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Lollapalooza 2018: con el show histórico de David Byrne, el festival continuó con sus sideshows

David Byrne sorprendió en el Gran Rex con un show que incluyó todas sus obsesiones, pensamientos y propuestas estéticas
David Byrne sorprendió en el Gran Rex con un show que incluyó todas sus obsesiones, pensamientos y propuestas estéticas
Gabriel Plaza
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20 de marzo de 2018  • 18:53

David Byrne sostiene en su mano la réplica de un cerebro mientras canta "Here", canción de su último disco, American Utopia. La escena no podría ser más desconcertante y maravillosa para un concierto de rock. El exlíder de Talking Heads, la banda que revolucionó la new wave neoyorquina de los ochenta, está solo en el escenario, sentado a una mesa y diciendo su soliloquio en un espacio minimalista, como si fuera un Hamlet contemporáneo: "La rosa se poda de una forma perfecta/perfecto... ¿para quién? Me pregunto", cuestiona Byrne en la primera línea de la canción, y no deja de mirar el cerebro con el asombro de un niño y la obsesión de un científico. O un psycho killer. Difícilmente la gente que asistió anoche al teatro Gran Rex pueda olvidarse de esa primera secuencia del show. Difícilmente la misma gente se pueda olvidar en toda su vida de esta obra conceptual compuesta por 21 canciones. David Byrne convirtió la experiencia musical en una obra de arte. Así de simple. Así de genial.

El hombre que cuestiona el curso de la vida moderna y anda en bicicleta; el hacedor de un art pop con el linaje de Andy Warhol; el inconformista punk, el descubridor de los tesoros musicales del mundo, el portavoz de la conciencia moral de la contracultura rock, que se arrepintió recientemente de no incluir mujeres en su último disco. El hombre que vino a presentar American Utopia, el primer álbum solista después de 14 años. Y en plena era Trump.

El recital, como parte de los sideshows de Lollapalooza , tuvo el sabor de un acontecimiento histórico para la música. El artista galés de 65 años quería superar la legendaria gira Stop Making Sense de 1984, de los Talking Heads. Reunió a doce artistas, pero no montó una banda. Les puso un traje de Kenzo gris y arneses para que pudieran trasladarse con sus instrumentos de un lugar a otro del espacio. La batería y las percusiones las repartió entre seis músicos.

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También creó un escenario minimalista, sin amplificadores ni tarimas a la vista, con un cortinado gris plata, donde entraban y salían los integrantes según cada escena. Para esta gira mundial convocó nuevamente a la coreógrafa Annie B. Parson, con la que trabaja desde 2008: la bailarina también colaboró para el tour que hicieron David Byrne y St. Vincent, en 2013. Y armó un repertorio que trazó inteligentemente una parábola sobre todo lo que piensa de la música.

El resultado fue fascinante: una pieza performática, un ritual colectivo, un recital de rock, una obra de arte sofisticada y directa, con crítica, baile y humor. Byrne lleva a su público por un viaje exploratorio a su propio cerebro musical. Esa zona misteriosa formada por miles de conexiones musicales y neuronales que lo llevan a combinar orgánicamente el pulso bailable y afilado de la new wave, la luminosidad de las melodías pop, el corte disruptivo de las secuencias electrónicas, el alarido punk y el peso tribal de la música africana.

Es el guía de un concierto que transcurre por escenas coreografiadas. Los músicos marchan descalzos como en una protesta callejera, arman ruedas, hacen diagonales, juegan en círculos, bailan, saltan o se mueven espasmódicamente como lo viene haciendo Byrne desde los ochenta. Sin embargo, lo que antes era instinto animal ahora es conciencia de su cuerpo. "Dejé que mi cuerpo descubriera, poco a poco, su propia gramática del movimiento, a menudo espasmódica, espástica y extrañamente formal".

La dramaturgia de esta obra contemporánea son los temas de sus distintos períodos solistas. Como "I Should Watch TV", "Dog's Mind", "Everybody's Coming to my House" y "Every Day is a Miracle", que se incorporan con gracia junto a las canciones de Talking Heads: "I Zimbra", "Slippery People", "This Must be the Place (Naive Melody)", "Once in a Lifetime", "Born Under Punches (The Heats Goes On)", "Blind", "Burning Down the House".

Los temas nuevos no pierden fuerza frente a los clásicos de Talking Heads porque hay una lógica interna, una densidad de capas estéticas, que traza un hilo conductor entre aquel artista alienado y post-punk de finales de los setenta y este optimista de mirada filosa, que reza: "Solo somos turistas en esta vida".

Es cierto que el chip de la memoria desata en el público un fervor tan grande que despabila al músico de esa ausencia extravagante y ese rictus extrañado de extraterrestre, que lo obliga a salir por momentos de su concentrado personaje para agradecer en español.

A Byrne lo aburre el ejercicio de la nostalgia. Hace poco declaró a la agencia AP: "No soy tu máquina del tiempo" cuando le preguntaron sobre la vuelta de Talking Heads. No tiene intenciones de volver. Tampoco quiere cantar en vivo su himno "Psycho Killer", aunque se lo pidan. No lo necesita.

David Byrne y sus artistas: músicos, bailarines y elementos fundamentales de particulares coreografías
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Su ambicioso concierto es una demostración sobre su presente artístico. Su manager le dijo hace poco que estaba en un momento Leonard Cohen. Es verdad que Byrne viene de la época en que los artistas no tenían obsolescencia programada. Estaban hechos para durar y dejar cosas que valían la pena.

Cada paso y camino recorrido de alguna manera atraviesa el concepto de la gira American Utopia. Y de este espectáculo. Desde sus colaboraciones para musicales, instalaciones artísticas o conferencias sobre buenas prácticas urbanas, todo alimenta esta cabeza parlante del rock. Todo está puesto en su concepto y le sirve para desarrollar esa mirada distópica del mundo, a veces irónico o más optimista.

Sobre el escenario David Byrne deambula como un profeta o un desquiciado. A veces su imagen se asemeja a la de un adolescente de pelo plateado que aporrea su guitarra con acento filoso y estridente. En otras parece el hombre absorbido por la maquinaria del sistema capitalista. Sus músicos son piezas móviles en el juego de ese tetris musical que Byrne tiene en su cabeza. De golpe todo encaja. De golpe un coro armónico puede pegar una curva en el aire y transformarse en un hilarante movimiento funk o derivar en un sintetizador espacial. Lo inesperado y fascinante forma parte también del enigma Byrne.

El artista es de esa especie de extraterrestres musicales del canon de David Bowie. Forma parte de esa constelación artística. Vino a cambiar la historia y a tratar de entender el paso por la vida. No lo hace de manera ruidosa, explora el mundo y deja huella con la sobriedad silenciosa de un científico, un pintor o un poeta.

Los últimos sideshows

HOY. LCD Soundsystem. James Murphy y los suyos se presentarán esta noche, a las 21, en el teatro Vorterix. Las entradas están agotadas.

MAÑANA. Volbeat. Mañana miércoles, a las 21, en el teatro Vorterix. Últimos tickets.

EL LUNES. Anderson .Paak & The Free Nationals. Reprogramado, Anderson .Paak tendrá a su cargo el cierre de Lollapalooza 2018. Fue uno de los primeros sideshows en agotar sus tickets. Anderson .Paak viene de ofrecer uno de los mejores shows en el festival.

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