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Artesanos de la construcción: con vitrales y esculturas, embellecen la ciudad

Tres empresas familiares producen desde hace más de 100 años ornamentos arquitectónicos; el Teatro Colón, el Café Tortoni y el edificio Estrugamou, entre otros, exhiben sus delicadas piezas
Fernando de Aróstegui
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20 de marzo de 2018  

Deslumbrantes vitrales, estilizadas columnas griegas, majestuosas escaleras de mármol y elaboradas molduras de todo tipo salieron de sus infatigables talleres para añadirle esplendor a Buenos Aires.

Antigua Casa Soler, AR Martineau y Marmolería Artística Santiago Baccarelli son tres firmas porteñas dedicadas a la producción artesanal de ornamentos arquitectónicos. Establecidas hace alrededor de 100 años, aún perduran, desafiando al tiempo y las modas, en manos de las familias que las fundaron.

El Teatro Colón, la Casa Rosada, el Café Tortoni, el edificio Estrugamou, la Confitería del Molino, la embajada de Francia, el bar Los 36 billares y el Palacio Duhau son solo algunos de los muchísimos sitios que lucen las piezas elaboradas por estas firmas, que engalanan inmuebles porteños.

"Ahora trabajamos en la restauración de cuatro vitrales de la iglesia de San Ignacio de Loyola, para lo cual tuvimos que hacer un exhaustivo trabajo previo de investigación", explicó José Soler, de la Antigua Casa Soler, fundada por su abuelo catalán en 1917.

Las tres empresas fueron iniciadas por inmigrantes europeos que llegaron al país entre fines del siglo XIX y principios del XX, trayendo de sus pueblos natales un oficio -vitralista, marmolero, escultor- que luego transmitieron a sus hijos, y estos a los suyos, hasta alcanzar ya la tercera o cuarta generación familiar.

"Mi abuelo era escultor y especialista en revestimientos de piedra París. Llegó desde Francia en 1914, cuando tenía 17 años", contó Gastón Martineau, que desde la década del 90 dirige la firma fundada por su abuelo en 1922.

Parecidos entre sí

Si bien se especializan en distintos rubros, los talleres de estas empresas son muy parecidos entre sí. Suelen funcionar en los fondos de alguna casa antigua, donde una media docena de oficiales trabaja sobre amplias y polvorientas mesas.

Lo hacen entre paredes cubiertas de instrumentos, los mismos que podían encontrarse en cualquier taller medieval: reglas, escuadras, compases, martillos, tijeras. Aunque luego se incorporaron herramientas eléctricas y, en los últimos años, incluso algunas digitales como el Photoshop.

"La demanda de piezas más artísticas se va reduciendo, aunque las iglesias aún nos siguen haciendo encargos", relató Santiago Baccarelli, de la Marmolería Artística, fundada en 1895 por un bisabuelo suyo llegado de Bari, Italia.

Tal vez porque se ubican en lugares algo recónditos de Buenos Aires -Barracas, Villa del Parque- es que el anacronismo de estos negocios logró eludir el zarpazo implacable de la modernidad.

O quizá sea porque la pasión de algunas familias por continuar un oficio ancestral es más fuerte que las veleidades de la moda.

LA NACION presenta hoy estas tres singulares historias.

Antigua Casa Soler: Fabrican vitrales con técnicas traídas de Cataluña

José Soler con un Sagrado Corazón convertido en vitral
José Soler con un Sagrado Corazón convertido en vitral Fuente: LA NACION - Crédito: Fabián Marelli

Cuando el año pasado a la Antigua Casa Soler le encargaron la restauración de un vitral para un centenario edificio art nouveau en Balvanera, Gimena Soler, dibujante y pintora de la firma, pensó: "Al dibujo de este vitral ya lo vi antes en algún lado". Entonces revisó el también centenario archivo de la empresa y... ¡eureka! Allí estaba el plano original del vitral, que casualmente había diseñado su bisabuelo José Soler, el catalán que inició el negocio en 1917.

La Confitería del Molino, la iglesia de San Ignacio, el bar Los 36 Billares y el Templo Libertad son algunos de los muchísimos lugares de Buenos Aires que lucen vitrales creados por la Antigua Casa Soler.

Gimena integra la cuarta generación familiar dedicada a este oficio: "Aprendí las técnicas de mi abuela Elena". Con su hermano Leonel; sus padres, José y Olga, y su primo Gustavo Bonilla comparte el taller que funciona en una centenaria casa chorizo en Nazarre 3629, Villa del Parque. Inicialmente la firma atendió en Almagro y luego en Flores, hasta que en 1974 se instalaron en el domicilio actual.

Todos los integrantes de la familia aprendieron las técnicas de sus mayores de adolescentes.

De las paredes del taller cuelga una multitud de herramientas: sierras, limas, espátulas, martillos, compases. "Algunos instrumentos los fabricamos nosotros porque no se consiguen en una ferretería", dijo Bonilla, y agregó que a los esmaltes los importan de Barcelona: "Nos quedó esa tradición de mi abuelo", se rió. Aunque también incorporaron nuevas tecnologías, como el Photoshop, que a veces usa Gimena para trazar los dibujos.

La técnica de producción incluye varios pasos: diseño del motivo, elaboración de una plantilla de papel, corte del vidrio, pintura, horneado, armado, soldado, masillado y, por fin, la instalación. El horno tiene 40 años y alcanza los 660ºC: "A esa temperatura el vidrio se funde con el esmalte, pero sin deformarse", explicó José.

Entre otros encargos, ahora trabajan en la restauración de una gran mampara con vitral de la década del 20, que un cliente compró en un remate, y como la pieza tenía la firma de la casa al pie, los contactó. Y aunque el archivo les sirve de mucha ayuda, una parte sustancial se perdió en un incendio en la década del 60. "Los dibujos del archivo están trazados a una escala reducida y pintados a la acuarela: así se presentaban los bocetos a los clientes", recordó Gustavo.

No todos los encargos, sin embargo, son restauraciones: "Alguna gente nos pide motivos modernos. Y ahora, por ejemplo, también nos encargan muchos diseños del pintor Alfons Mucha", dijo Gimena, y contó que para el Bicentenario les encargaron vitrales nuevos para los regimientos de Patricios y Granaderos a Caballo.

AR Martineau: Secretos para la producción de piezas en piedra París

Infinidad de piezas abarrotan el primer piso del local de AR Martineau
Infinidad de piezas abarrotan el primer piso del local de AR Martineau

El edificio Estrugamou, la embajada de Francia, el Palacio Duhau y la Casa Rosada ostentan sus molduras, bustos, columnas, capiteles, balaustradas y revestimientos de piedra París. Y algunos de los mejores arquitectos de la historia argentina se cuentan entre sus clientes: Lanús y Hary, Bustillo, Christophersen.

Se trata de la casa AR Martineau, que desde 1922 se especializa en la producción en piedra París de piezas ornamentales. Fundada por el escultor francés Agustín René Martineau, primero abrió sus puertas en un predio de Juncal y Riobamba, en Recoleta. Hasta que, en 1928, se mudó a su ubicación actual, en Soldado de la Independencia 544, de la zona de Las Cañitas, en Palermo.

Allí, en un austero galpón art d éco de dos plantas precedido por un amplio patio, funcionan el salón expositor y el taller.

La vista entra en éxtasis en el salón del primer piso, donde una infinidad de bellísimas piezas abarrotan el suelo, las paredes y hasta el techo. Incontables esculturas de todos los tamaños, de estilos griegos, franceses, egipcios; columnas y capiteles dóricos, jónicos, corintios; bajorrelieves, conchillas, balaustres, frentes de chimeneas y máscaras, entre otras cosas, conforman el deslumbrante caos estético que hace saltar la atención enloquecida de un lado a otro.

En el piso de abajo trabajan cinco oficiales moldeadores y dos ayudantes que con reglas, compases, martillos, espátulas y lijas elaboran las piezas compuestas de piedra París, una preparación que recrea el color y la textura de las piedras de los edificios parisienses. "La formamos mezclando cemento blanco importado con marmolinas en polvo y piedras molidas, que traemos de moliendas de Córdoba, Mendoza y San Juan", explicó Gastón Martineau, nieto del fundador y actual responsable de la firma.

"Más de 10.000 modelos componen nuestro catálogo, que fuimos engrosando desde los inicios de la firma", dijo. Agregó que los diseños de muchos bustos fueron calcados por su abuelo en museos de París y que, para los frentes de las chimeneas, toman de molde modelos notables de mármol.

Martineau ingresó a la firma en la década del 90 para sumarse a su padre, que a su vez se había incorporado en los años 50. "Ahora mi hija Sofía estudia Arquitectura y quizá continúe con esto", caviló.

"Hoy la demanda es mucho más minimalista: se piden menos molduras y casi nada de ornatos", dijo, aunque no descarta que más adelante vuelva a imponerse el estilo más trabajado. Las piezas más demandadas hoy: pisos para bordes de piletas, revestimientos para escaleras, maceteros y frentes de chimeneas, entre otras. "Antes se pedían más columnas, esculturas y molduras", comparó.

Marmolería Artística: La firma que inició un picapedrero italiano

Baccarelli y un oficial confeccionan una pila bautismal en mármol travertino
Baccarelli y un oficial confeccionan una pila bautismal en mármol travertino Crédito: Marmolería Artística

Santiago Baccarelli trabaja desde siempre en una marmolería. Pero no solo eso: nació en una. Ocurrió en 1954 en la casa familiar de San Cristóbal, donde además funcionaba la Marmolería Artística, fundada en 1895 por su bisabuelo, un picapedrero llegado de Bari, Italia. Y que ahora atiende Baccarelli, de 63 años, junto a uno de sus hijos.

Desde sus inicios, la firma recibió encargos de toda clase. Produjo sencillas mesadas de cocina y tapas para mesas de luz y ratonas. Pero también se encargó de la restauración de la escalera principal del Teatro Colón, de las bases de los bustos de la Casa Rosada, de una escalera del Congreso nacional y de la ejecución de la lápida de la sepultura de monseñor Quarracino, en la Catedral Metropolitana, entre muchos otros trabajos.

"A los 19 años viajé a Italia y entré de aprendiz en un taller de la provincia de Massa y Carrara, de donde proviene el célebre mármol blanco", contó Baccarelli. Aparte de esta instructiva experiencia, aprendió el oficio de marmolero trabajando en la empresa familiar, junto a su padre.

Ahora el taller de la firma funciona en Azara 143, Barracas, donde trabajan cinco oficiales marmoleros, supervisados por Baccarelli y su hijo Santiago, de 32 años. Desde hace 40 años la Marmolería Artística se ocupa de la ejecución de las célebres mesitas redondas del Café Tortoni, para lo cual importa el mármol de Alemania. "En la Argentina se produce poco mármol", dijo Baccarelli.

También reciben muchos encargos de los anticuarios de San Telmo, que suelen llevarles para restaurar piezas dañadas que compraron en remates: "Para recomponer las piezas antiguas usamos las mismas técnicas que se usaban en la época en que fueron producidas", precisó.

En los últimos años cayó la demanda de piezas artísticas y creció la de piezas más prácticas, como mesas de comedor, bachas y cinerarios. Aunque las iglesias aún piden trabajos más elaborados, como pilas bautismales o arreglos en los altares, que son los que más apasionan a Baccarelli y le permiten despuntar su pasión de escultor. "Ahora también trabajamos algunos materiales sintéticos, como el silestone, que permite lograr gamas de colores muy amplias, aunque es más caro que el mármol", dijo.

En una pequeña vitrina se exhiben algunos instrumentos usados en la época del fundador: un martillo desvencijado, un soplete, una agujereadora, un escalpelo. Hoy, para hacer los cortes, usan una sierra eléctrica de disco de diamante.

Según Baccarelli, es cada vez más difícil conseguir oficiales marmoleros idóneos: "El oficio se va perdiendo porque ahora los chicos no quieren aprenderlo, no demuestran la pasión y el compromiso suficientes", se lamentó.

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