De cómo la serie de Sandro despertó un carril de mi memoria

Leonardo Ferri
Leonardo Ferri PARA LA NACION
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23 de marzo de 2018  • 12:23

"Seguro que tu viejo nunca te dijo qué es la colimba, ¿no? Un par de soldados que sortean tu número de documento, y si caías. Zácate. Un año adentro sirviendo a la Patria, lejos de la familia, lejos de lo que más querés. Lejos de tus sueños".

La voz en off de un viejo Sandro te habla. Nos habla. Nos pone frente a una realidad que nunca vimos pasar, pero que existió. Nos la contaron mil veces: que la colimba te formaba, que te imponía disciplina, que te hacía hombre. Lo que no nos decían era lo que decía Roberto Sánchez mientras el Vasco -el socio musical que no fue- salía sorteado. Mi viejo, en cambio, se salvó por número bajo.

-Ustedes deberían haber hecho la colimba

-Pero papá, ¡vos no la hiciste!

"Sandro de América", la serie que emite Telefé todas las noches, es un producto genuino, cuidado y de realización impecable que cuenta la historia de quien, según los parámetros familiares incorporados durante toda mi infancia y adolescencia, fue el más grande de todos. En la época, en la que mis padres podrían haber escuchado a los Beatles o a los Rolling Stones, estaban escuchando a Sandro. O a Creedence Clearwater Revival como mucho; pero no más. La serie funciona, también, como un inventario de anécdotas que, aunque ajenas, fueron vividas por todos: estudiar o trabajar, tener problemas en el colegio, que tu papá -que te quiere, pero que no siempre sabe cómo demostrarlo- se rompa el lomo para comprarte esa guitarra que tanto querías.

-Es nuestro primer concierto de rock, viejo

-¿Y se gana plata con eso?

Después de toda una adolescencia desafiando a mis viejos con que Sandro era horrible (al igual que Leonardo Favio, o Palito Ortega o cualquier intérprete de cualquier CD que pusieran), hace pocos días me dispuse a escuchar el "nuevo" disco del Gitano, "Sandro Dúos". Con el tiempo aprendí a querer a la música que me acompañó durante toda la vida. Mientras que hay artistas contemporáneos y que crecieron conmigo, Sandro fue un gusto heredado, uno de esos que aprendí a disfrutar por repetición, porque no había ocasión en la que no sonara. Sandro estuvo en reuniones familiares enormes y en pequeños encuentros, pero también cuando estábamos solos mi viejo y yo, y él me hacía reír con esa imitación ridícula, mientras jugaba a intentar que le tiemble la voz.

"Sandro Dúos" reúne al ídolo de América con diferentes artistas como Cristian Castro, Chayanne, Soledad, Axel, Abel Pintos, Franco de Vita y Alejandra Guzmán, entre otros. Mediante un trabajo de ingeniería de sonido, se tomaron las grabaciones originales de la voz de Sandro y se las combinó con nuevas interpretaciones musicales y nuevas voces. En un claro intento por mantener activo el catálogo del ídolo y de acercarlo a un nuevo público, este disco de dúos funciona bien en ese aspecto y en el de escuchar nuevos matices en su voz; pero mal en todo el resto. Más allá del juicio de valor que cada uno pueda emitir después de escucharlo, queda la sensación de que Sandro no hubiera sacado un disco así, un Frankenstein sonoro que, como la criatura de Mary Shelley, transita perdido y sin demasiado rumbo.

La serie y el disco circulan por carriles opuestos. Mientras que el disco intenta modificar aquello que ya forma parte del propio inconsciente (colectivo), la serie busca representarlo con la mayor fidelidad posible. En cada verso, cada puente y cada estribillo -y en cada escena y en cada una de las actuaciones- se juegan mucho más que un instante artístico: se ponen a prueba los recuerdos y las mil historias ya contadas de todos los que vivieron una época, o los que la heredaron. Porque la memoria nunca se equivoca cuando se trata de una pasión.

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