Un nombre nuevo y dudas que persisten: el álbum de la selección argentina sigue sin completarse

Manu Lanzini, autor del segundo gol, aprovechó su oportunidad; mostró buena sintonía con Lo Celso
Manu Lanzini, autor del segundo gol, aprovechó su oportunidad; mostró buena sintonía con Lo Celso Fuente: LA NACION - Crédito: Fernando Massobrio
Andrés Eliceche
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24 de marzo de 2018  • 09:53

MANCHESTER.- ¿Quién se fue de esta ciudad con el check-in del vuelo a Moscú resuelto? La pregunta dio vueltas en la cabeza de Jorge Sampaoli en la madrugada, después de una de esas pruebas que obligan a dejar pasajeros en el camino. El costado cruel de su profesión lo pone de cara a decisiones fuertes, porque el calendario exige establecer juicios sumarios: la inminencia del Mundial no da margen para más oportunidades, y entonces cada cual trata de sacar la luz de ventaja que le dé el pasaje. ¿Se puede con solo un partido, o tal vez menos? "Es lo que hay", había dicho el técnico. Y lo que hay, tras estos 90 minutos que dibujaron una victoria que cayó del lado argentino cuando el libreto preanunciaba gol italiano, es que en la selección hay un buen margen de diferencia entre los titulares y los suplentes. Evidencias de una noche en Inglaterra.

"¡Messi, Messi, Messi!". El grito pone por fin de acuerdo en algo a todo el estadio -o a la parte ocupada de él, no más del 40 por ciento-: el ausente, sentado en un palco junto a Kun Agüero, excita más que lo que está pasando sobre un césped de photoshop. Van 9 minutos del segundo tiempo, y lo que tienen para mostrar la Argentina e Italia resulta soso, más de compromiso que de Mundial. "!Dale, Sampaoli, hacé algo!", reprocha desde la tribuna una voz bien argentina: el desencanto de pagar 80 pounds y no verlo al capitán es grande. Van 35 de la misma etapa: ya Banega entregó la mejor doble gambeta posible y marcó su gol y Lanzini cerró con un derechazo un contraataque bien conducido por Higuaín. Pero el 2-0 vuelve a levantar al público: "¡Messi, Messi, Messi!", repiten. ¿Y Messi? Ríe otra vez, sin sacarse las manos de los bolsillos.

Paradojas: aunque para algunos -los que están a prueba- el partido era una bisagra, para otros -los que ya tienen su boleto a Rusia- se trataba de una de esas noches en las que no hay que exagerar. Ni para lo bueno ni para lo malo. El transcurrir del juego ofrece la enésima ratificación de que Otamendi es top, que Lanzini se anima a gambetear y eso le abre una puerta, que Lo Celso tiene pase, que al regreso de Higuaín le sobraron ganas y concentración y le faltaron precisión y gol, que Biglia es imprescindible, que Paredes no pasa la línea de la tibieza, que Tagliafico puede andar. Y que Willy Caballero ya puede dejar el pasaporte en la oficina de la AFA: figura del partido en su debut, atajó como para ganarse el lugar que quedaba vacante en el puesto.

Sampaoli quiere que el equipo cuide la pelota hasta el límite de lo posible, y entonces pueden darse situaciones raras: en el primer tiempo, durante un minuto, Caballero, Otamendi y Fazio se fueron pasando el balón dentro del área, ante la marca de tres italianos, hasta que el defensor de Roma logró filtrar el pase que rompió esa presión. El ejemplo pinta una obsesión del entrenador: la posesión es un mandato. Pero ese tramo del juego, la parte más descolorida de una noche con clima de entrenamiento, mostró también la otra moneda de ese cuidado extremo: la selección a veces mueve la pelota con pases seguros que no rompen ni buscan el desequilibrio. Si no hay aceleración, no hay fuego.

La Argentina tuvo muchos frentes abiertos en el Etihad de Manchester. Dos debutantes -el arquero y Bustos- más otros tres futbolistas no habituales -Tagliafico, Paredes y Lanzini- dibujaron una formación nueva. Había que ver cómo respondían esas individualidades que buscaban ganarse la estadía en Rusia. Y había que ver también si lograban darle sentido a "la idea", un concepto sobre el que machaca el DT más allá de los intérpretes. La primera conclusión es que la línea de cuatro defensores permite que dos de ellos, los laterales, estiren la línea y se ofrezcan como socios de los volantes. Otra lectura es que el tándem Lanzini-Lo Celso puede ser una variante: se nota que tienen sintonía en ataque -"piel", diría el DT-, que pueden aportar el cambio de ritmo necesario. Pero esa insinuación necesita de más presencia, algo que la falta del capitán ayer exigía. Pero allí hay un hilo para seguir tirando. También que Paredes debe dar un paso al frente, arriesgar más, para poder colarse en la lista. ¿O ya se habrá quedado afuera? Que Banega, el de la eterna insinuación, tiene condiciones de sobra para ser ese mediocentro con el que Sampaoli amagó instalar el estilo del equipo. Sus pinceladas volvieron a exhibir esa calidad que tiene, a veces disimulada por sus lagunas.

La noche se cerró recién cuando Willy Caballero dejó la cancha, el último de la fila. El arquero, tanto tiempo local en este estadio, llevaba una sonrisa grande. Sus cuatro atajadas en el peor momento de la selección, el arranque del segundo tiempo, fueron una buena noticia para él y también para el DT. Porque de esas pequeñas conclusiones se alimenta esta gira, la última antes de la gran función. Verdades mínimas que valen más que un resultado de ocasión. Aunque ayuden.

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