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López, la historia del millonario que perdió todo por el exceso de ambición

El empresario era millonario antes de conocer a Kirchner, pero luego creció exponencialmente
El empresario era millonario antes de conocer a Kirchner, pero luego creció exponencialmente Fuente: Archivo - Crédito: Ricardo Pristupluk / LA NACION
Pablo Fernández Blanco
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11 de mayo de 2018  • 12:05

El imperio del empresario Cristóbal López parece haber llegado a su fin. Es el ocaso de una carrera que nació al calor de la tragedia -el patagónico se hizo cargo de un pequeño, pero próspero negocio familiar tras la muerte de sus padres cuando no llegada a los 20 años-, consolidó un conglomerado millonario en el sur del país y dio el mal paso en la década pasada, cuando la cercanía al poder le permitió financiarse de manera irregular para comprar activos que, en muchos casos, no eran viables en términos económicos.

Cuando conoció a Néstor Kirchner, López ya era millonario. Pero la búsqueda de un crecimiento voraz, en parte potenciado por el consejo de su socio Fabián De Sousa, lo dejó sin nada.

En los años del kirchnerismo, pocas cosas le molestaban más a Cristóbal López que la comparación que hacían los medios de comunicación entre su carrera como empresario y el ascenso de Lázaro Báez . Era un encono parcialmente justificado, dado que el dueño de Austral Construcciones se hizo millonario recién cuando los Kirchner llegaron al poder.

López nació en 1956 en Buenos Aires, aunque se trasladó casi de inmediato a Comodoro Rivadavia. A los 15 manejaba un reparto de pollos en la Patagonia, pero la tragedia se interpuso cuando tenía 17 años. En un viaje de trabajo, perdió a sus padres.

López recibió la mitad de la herencia, valuada en unos US$500.000. Si bien era una suma para nada despreciable, se encargó de multiplicarla a partir de la proliferación de negocios en esa zona del país.

En 1978 creó Transportes Cristóbal López . Trece años más tarde, en 1991, rebautizó la compañía -la denominó Clear- y le cambió el foco. Desde ese momento, puso el énfasis en ganar licitaciones para prestar el servicio de recolección de residuos. Luego sumó concesionarios de camiones, de autos, se quedó con negocios de casinos, compró tierras, creó una constructora, participó en la industria alimenticia, administró peajes, bancos y medios de comunicación.

Ese imperio tambaleó un día de 1998. Cuando la crisis del petróleo golpeaba con dureza a la Patagonia Almería Austral, una empresa de perforación de pozos con la que Cristóbal López realizó su primera expedición en el negocio del crudo, estaba a punto de quebrar. López a esa altura, tenía una fortuna localizada en el entorno de Comodoro Rivadavia. Estaba dispuesto a dejar caer la empresa, pero no quería pagar el precio de la mala fama que le ocasionaría.

Una de sus últimas alternativas para mantener a flote a Almería Austral era ganar una licitación de servicios petroleros que había puesto en marcha Pecom Energía, la empresa de Gregorio Pérez Companc. López tenía buena relación con Julio De Vido, que era ministro del gobernador Néstor Kirchner. Lo llamó, le planteó la situación de la compañía y esperó. Luego lo llamó Kirchner, que le encargó a José López (el exsecretario de Obras Públicas ahora preso también fue funcionario en Santa Cruz) que intercediera ante Oscar Vicente para conseguirles una reunión. El directivo de Pecom recibió a López y a su socio, Fabián De Sousa. Salieron de allí con un contrato de tres meses que le permitió seguir en el mundo petrolero. Dos años más tarde, vendió Almería Austral y comenzó a forjar la plataforma sobre la que levantaría Oil.

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De Sousa fue un personaje clave en el devenir de López. Quienes lo conocen le atribuyen una parte importante de la decisión de sumar negocios a toda costa, sin una evaluación exhaustiva de sus posibilidades comerciales, algo que derivó en recortes y el cierre de varias actividades, desde La Salamandra hasta la señal de cable CN23.

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Entre las conductas derivadas de la voracidad comercial del tándem López-De Sousa se encuentra el hecho de que dejaron de pagar más de $8000 millones a la AFIP para apalancar su actividad privada, algo que finalmente tornó insustentable sus negocios no sólo de la década kirchnerista, sino posiblemente también los que habían nacido de la pequeña fortuna heredada por el empresario patagónico tras aquel accidente fatal.

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