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Una izquierda que niega las lecciones de la historia

Loris Zanatta
Loris Zanatta PARA LA NACION
Mientras la vertiente reformista pierde terreno, ganan espacio los radicalizados, que tienen una visión religiosa de la política
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21 de marzo de 2018  

La izquierda está en crisis, moribunda, ya murió: tal es la música que se escucha por todos lados, desde Inglaterra hasta Australia, desde los Estados Unidos hasta la India. Partidos gloriosos como el SPD alemán y el socialista francés boquean; en América Latina la "marea roja" es un recuerdo. Cada elección repite la lección. Todo el mundo lo dice, los sabios y los militantes, en los cafés y en las aulas. Debe ser cierto.

El tema es serio e impone preguntas. ¿De qué izquierda estamos hablando? ¿Padece un resfrío o una enfermedad terminal? ¿Es un concepto que tiene todavía sentido? Los sociólogos explican la crisis por el cambio en la composición social: hacen su trabajo. Los politólogos estudiando los flujos electorales: ganan su salario. Juristas y filósofos hacen lo mismo. Los periodistas buscan respuestas claras y simples. Pero, a fuerza de simplificar, confunden más de lo que ayudan. Luego están los militantes. Su pregunta es: ¿de quién es la culpa?

La respuesta más recurrente a la pregunta fatídica es: la "culpa" la tiene la izquierda misma, porque ha abandonado al "pueblo", descuida a "los últimos"; toma aperitivos en la City en lugar de una copa de vino en la barra de los bares de la periferia, frecuenta los bancos en lugar de los mercados barriales. A un conocido actor italiano le va el premio a la claridad: la izquierda pierde porque ya no es comunista. Hay idioteces que dan en el clavo.

Fuente: LA NACION

De hecho, ¿cuál es la izquierda que agoniza? Es la izquierda moderada, reformista, gubernamental, para llamarla de algún modo. A la otra izquierda, en cambio, la que dice comer la comida de los marginados, no le va tan mal: puso el vino viejo en barriles nuevos, bautizó conceptos antiguos con palabras modernas, cambió la escuela de Fráncfort por Laclau y Zizek. ¡El laborista inglés Jeremy Corbyn se volvió un ícono! ¡Y Pablo Iglesias! Están con viento a favor.

Por supuesto, tienen un secreto: están en la oposición, pueden prometer la luna, hablar de grandes sistemas, sin bajar del peral. En cambio, mira al pobre Tsipras: ahora que se ensucia las manos para sacar a Grecia del pozo, nadie se acuerda de él. Los otros ídolos que han gobernado, Correa, Lula, no han salido bien parados. Dejemos de lado a Maduro. ¡Lo más gracioso es que muchos de ellos se dicen herederos de la socialdemocracia! ¡Qué lindo cuando estaba! ¡Qué bueno sería volver a ella! Como si fuera posible, como si olvidaran haber odiado a la socialdemocracia! Era un pacto deshonroso con el capitalismo, decían; un pacto que frenaba la Revolución, se indignaban! Hay gente que siempre llega tarde, pero igual se cree adelantada.

Al historiador no le importa quién tiene la "culpa": no es un sacerdote que imparte penas y absoluciones. Más que buscar "culpas" y, por lo tanto, culpables, se pregunta "por qué". ¿Por qué la izquierda reformista está mal? ¿Y por qué se diría que gozan de mejor salud las izquierdas apocalípticas y redentoras, a menudo diluidas dentro de abarcativos frentes nacionalpopulares? ¿Y por qué lo mismo ocurre con las derechas?

Creo que poco a poco, a través de un largo pero inexorable proceso histórico, la izquierda reformista, más que abandonar al "pueblo", dejó de creer en "el pueblo" como sujeto mítico al que ella tendría la tarea de redimir. La izquierda reformista es, en este sentido, una "izquierda secular": tiene una visión desencantada del mundo, no cree en la política como religión, no cultiva relatos épicos, no cree que matando al dragón, llámese como se llame, hará feliz al "pueblo".

No sé si puede existir una política sin épica, sin una pizca de visión salvadora de la humanidad. Me gusta pensarlo, pero no estoy seguro. Una cosa, sin embargo, es cierta: en tiempos de crisis, de transformaciones rápidas y profundas como los nuestros, su visión del mundo les parecerá inadecuada a muchos: no calienta los corazones, no moviliza, no excita. Muchos, en cambio, desearán creer que el dragón existe, que se llama capitalismo y neoliberalismo, que cuando lo hayamos matado el camino hacia la tierra prometida será liberado y en el valle del Edén el "pueblo" encontrará paz, justicia y prosperidad. Esta es la izquierda religiosa, esto es, "el comunismo" romántico e inexistente que el actor mencionado sueña con resucitar.

Pero ¿por qué la izquierda secular cultiva el desencanto? ¿Quién la obliga, si al hacerlo padece derrotas, burlas, impopularidad? Por dos razones, creo, vinculadas entre ellas: porque la historia pesa y por honestidad intelectual. Me explico. Quien quiere gobernar y no predicar, progresar y no redimir, sabe que no hay atajos, no hay mundos ideales de reserva; sabe que evocarlos es engañoso y deshonesto. Para decirlo brutalmente: la izquierda secular sabe que no será una cruzada anticapitalista la que hará caer desde el cielo el bienestar y la equidad. No se anima a especular con aquella vieja carta, melodiosa e ilusoria como el canto de las sirenas: porque aprendió que aquellos bienes no dependen de si hay capitalismo o no, que no sirve imaginar el mundo como debería ser, sino hacerlo mejor a partir de lo que es. La izquierda democrática llegó a la conclusión de que lo que llamamos capitalismo no es un lugar moral donde crece el pecado, no es El Capitalismo, un concepto metafísico, sino un complejo fenómeno histórico, multifacético, cambiante, maleable, que puede dar buenos o malos frutos, mejores o peores, dependiendo de cómo se lo gobierna.

Aparte de todo eso, la izquierda secular ha tomado nota de lo que la izquierda religiosa olvida o remueve: que no solo todos los regímenes antiliberales y anticapitalistas han pisoteado la libertad, sino que nunca han logrado crear prosperidad ni igualdad. Al prometer prosperidad e igualdad invocando el anticapitalismo se alimentarán sin duda grandes ilusiones, pero perpetuando el engaño. Fingir no saberlo, no saber que así como la derecha no tiene el monopolio de la libertad, la izquierda no lo tiene de la equidad, puede consolar a algunos, pero no traerá beneficios para nadie. Lejos de estar en declive, de hecho, el capitalismo se mantiene en constante ascenso y se extiende cada vez más. Por una simple razón: ningún otro sistema ha sabido generar ni remotamente el extraordinario crecimiento producido por él durante más de dos siglos. Guste o no, no es necesario ser historiador para saberlo. Más vale, entonces, encauzarlo, reglamentarlo, gobernarlo con sabiduría. Matarlo es dañar al "pueblo", aunque se haga en nombre del "pueblo".

¿Entonces? Estas consideraciones no tienen ni conclusión ni moraleja. Solo que el principal clivaje de nuestro tiempo no es entre la derecha y la izquierda, sino entre visiones más o menos seculares y más o menos religiosas del mundo. Creo que en realidad ha sido así desde hace muchísimo tiempo. Pero si esto es así, no me dejaría encantar por el presente: la izquierda y la derecha religiosas que hoy engordan invocando al "pueblo" retrocederán cuando les toque pagar el peaje a la realidad: descubrirán que "el pueblo" es una abstracción cambiante, que no saben cómo crear riqueza ni garantizar igualdad, que hay cada vez más personas que piden soluciones, no redenciones. La actual agonía de la izquierda secular podría entonces aparecer como el arancel pagado a una transformación saludable.

Ensayista y profesor de Historia en la Universidad de Bolonia, Italia

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