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Crónicas del crimen

El crimen de Silvina Pelosso, la cordobesa que fue víctima del asesino serial del Parque Yosemite

Gabriela Origlia
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25 de marzo de 2018  • 14:40

CORDOBA.- Silvina Pelosso tenía 16 años, cursaba el secundario con buenas notas y, como premio, sus padres le regalaron un viaje a los Estados Unidos. Allí se encontró con su amiga Julie Sund (15) y su madre, Carole Sund (42), para ir a recorrer el Parque Nacional Yosemite, en las montañas de Sierra Nevada, California. Pero lo que habían planeado como una aventura se convirtió en una pesadilla: la noche del 15 de febrero de 1999 las tres mujeres fueron asesinadas.

Todo comenzó cuando Cary Stayner, de 38 años, encargado de mantenimiento del hotel Cedar Lodge donde las mujeres se hospedaban, ingresó a la habitación y les dijo que el gerente lo enviaba a reparar una pérdida de agua. Ninguna dudó, el aspecto del hombre no les resultó amenazador y su tono era tranquilo y amable.

Fuente: Archivo

Lo que no sospechaban es que en el bolso no llevaba herramientas sino sogas, cinta adhesiva, un revólver y un cuchillo. Stayner estuvo unos minutos en el baño fingiendo arreglar algo, y luego salió con el arma en la mano. Las chicas miraban televisión y Carole leía.

Las mujeres entraron en pánico. Les ató las manos y les tapó la boca. Llevó a las adolescentes al baño y las encerró allí. Les dijo que se trataba de un robo, pero pronto se hizo evidente que su plan era mucho más siniestro.

Noche de terror

Una vez que había logrado inmovilizar a las mujeres, Stayner estranguló a Carole con una soga y llevó el cuerpo al Pontiac Grand Prix rojo que ellas habían alquilado para su paseo. "Me llevó cinco minutos... no sabía que era tan difícil estrangular a alguien. No sentí nada, fue como hacer un trabajo", confesaría meses después.

Regresó al dormitorio, sacó a las jóvenes del baño y les ordenó desnudarse. Silvina comenzó a llorar y a gritar. Stayner la tomó de un brazo, la volvió a llevar al baño y, arrodillada en el piso, la ahorcó. Tiempo después, en su confesión, admitiría que la violó.

Fuente: Archivo

Con Julie todavía en el cuarto y en estado de shock, ordenó la ropa de las tres mujeres en las valijas y las puso en el auto, donde también cargó el cuerpo de Silvina. Envolvió a Julie en una frazada y la subió al vehículo. Manejó hasta la costa del lago Don Pedro, en el mismo parque, donde la violó y la degolló. El cuerpo quedó tapado con la manta, oculto entre los árboles.

Sin novedades

Carole, que era amiga de Raquel, la madre de Silvina, había llamado por teléfono a su esposo por última vez la noche del 15 de febrero, horas antes de que ocurrieran los crímenes. Dos días después, preocupado por la falta de noticias, el hombre se contactó con los Pelosso en Córdoba. Ya había reportado la ausencia a la policía.

Fuente: Archivo

La familia de Silvina había recibido una carta días antes y ella, que iba a regresar los primeros días de marzo, había hablado con su mamá por teléfono. Ese fue el último contacto que tuvieron con la joven.

Los cordobeses viajaron inmediatamente a Estados Unidos donde, por esos días, la policía de varios condados, el FBI y equipos de voluntarios buscaban a las mujeres. Mientras tanto en Córdoba, en barrio San Vicente, donde vivía la familia, la vigilia era interminable. Los compañeros de Silvina del colegio Sarmiento se movilizaban y confiaban en que habría buenas noticias.

Fuente: Archivo

Pero en Modesto, EE.UU., donde vivían los Sund, a 160 kilómetros del parque, un joven encontró la billetera de Carole. Ese hallazgo debilitó la hipótesis de un accidente y los investigadores comenzaron a pensar que se trataba de un secuestro.

La peor noticia

Al mes de la desaparición, los padres de Silvina y los familiares de Carole y Julie Sund marcharon por el centro de Modesto para pedir solidaridad, que alguien aportara un dato, una pista cierta. Para entonces no se había hallado ni siquiera el auto en el que viajaban las mujeres.

Fuente: Archivo

La angustia se profundizó cuando el encargado de la investigación anunció que no tenía dudas de que las mujeres habían sido víctimas de un crimen. Las caras de las tres aparecían en las portadas del diario de la ciudad, "The Modesto Bee", y del más grande y conocido, "San Francisco Chronicle".

Stayner había sido interrogado en la primera parte de la investigación. Estuvo demorado, pero el hombre convenció a la policía de su inocencia e incluso aportó pistas falsas. El FBI se concentró en la hipótesis de que una banda de drogadictos era la responsable del crimen y detuvo a dos hombres de 39 y 55 años, que fueron liberados poco después por falta de pruebas.

Fuente: Archivo

A fines de marzo, un llamado anónimo les dio la ubicación del Pontiac rojo. El auto había sido visto por última vez la noche del 15 en una estación de servicios cerca del hotel. Fue hallado a 90 kilómetros de allí, en un camino abandonado que no se había rastrillado. Estaba reducido a chatarra.

La esperanza de encontrar a las mujeres con vida se derrumbó de golpe: dentro del vehículo hallaron los cuerpos carbonizados de Carole y Silvina. Una semana después apareció el cadáver de Julie. Estaba a mitad de camino entre el hotel y el paraje donde encontraron el auto. Aún faltaba hallar al responsable de los crímenes.

La caída del asesino

Cinco meses después, una naturalista del parque, Joie Amstrong, fue hallada violada y decapitada. Este homicidio dejó al descubierto a Stayner: una testigo dijo que, el día de ese asesinato, vio un auto detenido en la puerta de su cabaña. La descripción que entregó y las huellas de las ruedas coincidían con el que manejaba el empleado del hotel.

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Pero no fue sino hasta diciembre de 1999 que Stayner confesó ser también el autor de los homicidios de Silvia, Carole y Julie. Sin muestra alguna de remordimiento, en una entrevista telefónica con el canal KBWB-TV de San Francisco, dijo que durante 30 años había fantaseado con asesinar a mujeres y que sus primeras víctimas fueron la cordobesa y sus amigas.

Stayner sostuvo que lamentaba "no haber podido controlar el impulso que tuvo de asesinar a Armstrong", que fue lo que hizo que el FBI lo descubriera. También envió un cínico y cruel mensaje a los familiares de las víctimas: "Lamento que sus seres queridos hayan estado donde estaban en ese momento".

Fuente: Archivo

Luego, en una grabación de dos horas, Stayner dejó su confesión ante el FBI, que se escuchó en el juicio por el triple crimen. Entre otras crueldades, allí admitía que antes de matar a las tres mujeres había planeado asesinar a su amante y a sus dos hijas, de 8 y 11 años.

Además confesó que el 14 de febrero de 1999 pensó en matar a cuatro jóvenes alojadas en el hotel, pero lo inhibió que estuvieran acompañadas por un hombre. Cuando habló del triple crimen aseguró: "Sentí que, por primera vez en mi vida, yo tenía el control". Dijo que después de matar a Silvina y Carole, cuando subió al auto con Julie, "no sabía dónde iba o que estaba haciendo, simplemente manejaba y manejaba".

Fuente: Archivo

Los detalles de su confesión eran muy oscuros y hablaban de una personalidad psicópata y cruel. "Era una chica muy agradable y estaba muy calmada", decía sobre Julie, y detallaba que, en el lago, la puso atada en el césped. "Le dije que me gustaría mantenerla conmigo". Antes de degollarla, le juró que "la amaba".

"No quería que sufriese como las otras lo hicieron. Pero sé que sufrió", afirmó. La dejó debajo de unos arbustos y se llevó el auto a un vaciadero de basura. Dos días más tarde regresó, le escribió en el capot "tenemos a Sarah" (así le dijo Julie a él que se llamaba) y le prendió fuego.

Fuente: Archivo

Durante el juicio Stayner, que ya había sido condenado a perpetua por el crimen de Armstrong, se declaró inocente por razones de demencia. Sus abogados adujeron que en la familia del asesino serial había antecedentes de abuso sexual y enfermedad mental. Sin embargo, la justicia desestimó estos argumentos y el hombre fue condenado a muerte en 2002. Desde entonces, Stayner está en el corredor de la muerte (el lugar donde esperan los sentenciados a la pena capital) en la cárcel de San Quentín, California.

La noticia en el diario LA NACION

Con la colaboración de Juan Trenado

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