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La pura alegría

Diana Fernández Irusta
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23 de marzo de 2018  

Fuente: LA NACION

La felicidad, a veces, es apenas eso: una corriente de agua quizás fría, el chapuzón despreocupado, la mejor hora del día (ese momento de la tarde en que la luz, de tan suave, es dorada; y el calor no aprieta, pero acaricia). Entonces sí: la piel erizada, toda la fuerza de una vida hecha risa, juego, grito repentino.Y, sin embargo, el canal donde este niño de Bangkok, Tailandia, le saca lustre a lo que queda de la jornada tiene algo de trampa escondida. Sus aguas, a simple vista tan tentadoras, están en realidad contaminadas. No sabemos -la foto no lo muestra- si el chico se salteó algún cartel de alerta o, simplemente, no tiene idea de lo que significa bañarse allí. Sospechamos -ahora es fácil- que la suya es vida de pobre. Y que poco tienen que ver con ella ciertos cuidados del propio cuerpo y del de los otros. Solo su alegría, ese disfrute sin matices, lo vuelve luminosamente único, finalmente universal.

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