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El embrión no es un órgano de la madre

Carmen Polledo
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22 de marzo de 2018  

El debate en torno a la despenalización y legalización del aborto es, sin duda, una discusión de alta sensibilidad social, que debe ser abordada con amplitud para escuchar todas las voces de manera tolerante, independientemente de nuestras creencias, y trabajarlo desde la razón y los conocimientos que la ciencia ha aportado.

Resulta indispensable aclarar lo que se discutirá en el Congreso. Actualmente, ya está regulada en el Código Penal, y reafirmada por la Corte Suprema en 2012, con el fallo FAL, la legalidad para la interrupción del embarazo en el caso de riesgo de salud de la madre, como también si el embarazo es producto de una violación. La Corte estableció, con acertado criterio, que no debían judicializarse estos casos e instó a las provincias al dictado de los correspondientes protocolos de actuación sanitaria, estableciendo que la objeción de conciencia es un derecho del profesional de la salud y que no puede ser causal de discriminación laboral.

Por lo tanto, el debate gira en torno a la introducción de dos nuevas causales: el "riesgo psíquico y social" y "si existieren malformaciones fetales graves". En el primer caso, no se contempla cómo se determinará ese riesgo "psíquico", pero mucho menos cómo se define el riesgo "social". En el segundo caso, al no hablar de malformaciones incompatibles con la vida, toda potencial malformación fetal resultará motivo legal de aborto.

En consecuencia, el debate no parte únicamente de la amplitud de un derecho para las mujeres, sino que hay una potencial colisión de derechos entre la voluntad de quienes quieran abortar y el derecho de una vida por nacer. Esta discusión nos plantea situaciones análogas que pueden surgir en el futuro: podría haber riesgos sociales que en el futuro también legalicen deshacernos de vidas. ¿Cuáles serán los riesgos sociales que hoy aceptaríamos para una decisión así? ¿Por qué esos mismos riesgos no serán causales en el futuro de eliminar otras vidas?

Debemos tener cuidado con las comparaciones en legislaciones extranjeras en las que, a veces, se excluyen del análisis determinados contextos sociales y culturales. La experiencia internacional demuestra que la legalización del aborto y los diagnósticos genéticos prenatales cada vez más precisos también han llevado a la eliminación sistemática de muchos niños con ciertas formas de discapacidad. Esto nos lleva a preguntarnos, ¿este es el modelo de sociedad que queremos?

El embrión no es un órgano de la madre. Aunque dependa de la madre para alimentarse, el feto es biológicamente un ser distinto de sus padres (y esencialmente distinto del óvulo sin fecundar), singular y único, con una vida tan respetable e inviolable como la nuestra.

La ciencia ha demostrado en forma fehaciente que la vida humana comienza con la fecundación, es decir, desde la fusión de un óvulo y un espermatozoide. Desde el momento de la fecundación se forma un nuevo organismo, que actúa como un todo organizado. Ese nuevo ser crece en forma continua, gradual y autónoma, en un proceso que no reconoce saltos sustantivos y que guarda siempre una coherencia. Este hecho científico y objetivo se traduce jurídicamente en nuestro artículo 19 del Código Civil, que sostiene: "La existencia de la persona humana comienza con la concepción".

Tenemos que trabajar integralmente para bajar el índice de mortalidad materna. Pero para ello debemos fortalecer herramientas como el plan nacional de prevención del embarazo no intencional en la adolescencia y los programas de salud sexual y reproductiva. Asimismo, los proyectos de no criminalización de mujeres que se realicen el autoaborto y la agilización del sistema de adopción también son iniciativas que tenemos que impulsar para proteger a la mujer y ofrecer la contención necesaria para no crear más víctimas y dolor donde ya hay demasiado.

Diputada nacional Pro, presidenta de la Comisión de Salud

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