La compu cumple hoy 25 años

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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23 de marzo de 2018  • 12:30

Cuesta creerlo, si me lo preguntan. No sólo porque, es cierto, el tiempo vuela, sino también (y sobre todo) porque un cuarto de siglo en tecnologías digitales es una eternidad. Pero es así. El 23 de marzo de 1993 -fue martes- LA NACION publicó por primera vez esta columna que hoy es, hasta donde sé, la pieza periodística más longeva sobre nuevas tecnologías en el país, y quizás incluso más allá.

Apareció por primera vez en el suplemento Ciencia y, como se verá enseguida, fue una apuesta osada por parte del diario. Hoy la tecnología cruza transversalmente todos los productos periodísticos. Hasta tenemos periodismo de datos, una de las formas más revolucionarias y formidables de este oficio que nace como resultado de la imprenta de Gutenberg, 400 años atrás. Y, desde luego, está presente en casi todos los aspectos de nuestras vidas desde el primer instante del día hasta el último.

Pero en 1993 había sólo 140.000 celulares en el país. O sea, no había celulares; hoy tenemos 60 millones de líneas móviles. Existía Internet, pero ningún particular podía contratar una conexión con la Red en el país; faltaban dos años para que eso ocurriera en la Argentina, y era una novedad en Estados Unidos, donde Internet se había originado.

No sólo no existían ni Google (1998), ni Facebook (2004, el mismo año en que Google empieza a cotizar en la Bolsa), ni Twitter (2006; cumplió 12 años anteayer), sino que ni siquiera había nacido Yahoo!, que hoy ya casi no existe, habiendo sido absorbida por Verizon, que en 1993, técnicamente, tampoco existía.

No era, en rigor, la primera vez que LA NACION apostaba por darle un espacio en el diario a las nuevas tecnologías, como el trabajo impecable de, entre otros, el pionero Roberto Solans. Pero aun así publicar una columna semanal de computación en 1993 era poco más o menos como tener una sobre cómo conducir naves espaciales.

Es cierto que la PC ya había hecho pie en la Argentina, pero también es cierto que en la mayoría de las oficinas (y es incluye muchas editoriales) todavía se oía el repiquetear de las máquinas de escribir. Sólo de máquinas de escribir. Por supuesto, no teníamos correo electrónico, ni redes sociales, ni Wi-Fi, ni, claro está, esta maravilla de cómputo que llevamos en el bolsillo, con receptor GPS y cámaras de fotos que en 1993 no podíamos siquiera soñar. Diré más. Hace 10 años, en 2008, las cámaras digitales eran aparatosos dispositivos con la mitad de resolución que las de nuestros actuales smartphones. Así que 25 años atrás todavía llevábamos los rollos a revelar y debíamos esperar una semana para ver cómo habían salido las fotos. En ese plazo, hoy, publicamos 700 millones de fotos en Instagram.

Otro mundo

Pero hay algo más por lo que aquella apuesta, que hoy sabemos que fue certera, resultaba tan osada. Casi loca. Esa razón es que el mundo era otro. El mundo era completamente diferente. La revolución estaba a punto de ponerse en marcha, y cambiaría todo lo que hacemos. No existe actividad humana que no haya sido alterada por el cómputo accesible y una red global, ubicua, neutral y abierta. Por eso, La compu nació no sólo el siglo pasado. No sólo nació hace un cuarto de siglo. Nació en otro milenio, como me señaló con agudeza hoy Ricardo Sametband.

Nació en un mundo de TV convencional, películas en VHS, telefonía fija y discos compactos. Era un mundo en el que nadie podía publicar un tweet o subir su propio sitio. No había Spotify, ni apps, ni Netflix, ni MercadoLibre. Era más o menos el mismo mundo de 1960, cuando nací. Era tan diferente del de hoy que aquello que entonces era normal hoy nos suena por completo extravagante.

Dos años después llegaría Internet ( LA NACION también fue pionera en ese espacio, en 1995) y hacia finales del siglo pasado -es decir, 20 años atrás- lo que sonaba a cosa de hackers, de nerds, de tribus herméticas, empezaba a volverse necesario para conseguir empleo o para ser competitivo. Las computadoras e Internet, como había ocurrido en su momento con el libro impreso, no sólo se habían vuelto indispensables, sino que (y esto es lo realmente loco) se habían vuelto algo normal. Un cuarto de siglo después de mi primera columna en este diario, lo anormal es que alguien no lleve una computadora muy poderosa en el bolsillo. Un cuarto de siglo después leemos con más dolor que asombro que un coche robótico atropelló y mató a una persona en Arizona, Estados Unidos. Veinticinco años atrás esa noticia habría sido calificada como ciencia ficción.

Es un hecho, esta revolución -que he ido reflejando durante aproximadamente 1300 semanas y, grosso modo, 10 millones de caracteres- nos condujo a vivir en un mundo de ciencia ficción. Por eso, durante este largo tiempo, hice tanto hincapié en los efectos de las nuevas tecnologías sobre los derechos civiles, la inclusión, las formas de relacionarnos y el empleo, entre muchos otros aspectos que, en general, no parecen tener conexión con la cosa geek. Pero la tienen, hoy lo sabemos, y por lo tanto era (y es) menester reflexionar primero sobre lo humano. Porque sacar conclusiones apresuradas en tiempos tan disruptivos puede ser pasaporte al desastre. A la distopía. No queremos una distopía, y tengo fe en que eso no va a ocurrir. Hemos hecho grandes cosas con herramientas mucho mas toscas que las computadoras e Internet. Confío en el ser humano. Pero no hay que dejar de reflexionar sobre el impacto que semejante disrupción tiene sobre lo que importa, las personas.

Evitaré extenderme mucho más. No voy a negar que me llena de orgullo este aniversario, pero, como he dicho en otras ocasiones, La compu ha sido para mí, sobre todo, una forma de la felicidad. Y, cerrando un círculo que es por sí una metáfora impecable, fueron las computadoras e Internet las que me permitieron estar muy cerca de mis lectores, que son quienes completan (siempre completaron) nuestro trabajo. Con muchos nos hicimos amigos. No pocos me han cruzado en conferencias o eventos para decirme: "Yo estudié Sistemas por leerte a vos en LA NACION". Cuando te dicen algo así, en serio, se te mueve todo. Todo absolutamente.

He respondido alrededor de 25.000 mails de mis lectores en estos años. No podría haberlo hecho con el correo postal, y puede parecer un exceso de celo y responsabilidad. No lo es. Se trata, simplemente, de gratitud. Si La compu está hoy alcanzando este hito que en sus orígenes sonaba por completo inalcanzable, es porque ustedes me confiaron su atención y su tiempo cada semana. Porque comentaron. Porque estuvieron del otro lado. Ese otro lado, que hace 25 años se encontraba tras un vidrio opaco, hoy es perfectamente visible. Estar cerca de mis lectores ha sido también, desde el primer mail que recibí, una forma de la felicidad.

Feliz cumpleaños para todos entonces ;)

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