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¿Nos estamos quedando sin memoria?

Los dispositivos digitales, en particular Google, nos eximen del ejercicio de la repetición y la retención de datos. La gran pregunta es si esto significa una liberación o la pérdida de un recurso valioso
Martín De Ambrosio
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25 de marzo de 2018  

¿Cómo se llamaba la película por la que le dieron el Oscar a Tom Cruise? ¿Y ese delantero que jugaba en Camerún en el Mundial de 1990? ¿Y el candidato a presidente de la nación en 2001 por la izquierda? ¿Cómo que no hubo elecciones presidenciales en 2001? "No te acordás, no importa", podría decir alguien mientras desenfunda el teléfono de su bolsillo derecho, "pará que lo googleo".

Desde hace un tiempo (¿5, 10, 15 años?; como sea, fue algo progresivo), muchas disputas y debates de café se resuelven con una ayudita del pequeño amigo inteligente al que solo hay que desbloquear y dotar de conectividad. De hecho, la neurociencia habla del "efecto Google" para describir esa tendencia a no retener aquello que sabemos que se puede recuperar relativa y electrónicamente fácil. "Uno transfiere parte de la memoria a repositorios digitales y se borran límites entre la memoria que está en el cerebro y la que está en los dispositivos, entre lo digital y lo cerebral. A las personas les cuesta diferenciar qué cosas sabe uno y cuáles están en un lugar donde uno puede ir a buscarlo", dice Pedro Bekinschtein, neurocientífico investigador del Conicet y la UBA.

El fenómeno es relativamente nuevo, pero se ancla en un concepto previo a la era digital total, el de "memorias transactivas", por el cual alguien de un grupo determinado, por ejemplo un jefe, se permite olvidar ciertas cosas en particular que forman parte de la pericia de otro. "Vos que sabés todo de cine, vení y contanos cuáles fueron las películas argentinas nominadas". El jefe, el amigo, no tiene esa memoria, pero sabe dónde ir a buscarla. Ni hablar de las implicancias que puede tener en la educación: para qué pedirle al niño que conozca los nombres de las capitales de Europa o los grandes ríos africanos si puede encontrarlos en el buscador con solo apretar enter.

Otros mecanismos

Dice Andrea Goldin, del Laboratorio de Neurociencia de la Universidad Torcuato Di Tella y también investigadora del Conicet: "El efecto Google nos libera la mente para otras cuestiones, pero tiene inconvenientes potenciales: ¿qué hacen los docentes?, ¿son buenos o malos los exámenes a libro abierto? Bueno, depende qué evalúes. Si son datos enciclopédicos, no; si pensar es relacionar, en ese caso no importa. Pero no hay que perder de vista que es menos probable que recordemos esos datos concretos si sabemos que están en otro lado. Saber que existen fuentes externas de memorias disminuye nuestros esfuerzos de aprendizaje". Hay muchos trabajos experimentales que avalan esas afirmaciones, cuenta Goldin. En uno, a los sujetos se les dieron datos que pueden ser respuestas a preguntas de trivia y se los hacen escribir. A la mitad de ellos les dicen que la computadora guardó la información; a la otra mitad, que fue borrada. ¿Resultado? A la hora de evaluarlos, los investigadores encontraron que aquellas oraciones que habían sido informadas como borradas eran más recordadas que las que se comentaban como guardadas por la máquina. "Pareciera que saber que la información no estará accesible mejora la memoria", dice Goldin. En otra serie de experimentos se mostró que se recuerda mejor dónde está guardada esa información que la información en sí. Y más: cuando las personas se ponen a resolver cuestionarios con ayuda de Internet y obtienen mejores resultados, también mejoran su autoestima. "Es loco -dice Goldin-, el uso de Internet se va metiendo demasiado adentro de nuestras cabezas y nos confunde". Lo cierto es que los científicos ya afirman que Google (e Internet en general) cambia el modo en que pensamos; afecta al cerebro, por decirlo de una manera más drástica.

Ahora bien, desde el punto de vista social, ¿es cierto que ya no queda lugar para la virtud de recordar datos, fechas, películas y delanteros cameruneses en una época en la que cualquier duda se zanja rápidamente con el buscador? ¿Está verdaderamente en peligro de extinción o puede resurgir aquello que era una virtud escolar (repita la lección, alumno González) y hoy parece despreciarse? El campeón de memorización de Francia -porque existen estos campeonatos- Sébastien Martinez, está convencido de que sí. Martinez, un ingeniero de minas, acaba de publicar en español su libro Una memoria infalible (Paidós) en el que da algunas claves y presenta su método. Si bien está escrito en modo autoayuda (lo que quizá no signifique demasiado en una era donde todo está escrito en esa clave, desde la divulgación científica a ciertas novelas), cada tanto desliza algún concepto que avanza sobre el nudo teórico: "Se puede aprender a seleccionar las informaciones que realmente se necesitan, que estructuran un razonamiento, una sucesión de informaciones". Es decir, se puede saber mucho de lo particular y nunca acceder al panorama general, pero es virtualmente imposible tener el concepto sin un solo ejemplo. Pensar es abstraer lo general de lo particular, diría Aristóteles; u olvidar los detalles, dicen hoy los neurocientíficos, tal como sabía aquel narrador borgeano que conoció a un muchacho uruguayo de 18 años llamado Funes.

Uno de los sistemas usado por Martinez es el conocido como "palacio de la memoria", en el que cada espacio o habitación está asociado a uno de los elementos a recordar y se genera un entramado que permite rápidas memorizaciones. Es el método más popular y es, también, el método de Andrés Rieznik, físico y divulgador argentino, coconductor del programa de TV La liga de la ciencia, y autor de una versión local y previa del libro francés que se llama Atletismo mental (Sudamericana, 2016). En sus presentaciones y entrevistas, Rieznik sorprende con cálculos y multiplicaciones instantáneas, como elevar números de tres y cuatro dígitos al cuadrado. Sin embargo, no le ve porvenir popular a la causa de la autoayuda memorística. "El atleta mental es paralelo al atleta convencional y no sirve para la vida cotidiana. No va a volver a ser algo necesario en la supervivencia. Usain Bolt no usa su capacidad para tomar el ?bondi' ni para cazar un venado. Solo es interesante verlo; es más una demostración artística y de varieté que otra cosa. En la enseñanza se exige cada vez más el razonamiento y la abstracción", señala.

La posible excepción es aprender alguna técnica y aplicarla a un contexto tan restringido para la supervivencia como el casino: por batir así al sistema, el británico Dominic O'Brien -ocho veces campeón del mundo de la memoria- tiene la entrada restringida a estos lugares de apuestas. Su capacidad para recordar cada una de las cartas salidas en el Black Jack le daba una ventaja que las bancas no están en condiciones de tolerar.

Final abierto

Entonces, aunque de momento nos parezca fundamental, ¿es que, como especie, estamos cediendo recursos mentales que no volverán y que, eventualmente, nos pueden perjudicar incluso a la hora de razonar? ¿Descansamos al dejar buena cantidad de datos en aparatitos que pueden fallar, romperse, equivocarse o mentirnos?

Mejor no ir tan rápido en busca de conclusiones. Responde Bekinschtein: "Las consecuencias de todo esto no se saben. Hacen falta estudios longitudinales para saber si hay deterioro cognitivo. Hay un trabajo respecto de qué pasa cuando uno usa GPS y qué pasa cuando uno no lo usa: se apagan las áreas que tienen que ver con la planificación, como la corteza frontal. Delegamos procesos cognitivos en dispositivos. Pero no sé si eso, finalmente, no podría derivar en algo positivo, si no queda alguna parte del cerebro liberada, apta para usarse con otro fin. Yo suelo ser optimista, pero hasta no tener estudios más amplios no sé si vamos a poder tener certezas", agrega el autor de libros como 100% cerebro (Ediciones B).

Hay otra opción que va un paso más allá y propone subir enteramente las conexiones de un cerebro ("conectoma" en la jerga) a un entorno digital. ¿Ficción científica? De ningún modo: se trata de las indagaciones de una promisoria startup de científicos del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) bautizada Nectome que busca "archivar tu mente", con "la última ambición de mantener las memorias intactas en el futuro", según dice su página web ( nectome.com). Pero esa es otra historia.

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