El otro Mundial de Sampaoli: ganarle a la grieta (política)

Claudio Cerviño
Claudio Cerviño LA NACION
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23 de marzo de 2018  • 07:50

A medida que se acerca Rusia 2018, Jorge Sampaoli va dejando señales muy concretas. De toda clase. Que despiertan adhesiones o rechazos. Nada nuevo en derredor de un técnico del seleccionado argentino de fútbol. Existen certezas, en los hechos y a partir de sus palabras: que Messi va a ser el dueño del equipo (incluso por sobre el DT), que sus convicciones de defender con 3 pueden esperar en una suerte de acuerdo tácito con sus jugadores, que los "casi retirados o de ciclos cumplidos" no lo están tanto y tendrán un nuevo Mundial (como Mascherano), que no le importa demasiado si sus elegidos son titulares o no en sus equipos y cuentan con el rodaje necesario, y que difícilmente será comprensible cualquier explicación que brinde si (como todo indica) un jugador como Paulo Dybala se queda fuera de los 23.

Aun con todos esos condimentos, futbolísticos y de decisiones, existe otro factor que transita en forma paralela a su labor de conductor del seleccionado. Se trata del otro Mundial que afrontará Sampaoli: ganarle a la grieta (política). Con perfecto conocimiento de causa de la triste batalla que convive con la Argentina país, "de los unos y los otros", Sampaoli estuvo lejos de adoptar una posición intermedia desde que reemplazó a Edgardo Bauza en el cargo. Es cierto que no fue un fundamentalista de sus ideales políticos ni detractor del que pensara diferente, pero no se escondió detrás de la marca cuando buscaban receptor de un pase. Así fue como en una conferencia de prensa en Ezeiza, casi a fines de agosto de 2017, le preguntaron por Santiago Maldonado, cuyo paradero por entonces era desconocido desde hacía varias semanas. "Por mi generación y todo lo que viví, molesta que lo de Santiago Maldonado no esté resuelto. Apoyamos desde acá por su aparición", dijo Sampaoli. No hizo referencia alguna después del informe de los 55 peritos que participaron de la autopsia del tatuador fallecido.

Recientemente, el 12 de marzo, Sampaoli se vinculó con la red social Twitter. Su actividad, al 22 de marzo, registra 7 posteos: el de presentación personal, otro en el Camp Nou yendo a ver a Messi, uno con foto incluida con Guardiola en la concentración del Manchester City, un par de entrenamientos con frases como "No voy a esperar que el destino hable por mí", más uno en el estadio donde se jugará el partido de este viernes con Italia. Y uno especial, el único extradeportivo: "Yo te busco para que vos te encuentres", un spot de agradecimiento a Abuelas de Plaza de Mayo por permitirle participar en la campaña. El compromiso con una causa que no todos entienden ni interpretan de la misma manera.

Sampaoli y su entorno ya pudieron medir la temperatura de aprobación/rechazo que tiene en la gente a partir de lo ocurrido en el episodio de Casilda, antes de Navidad, en ocasión del casamiento de su hija; del revuelo que se generó con el video en el que se lo ve discutir con agentes de tránsito, de madrugada, y diciendo "Me hacés caminar dos cuadras, boludo. Cobrás 100 pesos por mes, gil", cuando se le indicó que debía dejar el auto y regresar a pie al hotel. El DT de la selección no escapó a esa tendencia argentina de pedir renuncias, sean justificadas o no. Durante varios días, su nombre estuvo en el ojo de la tormenta, en debates en los cuales se mezcló absolutamente todo: sus ideas políticas, su manera de ver el fútbol, sus caminatas eléctricas al borde del campo de juego. En ese escenario, fue evidente que quedó de un lado de la grieta. Ni siquiera su encuentro posterior con el presidente Mauricio Macri en Olivos sirvió para atenuar las antipatías que ya lleva en el lomo, gane su equipo por cinco goles o pase papelones como el que sufrió con Nigeria en el segundo tiempo de un amistoso.

Cuesta imaginar que en un par de meses existan argentinos que deseen ver a Sampaoli fracasar en Rusia 2018 como consecuencia de su afinidad con el kirchnerismo. Por lo que provoca el fútbol en la Argentina. Por las generaciones que todavía no pudieron salir a las calles a festejar dos títulos mundiales en situaciones políticas muy diferentes entre sí. Por los chicos que ven a Messi campeón con Barcelona y lo lloran cuando una noche de desánimo lanza por TV que "no va a jugar más en la selección". Sin embargo, sabemos que se da esa suerte de "energía negativa". Hay gente que todavía hoy no digiere que Juan Martín del Potro no haya ido a la Casa Rosada a ver a Néstor y Cristina Kirchner después de ganar el US Open 2009 por el conflicto con el campo. ¡Hasta el Papa Francisco quedó envuelto en las disputas! Sampaoli, y es más evidente aún en estas últimas semanas, tiene más convicciones en sus ideas de vida que en las futbolísticas. Lo que no es reprochable. Por eso, a diferencia de los jugadores, jugará dos Mundiales a la vez. Y aunque parezca exagerado, ganarle a la grieta (política) quizá le resulte tanto o más complejo que alzar la copa en el Estadio Olímpico Luzhniki.

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