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TIA PUPPI

TODO POR LOS CABALLOS

Su centro de equitación es toda una institución de verano en Villa Gesell. No es una escuela cualquiera, así como ella no es cualquier mujer. Un ejemplo: dice que ni loca alquilaría caballos por hora. Que antes que eso preferiría alquilar personas
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7 de marzo de 1999  

Un apretón desaprensivo sobre el acelerador y el Jeep acelera. Las plumas de paloma en el tablero le dan un aspecto temible.

-Ves, ahí tengo los caballos.

La mujer rubia en el auto sin capota señala un campo, una veintena de caballos. Hay algo en su sombrero de jean gastado que la disfraza de nena.

-De tanto andar en el Jeep se me estropeó el pelo y la cara. Tanto no ponerme cremas...

Las arrugas le surcan la cara y no le importa. Rubia hasta el empacho, azul celeste los ojos y un porte recto en la espalda, Tante Puppi, nacida Elinor Fischer Wendorff en la Argentina, hace 52 años, hija de Adolph Fischer y Elsi Wendorff, es, entre otras cosas, profesora de equitación recibida en Warendorf, Alemania, amazona de primera y directora del Centro de Equitación de Villa Gesell.

El centro está allí desde 1962, año en que la niña Elinor tenía apenas 15. Ahora, mutada en Tante Puppi, pasea por Villa Gesell en este auto de guerra que tiene desde los 36 años, y deja atrás a las 4x4 prepotentes al grito de: "¡No, paso yo primero!" Sin ella, dicen, Gesell no seguiría siendo Gesell.

Su padre, gerente de finanzas de la firma Grafex, le compró a don Carlos Gesell el médano más alto de la villa cuando ella tenía un año, y construyó una casa. Ahí está, todavía, la casa donde Puppi dejó atrás la infancia, donde desde hace 37 años pasa sus temporadas desde el 1º de diciembre hasta la Pascua. La cabaña se llama Los Pescadores, y usa el mismo empaque cerril que la mujer. En las sillas de caña hay monturas ácidas, y en los cuartos repletos de cuchetas (una para cada hermano: Puppi, Maguet, Lilian, Adolph) se asoma el olor del invierno eterno de la costa argentina. En el living hay dibujos de caballos, aroma de caballos y una foto en blanco y negro -desierto, pastizales raquíticos y, a lo lejos, un fantasma en la niebla del horizonte-: la casa, en los años de entonces.

Las cabalgatas en el Centro de Equitación empiezan cada tarde a las 15.30 y duran una hora y media, pero además de las salidas convencionales están las cabalgatas de luna llena por los médanos, las de aventura entre los médanos, y una amplia gama de etcéteras que han hecho que la Secretaría de Turismo de la Nación declarara a su centro de interés turístico nacional y municipal.

-Cuando me avisaron de eso, fui al corral, miré los caballos y les dije: "Caballos, somos de interés turístico nacional". Me miraron como diciendo: "¿Y?" Durante muchos veranos europeos, y hasta 1989, viajó a Marbella, invitada por el Ministerio de Información y Turismo de España. Allí, claro, se codeó con la crema de la aristocracia española y se dio el gusto de sus más bellos desplantes.

-Me habían ofrecido quedarme en Marbella, pero allá las señoras te dejaban a los chicos y te decían: "Enséñele", mientras se iban a jugar al backgammon. Acá vienen los padres, los abuelos, te preguntan. Ahora, en invierno, doy clases en Escobar.

De modo que dejó las glamorosas cabalgatas en la Costa del Sol junto a Sean Connery y el príncipe Alphonso von Hohenlohe para regresar al lugar donde Carlos Gesell le preguntó un día: "¿A ver dónde querés el picadero?", y ella señaló bajo los pinos altos. Bebe el café a tragos cortos en el vientre cálido de la casa, orgullosa de haber logrado ella solita por primera vez en la vida que una empresa sea su patrocinador: ahora las monturas de sus caballos y los folletos están auspiciados por un repelente para mosquitos. Cuando camina, acostumbra llevar la espalda erguida. Dice preferir el Africa desconocida a Europa. Los ojos azules se le incrustan en la cara cuando se ríe. Pero si se enoja, pero si es cruel, pero si está furiosa, se le abren como flores peligrosas.

-Mi gusto por los caballos no sé de dónde viene. Nosotros veraneábamos en Villa Gesell y empecé a montar con un gaucho que se llamaba Piñero. A los 3 años ya montaba. Mi primera palabra fue Nani. Mi mamá decía "Ay, pobre, no puede decir mami". Pero se dio cuenta de que decía eso cuando pasaba un señor con un carro tirado por un caballo. Nani era el caballo.

De modo que la niña hija de familia argentina de ascendencias alemanísima y requetevienesa aprendió a montar con un criollo, y perfeccionó su estilo en el Club Hípico del Norte, a tres cuadras de su casa en Beccar.

-No me dejaban saltar con estribos, apenas con un cuerito, porque tenían miedo de que me enganchara y me rompiera la cabeza. Así que montaba a pelo. Cada año volvía a Gesell, y este gaucho Piñero tenía 32 caballos y yo montaba. Un día, cuando tenía 15 años, me sugirieron que ya que estaba les diera clases a los chicos que estaban de vacaciones. Así empecé. Me pagaban, y con esa plata nos íbamos con mis alumnos a comer pizza, caramelos, helados. Una vez me fui sola, de noche, a los médanos. Había luna, y pensé qué lindo sería ir con todos. Así empezaron las cabalgatas de luna llena. Andaba entre los médanos... ¿Viste la película Lawrence de Arabia, con Peter O´Toole? Bueno, pensaba que en cualquier momento iba a aparecer ese loco bailando con su sabanita.

Mirando el mundo a sus pies, como una reina, no pensaba nada más que en los cascos. -Venían mis hermanas y me decían "Vamos al pueblo de levante", pero al primer infeliz que se acercaba y me preguntaba: "¿Tenés hora?", yo le pegaba un grito. Estaba en otra cosa. Era muy tímida, vergonzosa.

A los 16 años, cuando la contrataron en Gesell para que diera clases a los chicos de una colonia, se transformó en Tante Puppi.

-Me decían Puppi porque era linda, puppi quiere decir muñeca en alemán, tante quiere decir tía. A mí me daba risa, porque les daba clases a chicos más grandes que yo y me decían Tante Puppi.

Sus padres, Elsi y Adolph, la criaron extraña. Protestantes ellos, lo único que le exigieron a la niña Elinor fueron toneladas de sinceridad. Por lo demás, podía hacer más o menos lo que le viniera en gana. Y lo que le vino en gana fue transformarse nada lentamente en una especie de rebelde sin causa.

-La puntualidad de mis padres mete miedo. Yo en cambio siempre llegaba diez minutos tarde a todos lados. Iba a la Norte Goethe Schule. Iba a bailar desde los 12 años. A las 11 de la noche apagaban las luces y cada uno manoteaba lo que podía. Yo me ponía verde. A mí no me manoteaba nadie.

El destino planchado, lavado y recalentado que les esperaba a todas sus compañeras de promoción le fruncía el hocico en un gesto de desprecio. -Siempre digo que cuando se casaron mis amigas yo debía estar en un concurso hípico. Volví y estaban todas casadas. No hice lo que hicieron todas: terminar el colegio, casarse con el novio si es posible de descendencia alemana. Esa vida tan formal no me causaba mucha gracia. Era como que te programaban. No me casé con un descendiente de alemanes ni nada. Es más, mi primer novio fue un escocés que después se fue a Estados Unidos y me dijo de ir con él, pero yo estaba con mis caballos. Me molesta cuando me preguntan: "¡Cómo, ¿no tuviste hijos?!" Como si te dijeran: "¡No cumpliste con las reglas!" Siempre fui contra la corriente. Cuando era chica me tenía que confirmar. Fui a verlo al pastor y me preguntó por qué me quería confirmar. "Por los regalos", le dije. "¿Cómo?", me dijo el tipo. "Sí, por los regalos de la fiesta." Me confirmó por sincera. O porque lo consolé. Le dije: "Mire, yo gané un montón de concursos con mi caballo, y cada vez que saltaba tuve tanta suerte que Dios tenía que estar al lado". Igual, yo no soy una mujer religiosa.

Puesta a elegir, eligió siempre caballos. Estudió ballet durante diez años, y cuando le ofrecieron una beca de cinco para estudiar en Londres, dijo muchas gracias, y se quedó con los belfos suaves y las orejas enhiestas y las ancas nerviosas. Habla con los caballos. Con los caballos discute y en los caballos se consuela.

-A veces me preguntan por qué no los alquilo. Y es porque no se pueden defender. No pueden decir: "No me hagas esto, no me hagas lo otro". Los hacen pelota y los caballos se aguantan. Pero ya pensé en alquilar personas. Les pongo un bozal, los ato a un palito y vos venís y decís: "Quiero éste, diez minutos", y te lo llevás a tomar un café. El chiste es que pagás por lo que cada persona cree que vale. Vas a pagar siempre un dineral y yo me hago rica en quince días.

A los 9 años y sin que nadie la invitara, domó una yegua. Montó a pelo, patitas flacas, cortita como un brote de poroto.

-Hoy creo más en la doma cariñosa, en el acercamiento del animal y el humano. Hasta hace unos años me preguntaba cómo estos animales tan grandes nos permiten esto, por qué no nos tiran a todos. Me subí a un médano, miré una cabalgata muy grande que había y me dije: "A ver caballos, ¿por qué no nos tiran a todos?" No sé cómo un animal tan grande y tan noble permite esto. Por eso yo no tolero el maltrato, y no me fijo quién lo hace. Si un chico le da un tirón de boca a un caballo, ahí me va a conocer.

Convencida de que su vida tenía el ritmo hueco de los cascos, a los 29 años partió sola hacia Alemania para rendir examen como profesora de equitación. Allá la esperaba una sorpresa ingrata.

-Acá se podía hacer el examen en Campo de Mayo, pero como yo no era milico ni tenía bigotes ni usaba charreteras, no podía. Así que me fui a Alemania. El director era un tipo que cuestionaba a las mujeres. Me decía para qué quería ser profesora de equitación, si después me iba a casar y no me iba a servir para nada. El tipo era medio rengo, caminaba muy raro. Un día me dijo no sé qué cosa de las mujeres y le contesté: "Ah, usted mucho habla de las mujeres, pero mire cómo camina". Y le hice burla. El tipo se paró, sonrió, se levantó el pantalón y me dijo: "¿Quiere ver?" Tenía una pierna ortopédica. Salí corriendo, gritando disculpas en castellano. Me quería morir. Pero me fue bárbaro en el examen. Lo rendí con Trueno, el caballo de ese hombre. Resulta que el tipo hacía un truquito. Se ponía a silbar, y cuando escuchaba el silbido el caballo tiraba al que iba encima. A mí me habían avisado así que cuando escuché el silbido le grité al caballo en castellano: "¡Guacho de miércoles, si me tirás te arranco los dientes, te parto la cabeza...!" El caballo no entendía nada, pero no me tiró. Se desorientó.

El día está nublado y en el picadero esperan más de 50 personas para montar. Al final del día, serán más de 100. Puppi llega sobre la hora, conduciendo su Jeep. Los caballos están dispuestos en círculo y Puppi, con ojo de águila minuciosa, les pregunta a los que esperan si es la primera vez que montan, si saben trotar y galopar, tranquiliza a los padres, aclara que los chicos pueden montar solos desde los 3 años. Pesa, mide, hace cálculos. Dispone.

-A ver, vos vas con Gaucha, vos con Gloria, vos con Juan Pérez, vos con Lola Mento. A ver vos, aparato, ¿viniste solita? Después de un rato, cuando están todos distribuidos, ella y sus dos asistentes, Carolina y Verónica, inician la marcha, que durará una hora y media entre los médanos.

-En la primera salida ya aprenden el trote inglés. No es difícil. Es como cantar. Hay que seguir el ritmo del caballo.

Corre detrás de su troupe, que la obedece. Arriba, abajo, grita Puppi. Después, entre los médanos pálidos y lisos, se arriesga con un par de oídos adultos.

-Para aprender bien el movimiento del trote, tengan en cuenta que es lo mismo que hacer el amor.

Se ríe y amenaza con su fusta larga a los conductores de los triciclos de playa para que no se acerquen. Los cuzcos ladran. Puppi los mira desde la gloria pulida de su caballo. Su animal se llama Bronce.

Los cuzcos quedan atrás, una trenza rubia se sacude bajo la gorra roja. Hace años tuvo un grupo de alumnos particularmente inclinados a meterse en problemas. Cierta vez, en cabalgata a Valeria del Mar, pararon en un barcito. A la hora de las cuentas, el dueño se despachó con unos precios imperdonables. Pagaron. Pero al día siguiente Puppi los llevó de nuevo. A su modo. Galoparon, embozados los rostros con pañuelos, izada una bandera con una calavera corsaria, fueron al mismo bar, pidieron las mismas cosas y a la hora de pagar, los mismos precios imperdonables.

-Entonces lo miro al tipo y le digo: "¿Cuánto dijo?, no le entendí bien". "Diez pesos", dice el tipo, que era como si ahora te quisieran cobrar 10 pesos una gaseosa. "¡¡¡Cuánto!!!", le digo. "Bueno, 8 pesos", dice el tipo. "Cuánto, no lo escucho", le repito. Bueno, al final, terminamos pagando menos de lo que salía. Los más reos habían llevado cohetes en los bolsillos, y nos fuimos al galope, parados sobre los caballos, tirando cohetes para todos lados.

Nadie querría estar en el camino de su cólera o indignación. Tampoco en el oscuro lugar de su pena y su llanto.

Se llamaban Cristal y Mustang, dos hermosos caballos que le regaló su padre. Por ellos hizo de todo. Desfiló, dio clases de idioma, trabajó de lo que pudo mientras estudiaba Relaciones Humanas en la Facultad. Y un día ocurrió lo que no debería haber ocurrido. Un militar transportaba a Mustang a Campo de Mayo. Iba apurado, dicen. Y pasó por un puente bajo. Demasiado bajo, avisan, advierten, se empozan de odio los ojos de Puppi.

-Llegué a Campo de Mayo y fui directo a ver a Mustang. Yo había llegado a saltar un metro noventa y siete con ese animal. Era un caballo de campo. El dueño lo vendió para salto porque él solo, sin que nadie le enseñara, saltaba postes. Ese día cuando llegué a Campo de Mayo noté que trataban de distraerme. Al fin me llevaron a verlo. Me dijeron que el tipo iba apurado y que pasó el puente como venía, pero el puente era muy bajo. Uno de los ojos de Mustang quedó pegado en el puente, se le rompió el cráneo, un desastre. Cuando me llevaron a verlo... Me puse como loca. Me levantaron entre cuatro y me pusieron un sedante para caballos, pero no me hizo efecto. No quise sacrificarlo. No sé si estuvo bien. Me permitieron dejarlo en Campo de Mayo y meses después se murió. Al otro, a Cristal, lo hice llevar a un campo y nunca más lo vi. Un día me llamaron de Campo de Mayo y me dijeron: "Mire, para que se quede tranquila, a fulano de tal, que causó el problema con su caballo, le dieron un bochazo y murió en un partido de polo". ¿Sabés qué pregunté? Si le había dolido. Me dijeron: "Sí, sufrió mucho". Y yo agregué: "No es suficiente. Mi caballo sufrió más".

No hubo ninguno como Mustang. Como ese animal amasado con la espuma de sus sueños, que la llevaba por encima de las vallas en un aliento de nubes.

-Un metro noventa y siete es una casa. Llegás a la valla.... y volás por arriba. Andar a caballo es eso. Volar. ¿Viste Pegasus? Sería maravilloso que existiera la posibilidad de montar a Pegasus.

El Pegasus de su alma se murió y ella se quedó viuda y sin saltar. Las alas rubias y vacías de vuelo y de entusiasmo.

-Cuando saltás no pensás en nada. Están vos y el caballo y tenés que tener una confianza absoluta. Siempre dicen: "Ah, las bestias". Yo digo: Mirá la bestia humana.

Los caballos la hicieron lejana. Ausente. Por ellos perdió varias cosas y, jura, ganó otras tantas. Perdió la muerte de su padre y el casamiento de un hermano. Su padre murió un 28 de diciembre, años atrás, demasiado cerca de la fecha en la que Puppi planeaba hacer uno de los desfiles que organiza cada cinco años. Y cuando se casó su hermano en Tornquist, Puppi se quedó sólo el tiempo que duró la ceremonia. Cuando terminó, respiró hondo, se sumergió en la cabina de su Falcon verde y aceleró para llegar a tiempo a su clase de las 15.30.

-A veces me preguntan si soy señora de algo, de alguien. Sí, digo yo, señora de mí misma, qué es eso de ser señora de tal cosa.

Respira hondo, se llena de espinas. -En todo caso, Señora de los Caballos.

Eso le basta.

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