La casa de papel: una fascinación en la que se mezclan la memoria, ciertos reflejos actuales y alguna dosis de manipulación

La serie española se convirtió en un verdadero fenómeno que que no hace distinción de edades ni de gustos previos
La serie española se convirtió en un verdadero fenómeno que que no hace distinción de edades ni de gustos previos Fuente: Archivo
Marcelo Stiletano
(0)
23 de marzo de 2018  • 20:35

Dentro de esa corriente que reconoce haber adaptado en la Argentina sus hábitos televisivos casi de manera integral al llamado "modelo Netflix" vienen surgiendo pronunciamientos cada vez más ruidosos y entusiastas en favor de La casa de papel . La atracción no hace distinción de edades y tampoco parece condicionada por gustos previos. Adolescentes y adultos fascinados por el consumo de series en clave insomne parecen haber descubierto que hay vida lejos de la doble pinza a la que nos fuimos acostumbrando en materia de intrigas policiales. En este terreno, ahora comprobamos que España puede urdir historias tan atrapantes como las de Hollywood y proporcionarles al mismo tiempo el nervio, el humor cáustico y el gracejo del que carecen las gélidas ficciones nórdicas. Podemos sentirlas bastante más cercanas.

La casa de papel nos devuelve como espectadores un reflejo histórico que la memoria instala tres décadas y media atrás. Entre fines de la década del 70 y comienzos de los 80 España era para nosotros guía, brújula, norte y destino en materia de ficciones. Admirábamos tanto series como Los gozos y las sombras, Teresa de Jesús o Anillos de oro que deseábamos fervientemente que nuestros autores y realizadores pusieran manos a la obra para hacer algo parecido aquí. Admirábamos el despliegue de producción, el cuidado de cada escena, los diálogos llenos de gracia, la riqueza idiomática, las réplicas punzantes y el desparpajo verbal. También nos quedaban grabados los rostros de sus protagonistas. Algunos de ellos llegaron desde la península para quedarse entre nosotros durante un buen tiempo como Eusebio Poncela y Charo López.

Trailer La casa de papel

2:00
Video

Buena parte de estos impulsos reaparece al contacto con La casa de papel, sobre todo entre las generaciones de televidentes más curtidas y maduras. A ellos se suma otro factor, también comprendido por los más jóvenes: el carácter intrépido, desafiante, rebelde y de temperamento casi anárquico que suele aparecer, a veces de manera agazapada, entre algunos de los personajes clave de las ficciones hispanas, sean históricas o actuales. A los argentinos nos suelen caer por lo general muy simpáticos esos personajes que tienden a tomar distancia de los mandatos o que eligen colocarse en los márgenes de la sociedad por decisión propia. Son los que dejan al descubierto, con el descaro de quien se expresa sin eufemismos, el comportamiento poco edificante de ciertas instituciones públicas o de algunos representantes de la ley, escenario que La casa de papel suele exponer desde un rígido maniqueísmo.

Suele haber bastante de impostura en estos personajes, porque muchos creen necesario desde el guión o la puesta en escena que con la insistente repetición de esos rasgos y alguna dosis recargada de exhibicionismo verbal quedarán más a la vista las consecuencias de sus actos. El efecto que consiguen es el contrario, porque la primera muestra de hastío del televidente suele dirigirse a esos personajes que quieren demostrar todo el tiempo cuán sagaces y socarrones pueden llegar a ser.

Sin embargo, a veces ese efecto buscado se logra desde una machacona insistencia. La trama nos induce a tomar partido una vez más en el inexorable enfrentamiento entre buenos y malos desde un sesgo bastante inconducente: el de la victimización. Hay mucha habilidad para presentar como datos objetivos instancias y situaciones que esconden veladamente una sobrada carga de manipulación emocional, disimulada como anhelo de redención. Desde ese punto de apoyo es posible disimular unas cuantas apreciables inconsistencias narrativas y sobreexplicaciones que saltan a la vista desde el relato en off ( no tan exasperante como el de Edha, pero igual de innecesario), la ampulosidad de varias escenas, la afectación en los diálogos (disimulada por réplicas que quieren parecer ingeniosas) y, sobre todo, la sensación de que la historia en un momento se rebobina automáticamente para empezar de nuevo.

Si La casa de papel logra dejar en aparente suspenso todos esos condicionamientos es porque también le sobra habilidad visual para mantener viva la intrincada intriga e imaginar que es posible dominar por completo la situación. Nos gusta estar como el Profesor: en todos lados, adelantándonos a cualquier contingencia. Y también experimentar con el cuerpo y los sentidos una tensión que se vive casi en tiempo real, como si estuviéramos ante el mejor alumno europeo de la serie 24.

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.