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Los riesgos de establecer diagnósticos equivocados

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
En un mundo donde lo inesperado se vuelve norma, es crucial ejercer una política exterior realista y pragmática, dejar de lado el voluntarismo y aprender de la experiencia ajena
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23 de marzo de 2018  

El Presidente acaba de reconocer que bajar la inflación constituye un desafío mucho más complejo de lo que inicialmente suponía. Debe creer algo parecido con relación al (dis)funcionamiento de la Justicia Federal, sobre todo luego del fallo que benefició a Cristóbal López y provocó el rechazo de una sociedad hastiada de impunidad. Esta tendencia a los diagnósticos ingenuos y hasta superficiales se extiende, por ejemplo, a las dificultades para comunicar eficazmente los objetivos de la política económica, no a una ciudadanía ajena a los mecanismos de mercado, sino incluso entre empresarios e integrantes del inasible "círculo rojo". E incluye tanto la política exterior (la autocelebrada estrategia de reinserción de la Argentina en el mundo) como el aprendizaje de experiencias regionales que pueden cuestionar, si se analizan críticamente, la confianza que Mauricio Macri tiene en su programa económico.

Vivimos en un mundo turbulento, donde los "cisnes negros" se han convertido en acontecimientos casi cotidianos. Las crisis son continuas y protagonizadas por las principales potencias, no solo por países marginales. Estamos en la era de la posglobalización, un escenario de permanente inestabilidad en el que ha perdido importancia el multilateralismo, para dar lugar a una dinámica de "apolaridad"; no existen potencias dominantes, sino actores con influencias limitadas y cambiantes según la región y la cuestión que se consideren. Renacen el proteccionismo y el nacionalismo, y florecen liderazgos que cuestionan el (des)orden mundial de las últimas décadas, incluyendo la red de organizaciones internacionales construidas a partir del fin de la Segunda Guerra.

Fuente: LA NACION

En este contexto, Macri le ofrece a la Argentina una receta singular: presidir el G-20, un club en el que el país entró casi de casualidad y que desde su conformación ha fracasado en su intento de mejorar la gobernanza global. Recordemos que a fin del año pasado fuimos sede de la reunión de la Organización Mundial de Comercio. Desde la década de 1930 no vivíamos un riesgo de guerras comerciales y retaliaciones entre los principales protagonistas del dislocado sistema internacional.

Esta visión idealista y voluntarista de la política exterior podría en principio tener más beneficios que costos, en especial en términos de reputación: quien analice en el futuro el zigzagueante derrotero de nuestras relaciones internacionales detectará que bajo la batuta de Macri se buscó salir de uno de nuestros típicos bandazos aislacionistas de corte autoritario-populista para reinsertarnos en el concierto de las naciones enarbolando los valores de la cooperación, la paz, la democracia y el mercado.

El problema es que una postura más pragmática y más realista podría generar mejores resultados. Ojalá que se llegue a un acuerdo entre el Mercosur y la UE, aunque tenga un alcance limitado y se implemente a lo largo del tiempo. En el ínterin, ¿no convendría profundizar los acuerdos con otros países con los que existen más complementariedades, sobre todo de la región, África, Medio Oriente y sobre todo Asia? La India se encamina a ser el país más poblado dentro de pocas décadas. Con Narendra Nodi, vive una etapa de nacionalismo proteccionista, motivo adicional para potenciar los lazos bilaterales e imaginar mecanismos de mutuo interés, como acaba de hacer Macron en su exitosa visita.

Nótese a su vez cierta continuidad respecto de las políticas que, en principio, Cambiemos pretendía transformar: los Kirchner también tenían una perspectiva ideologizada de la política internacional y planteaban sus objetivos en función de prioridades domésticas, incluyendo la diferenciación respecto de administraciones anteriores. Esta inercia de prismas cognitivos anacrónicos y superficiales con que los políticos argentinos intentan abarcar el complejo escenario global resalta el marcado déficit que tienen los asuntos internacionales en el acervo cultural nacional, a pesar de la reciente proliferación de carreras universitarias en esas disciplinas.

Más preocupante aún resulta el hecho de no aprender de experiencias comparadas y evitar los facilismos de recetas aparentemente infalibles. La crisis del Perú es un ejemplo notable de las consecuencias de desdeñar la cuestión institucional, en particular, la construcción de un sistema de partidos que garantice un mínimo de estabilidad: las reformas económicas lograron cristalizarse, hubo intentos notables de luchar contra la corrupción y Perú emergió gracias al boom de las commodities (minería, hidrocarburos y agronegocios). Sin embargo, su sistema político sigue siendo disfuncional e impide la solución de cuestiones elementales de la agenda ciudadana.

México es otro caso que debería generar alarmas: un país que siguió casi al pie de la letra y por más de tres décadas un programa transformacional similar al de Macri y que ahora se encuentra a punto de experimentar un giro populista que produce escozor dentro y fuera de la segunda economía latinoamericana. México tuvo éxito en controlar la inflación, abrir la economía, conseguir enormes flujos de inversión extranjera directa, modernizar su infraestructura física y su industria (sobre todo la automotriz), fomentar el turismo y establecer tratados comerciales con múltiples contrapartes. Asimismo, es miembro pleno de la OCDE e involucró a las fuerzas armadas en la lucha contra el narcotráfico. Sin embargo, y al margen del temor que produce un eventual triunfo de López Obrador, debe catalogarse como un "Estado fracasado" en muchas dimensiones por el estrago de la violencia, la persecución a periodistas, la calamitosa consolidación de las redes de crimen organizado, la pobreza y la mala distribución del ingreso.

Los fracasos de Perú y México tienen algo en común: predominó una mirada simplista, tecnocrática y economicista de las reformas con el tradicional desprecio por la política y la construcción de instituciones que complementen, consoliden y potencien los logros parciales que no carecen de mérito, pero que no les cambiaron la vida a la mayoría de sus ciudadanos. La piedra está visible y ya vimos cómo otros trastabillaron. Tenemos todas las facilidades dadas para no tropezar con ella.

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