la UBA. Así y todo, hay que considerar que no viven del aire y tienen gastos que benefician directamente a la ciudad: alquilan para vivir, comen, gastan en entretenimiento y otros tantos servicios.

Mientras muchos se debaten por estar a favor o en contra, ciudades de todo el mundo, entre ellas Buenos Aires, compiten por atraer a estos jóvenes ansiosos de nuevas experiencias. Coinciden en la lectura de que generan desarrollo de la economía y de las habilidades blandas de los locales. A mayor internacionalización de las aulas, mayor prestigio de las universidades, lo que se traduce en que el título de los argentinos de estas instituciones tiene más valor a la hora de conseguir un empleo. Una de las banderas que levanta Sídney, precursora en la temática, es su "aporte a la diversidad cultural". En Colorado, una de las misiones del programa gubernamental es "ayudar a los estudiantes locales a ser más competitivos en el mundo del trabajo global".

Vivimos interconectados y tenemos que prepararnos para una realidad que está cambiando. Las fronteras como barreras y las universidades como espacios cerrados de aprendizaje son parte de un paradigma que evolucionó. Bienvenidos sean los convenios, los intercambios, las carreras de grado, los cursos cortos y los posgrados en el exterior. Cerrarle la puerta a esto contradice nuestro pasado y al futuro. Al pasado porque Buenos Aires nació gracias a quienes llegaban de otras tierras (por algo somos "porteños"), y al futuro porque es darle la espalda al deseo de las nuevas generaciones.

En 2020, más de un tercio del empleo mundial corresponderá a los millenials (nacidos entre 1980 y 1995), según un informe de la consultora de recursos humanos Manpower. De acuerdo con la misma encuesta, el 93% de ellos están dispuestos a invertir tiempo y dinero en el desarrollo de sus habilidades. Eso implica nuevas experiencias, ¿por qué no lo van a hacer en Buenos Aires? ¿Por qué no abrir las puertas a la circulación del talento de todo el planeta? Es el momento de entrar en el escenario internacional y recibir a los líderes del futuro.

Además del mencionado impacto económico positivo, mientras más cosmovisiones participen de las aulas, más enriquecedor será el debate. Eso no se resume en un cálculo matemático. Como decía una publicidad, hay cosas que el dinero no puede comprar. Las universidades así lo entienden, de hecho en 2017, 21 de ellas firmaron un convenio con Study Buenos Aires, la política del Gobierno de la Ciudad para potenciar el fenómeno.

En los rankings QS 2017, Buenos Aires fue líder de Latinoamérica como mejor ciudad para estudiantes y tuvo la mejor universidad de Iberoamérica (UBA). En ambas calificaciones se contempló la internacionalización. La movilidad de los estudiantes es una realidad que está sucediendo en todo el mundo y crece en los lugares que entendieron que para las universidades, los alumnos y la ciudad en su conjunto son una necesidad.

Director de Oferta y de Study Buenos Aires, ente de Turismo de la Ciudad

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