Suscriptor digital

TANIA Y DISCEPOLO

Cómo él logró que ella cantara tangos, y cómo ella consiguió que él dirigiera una gran orquesta
(0)
11 de abril de 1999  

Ana Luciano Divis nació en Toledo el 13 de octubre de 1895. Cuarenta años después fue Tania, y murió el 19 de febrero último, a los 104 años. Discepolín la rebautizó, transformando su diminutivo, Anita, en un capicúa para leerlo al vesre. Conocí a Tania en 1927, cuando llegó de España con su esposo y su hija adolescente, más tarde conocida en las noches porteñas como Choli Mur. Tania venía contratada como The Mexican, pareja de bailes internacionales, por Garesio, conocido empresario y dueño de un lujoso cabaret, el Folies Bergère, en Cerrito al 400.

El debut de The Mexican no resultó muy auspicioso. Después de los 30 días del contrato, la pareja continuó ofreciendo algunas actuaciones en cines y, por desavenencias conyugales, se separó definitivamente.

Cuando Tania actuaba en el Folies, la orquesta de tangos del maestro Agesilao Ferrazano, virtuoso violinista, y el pianista Pollero amenizaban la reunión de 12 a 4 de la madrugada. Con mis amigas y amigos solíamos reunirnos allí dos o tres veces por semana. La esplendente sala era un desfile de luminarias.

El autor de Cambalache llevó a Tania del Folies Bergère hasta la calle Esmeralda. Ahí, entre Corrientes y Lavalle, el teatro Esmeralda (Maipo) lucía una cartelera con nombres de queridos artistas: Dringue Farías y Castrito, Pepe Arias, Anchart, Severo Fernández...

En ese escenario promisorio -en el que Amadori era empresario, propietario y libretista- debutó Tania cantando tangos, entre ellos La casita de mis viejos. Ya en ese tiempo, Discépolo, el inventor de Tania como cantante de tangos, sintió que su salud estaba en baja. Su peso en la báscula del consultorio era de 45 kilos con equipo y todo, como solía decir por exceso de cariño y admiración el poeta del arrabal Carlos de la Púa.

Y como si esto fuera poco, Discépolo sufría la persecución de Tania, que lo instaba a que aprovechara su fama para formar su propia orquesta. La honestidad de Enrique le hacía mover negativamente la cabeza, y le recordaba que tomar una batuta era fácil, pero que lo difícil era dirigir a ejecutantes que sabían música. El era un virtuoso intuitivo que componía tocando la parte melódica con un solo dedo, el índice. El maestro Lalo Scalise se los escribía, ésa es la verdad.

Pero ella insistía en que había que formar un conjunto y recorrer el mundo con sus tangos: él dirigiendo y ella interpretándolos. Los contactos los haría su fraternal amigo Gandolfo, un funcionario de la RCA Víctor que dejaría su cargo para salir con ellos y conseguir los contratos. Venció Tania. Su tenacidad logró que Scalise se encargara de todo: buscar los músicos, organizar ensayos y entregarle la batuta a Enrique, que, cuando se animó a realizar el primer ensayo, sin perder el sentido del humor, golpeó con la batuta el atril y les advirtió a los músicos: "Lo único que les pido es que cuando los dirija no me miren, para no equivocarse".

Pero la gira se hizo, y fue todo un éxito.

Años después, con Nelly -que en ese entonces era mi juvenil novia y hoy es mi esposa ligeramente otoñal- nos embarcamos en uno de esos grandes transatlánticos de lujo hacia Europa. Durante la travesía no hacíamos sociales. Preferíamos aislarnos en nuestro mundo íntimo y nos fascinaba permanecer en los deck sun de popa, bajo huracanes de sol o, de noche, bajo las estrellas, soñando con los cantos de sirenas que acompañaron los viajes de Ulises.

En Madrid nos instalamos en el hotel Rex, reencontrándonos con gente amiga de Buenos Aires. En el café Iruña era la cita después de cenar: Rodolfo Sciammarella, Estrella Rivera, Carlos Acuña -recientemente fallecido-. En un cumpleaños, Perón nos envió a su ayudante para invitarnos a tomar un vino en Puerta de Hierro y brindar por su próxima vuelta a Buenos Aires. No fue una excusa el no poder asistir, sino una fastidiosa gripe de Nelly, ajena a nuestros deseos.

Estando allí nos enteramos de que Tania (ya sin Discépolo) se hallaba en el hotel Palace, pasando un desagradable trance. Un joven señorito madrileño que se había hecho amigo suyo en el Passapoga había desaparecido, llevándose todas sus alhajas y buen dinero. Esto suele ocurrirles también hasta a las nobles damas, nacidas bajo techos artesonados.

Después de más de 40 años, de pronto aquella muchacha, venida de Toledo como una leyenda, sin hacer equipaje viajó de incógnito al infinito final. Es la tremenda simbiosis de la vida y la muerte.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?