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La educación rural y el mensaje de Ulises

La clase dirigente debe recoger su ejemplo y extremar los esfuerzos para que todos los alumnos del país puedan recibir la educación de calidad que merecen
Ulises, como muchos otros chicos de los Valles Calchaquíes, camina a diario los 12 kilómetros que separan la escuela de su casa
Ulises, como muchos otros chicos de los Valles Calchaquíes, camina a diario los 12 kilómetros que separan la escuela de su casa Crédito: Javier Corbalán
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20 de marzo de 2018  

Dos semanas atrás, con motivo del inicio de las clases, LA NACION publicó una nota titulada La odisea de Ulises, que narraba la diaria travesía de numerosos chicos que viven en distintos parajes de los Valles Calchaquíes y deben recorrer a pie muchos kilómetros de escarpados terrenos para asistir a una escuela rural. El protagonista de esa crónica, Ulises, de solo siete años, es apenas un ejemplo de los muchos alumnos de escuelas rurales que deben realizar enormes esfuerzos para acceder al sistema educativo.

Trasladarse todos los días desde Punta del Agua o desde otros parajes de esta zona de Salta hasta la Escuela N° 4575 Las Cortaderas no es tarea fácil. Todo lo contrario. A la necesidad de atravesar solitarios caminos de tierra, polvo y piedras se suman las inclemencias del clima, la carencia de transporte público y las limitaciones de una zona a la cual no llegan la señal telefónica ni Internet, donde también se complica acceder al agua y donde la energía eléctrica ha sido suplida por paneles solares que brindan energía por contadas horas.

Unos 65 alumnos, sumados los del nivel primario y los del secundario, concurren este año a la citada escuela rural. Diez de ellos la utilizan también como albergue de lunes a viernes, ya que viven demasiado lejos como para trasladarse diariamente.

De acuerdo con el relato del enviado especial de LA NACION al lugar, en el curso de su camino, Ulises carga agua de una acequia, que en este tiempo está generosa -algo que no ocurre siempre- y permite regar frutas y verduras en la zona. En su trayecto hacia la escuela, el pequeño viajero recuerda las recomendaciones de su mamá, que le aconsejaba caminar por la orilla del camino. Como es de imaginar, las madres pasan zozobra por los riesgos latentes del camino, ya que en las inmediaciones no hay ninguna sala de primeros auxilios adonde recurrir en caso de que fuera necesario.

Las necesidades de la zona y de la escuela Las Cortaderas son muchas, aunque también las de numerosos establecimientos educativos rurales de todo el país.

La difusión de la realidad de Ulises y muchos de sus compañeros ha movilizado, felizmente, a no pocos lectores de LA NACION. Algunos juntaron bicicletas, camas, colchones, ropa, juguetes didácticos, agua mineral y libros, para acercar a su escuela. También, alguna computadora, aunque la imposibilidad de conectarse a Internet condiciona por ahora su utilidad. Otros han manifestado su voluntad de acercarse al lugar para compartir un tiempo con los alumnos y sus familiares, y ver de qué manera colaborar.

Es sabido que el extenso territorio argentino ofrece realidades muy diferentes en términos de acceso a la educación. Distintos estudios, como los realizados por la Fundación Educar 2050, dan cuenta de que los alumnos de zonas rurales suelen tener un rendimiento inferior al de quienes viven en grandes ciudades. Las diferencias de recursos son muy grandes; de allí que sea imprescindible trabajar por la igualdad de oportunidades de aprendizaje y de progreso, para acortar esta brecha.

No pocas organizaciones de la sociedad civil colaboran asiduamente mediante distintos programas de ayuda a las escuelas rurales, que incluyen cursos de capacitación para docentes y entrega de útiles escolares. Pero nada de esto puede desligar al Estado de su obligación de proveer las condiciones necesarias para un desarrollo lo más normal posible del proceso educativo, independientemente de las limitaciones del contexto geográfico.

Resulta admirable el esfuerzo cotidiano de docentes, alumnos y padres de estas zonas alejadas para cumplir con las obligaciones escolares, haciendo patria día tras día, a pesar de las dificultades del viaje diario, de las adversidades del clima y de tantas otras limitaciones. Conmueve ver a pequeños como Ulises recorriendo kilómetros en busca de una oportunidad para mejorar su vida, a través de la educación. Este simple gesto debería ser el mejor incentivo para alumnos y maestros en la tan fascinante como difícil tarea de educar, y un ejemplo para que la sociedad toda, empezando por su clase dirigente, se comprometa a que todos los chicos de nuestro país puedan recibir la educación de calidad que merecen.

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