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Vladimir Putin se mantiene en el centro de la escena

Emilio Cárdenas
Emilio Cárdenas PARA LA NACION
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22 de marzo de 2018  • 01:57

En las últimas semanas, la sombra del presidente ruso, Vladimir Putin, apareció en un sinnúmero de episodios internacionales, de distinto tipo. Siempre con un perfil perturbador. No obstante, acaba de ser reelecto para un cuarto mandato en lo más alto del poder de su país. Lo que no ha sido una sorpresa, desde que Putin ejercía ya un poder amplísimo al que algunos calificaban de "ad vitam".

Los episodios antes referidos incluyen el intento de asesinato -con gas nervioso, de origen ruso- en la ciudad de Salisbury, en el sur de Inglaterra, de un ex espía ruso y su hija; así como renovadas acusaciones de ilegalidad respecto de la anexión rusa -por la fuerza- de Crimea y Sebastopol; la continua presencia de milicianos rusos, presuntamente "espontáneos", en el este de Ucrania; los ataques cibernéticos realizados contra blancos en el Báltico y en Escandinavia y contra la red eléctrica norteamericana. Y, como si eso fuera poco, la injerencia rusa en las últimas elecciones presidenciales norteamericanas, claramente contra la candidatura de la perdidosa Hillary Clinton. A lo que se agregan, en esta lista corta de preocupaciones, los bombardeos aéreos realizados por Rusia en Siria, en cuya guerra civil participa unilateral y activamente con contingentes militares y aéreos.

Putin ha negado rotundamente todas y cada una de las acusaciones vinculadas con los problemas mencionados. Pero lo cierto es que, al menos entre los líderes de Occidente, pocos le creen.

Vladimir Putin es todo un tema. Está, desde hace dos décadas ya, instalado en lo alto del poder ruso. Desde 1999, concretamente, cuando comenzó a ordenar pacientemente a una nación que lo necesitaba, tras la caótica gestión presidencial de Boris Yeltsin. Fue entonces cuando Putin condujo, con mano firme, la segunda guerra desplegada por su gobierno contra la insurgencia islámica chechena, con lo que consolidó su imagen de hombre fuerte y líder de acción, cautivando así a los suyos, afectos a los liderazgos firmes.

A partir de entonces, Putin ha mantenido el timón del poder en su país. En su tercer mandato, aquel que comenzara en 2012, consolidó su perfil nacionalista. Y su estilo autoritario. Generando una imagen de personaje duro, gélido, casi incontrolable. Y comenzó a confrontar abiertamente con Occidente, sugiriendo que, desde el exterior, sus principales actores promueven un "cambio de régimen" en Rusia. Desde la crisis de Ucrania, Putin quedó relativamente aislado en el escenario internacional, pese a sus esfuerzos en busca de que eso no sucediera.

Mientras tanto, las recesiones de 2015 y 2016 deterioraron sensiblemente a la economía rusa, pese a su enorme potencial energético. Por esto en Rusia existe un 13% de la población que está -y vive- por debajo de la línea de la pobreza. Rusia, no obstante, ha vuelto a crecer, aunque sólo modestamente. Y su economía sigue siendo extremadamente dependiente de los hidrocarburos que todavía generan un 40% de los ingresos totales del tesoro ruso.

En el plano militar, los recientes anuncios de Vladimir Putin no son precisamente tranquilizadores. Ni, tampoco, pacificadores. Puesto que sugieren que el mundo está efectivamente inmerso en una nueva "carrera" armamentista.

Me refiero a sus afirmaciones acerca de que las fuerzas de su país disponen ahora de misiles "hipersónicos" que vuelan nada menos que a ocho veces la velocidad de la luz y se tienen por imparables; así como de "drones" militares submarinos y de helicópteros militares que hoy son los más veloces del mundo. A lo que suma una generación de misiles "crucero", de propulsión nuclear, que serían capaces de alcanzar prácticamente cualquier blanco en el mundo. Un inventario bélico renovado y absolutamente impresionante. O, más bien, de terror.

Con su reelección en primera vuelta, Vladimir Putin -que trabajara en los servicios de inteligencia rusos por espacio de cinco años y uno de cuyos abuelos fuera curiosamente cocinero de Lenín y Stalín- se ha asegurado otros seis años más en la cima del poder en Rusia. Hasta el 2024. De acuerdo a las normas, ese sería su último mandato. Y en su derredor, al menos por el momento, no parece haber otra alternativa con posibilidades reales de desplazarlo, al menos en el corto plazo.

Su "modelo" autoritario, en momentos en los que las democracias están seriamente cuestionadas, hasta en el Viejo Mundo, Putin tiene ya algunos imitadores. Particularmente, en Europa Central. Entre ellos, la Liga del Norte y el Movimiento Cinco Estradas, de Italia. Y Sebastian Kurz, en Austria. Así como la alternativa para Alemania. Y Alexis Tsipras, en Grecia; o Viktor Orban, en Hungría; o Marine Le Pen, en Francia.

Pese a todo, los antes referidos envenenamientos ocurridos en Salisbury, recurriendo al gas conocido como "Novichok" -utilizado en la era soviética- sugieren que Vladimir Putin puede, de pronto, haber ido demasiado lejos.

No sólo Gran Bretaña se sintió ultrajada por el atentado perpetrado en su suelo. La acompañaron, instantáneamente, los Estados Unidos, Francia y Alemania. Nada similar había sucedido desde el fin de "Guerra Fría". Por esto las recientes sanciones, que apuntan a cinco organizaciones rusas y diecinueve personas de esa misma nacionalidad. La relación rusa con Occidente, es evidente, no pasa por su mejor momento y ha vuelto a llenarse de fragilidad, lo que ciertamente no es para festejar.

Unos 110 millones de ciudadanos rusos estaban habilitados para votar. Muchos de quienes prefirieron a Vladimir Putin sienten que Occidente es una amenaza para Rusia. Es posible que por ello hayan aplaudido a su presidente cada vez que les ofrece seguridad.

Con más del 75% de los votos y una importante concurrencia a las urnas, Vladimir Putin sigue, firme, en lo más alto del poder en la Federación Rusa.

Las elecciones reciente carecieron de suspenso. El nombre del ganador parecía estar escrito de antemano. Los resultados confirmaron las proyecciones de las encuestas. Ampliamente.

Si tomamos en cuenta el estilo confrontativo del presidente Putin a lo largo del tercer mandato, la relación de Rusia con Occidente previsiblemente continuará siendo difícil.

Quizás por todo esto el sugestivo silencio de la mayor parte de los países occidentales ante el nuevo aplastante triunfo electoral de Vladimir Putin. En nuestra propia región, obtuvo tres felicitaciones inmediatas: las de Bolivia, Cuba y Venezuela, países que comparten con Rusia un denominador común: el del autoritarismo.

En una frase conocida, Vladimir Putin pareció autodefinirse, cuando dijo: "El que no siente la Unión Soviética, no tiene corazón; el que aspira a su reinstauración, no tiene cabeza".

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