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Edha, el síntoma de una continuidad

Marcelo Stiletano
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25 de marzo de 2018  

De tomarse al pie de la letra el veredicto que se fue extendiendo por las redes sociales y las pantallas de TV, Edha debe ser la peor ficción televisiva realizada en la Argentina durante toda su historia. Los calificativos y juicios de valor más duros y más crueles que puedan concebirse se vierten allí contra la serie dirigida por Daniel Burman, en medio de un debate mediático que se coló entre los asuntos frívolos y mundanos de numerosos espacios dedicados al quehacer de la farándula. Un ámbito en el que casi nunca hay espacio para la genuina crítica televisiva.

Los argumentos más fundados y las evaluaciones más rigurosas dejaron a la vista que Edha es, en el mejor de los casos, un proyecto fallido. En la crítica de la serie publicada en estas páginas el pasado viernes 16, Paula Vázquez Prieto señaló que incluye algunas de las constantes de la obra de Burman "perdidas en una narrativa dispersa que parece querer contenerlo todo y termina perdiendo mucho". Edha está lejos de funcionar como un producto redondo. Sus costuras quedan demasiado a la vista.

Sin embargo, el reconocimiento de estas deficiencias no debería llegar al extremo de rasgarnos tanto las vestiduras. En términos de concepto, de formato y de identidad, Edha no está muy lejos de la gran mayoría de las ficciones de su tipo realizada para la televisión argentina, digamos, en la última década y media. Solo el hecho de ser la primera producción de Netflix en la Argentina lleva a la serie de Burman a ser vista (equívocamente, en nuestra opinión) de una manera distinta a las demás. Se ha generalizado la idea de que Netflix incluye en su programación original aquellas producciones que no tienen lugar en otros espacios. Y que las características distintivas del gigante del streaming, entre las cuales sobresale la posibilidad de ver temporadas completas de un tirón y sin publicidad, determinan un patrón de exigencias superior a las de cualquiera de sus competidores. En un escenario de constante mutación como el televisivo, Netflix coloca la vara muy alta, sobre todo si al mismo tiempo se especula sobre el aparente ocaso inexorable de los modelos tradicionales de TV abierta y de cable.

Para muchos, y con razón, Netflix es el hecho más revolucionario experimentado en lo que entendemos por televisión desde hace mucho tiempo, y ya casi nadie discute que su éxito marca al mismo tiempo un cambio de paradigma. Pero ese cambio resultó tan veloz que las nuevas generaciones ya empiezan a identificar a Netflix como "la televisión". No un nicho consagrado a la producción de calidad, establecida a partir de criterios de selección cada vez más exigentes. Con su inmensa capacidad económica y de abonados, Netflix puede convertirse más temprano que tarde en una usina de producción equivalente en cantidad a lo que hizo la TV convencional en todo este tiempo.

En este sentido, Ted Sarandos no se equivocaba cuando le dijo a LA NACION en noviembre pasado: "Queremos que Edha sea muy, muy argentina". Ciertamente la ficción creada por Burman tiene marcado casi a fuego el ADN de nuestras ficciones. Una identidad caracterizada por un complejo, muy esforzado y muchas veces notable trabajo de producción, la preferencia por historias corales, una atención puesta mucho más en el diseño de las situaciones que en la construcción y consistencia de los diálogos y la búsqueda casi obsesiva de elementos testimoniales y de denuncia (en este caso la explotación que el mundo de la alta costura hace del trabajo en los talleres clandestinos) que se manifiestan por lo general a través de golpes de efecto.

La subtrama más interesante, planteada en los sórdidos y oscuros escenarios en los que se mueve la otra vez excelente Sofía Gala Castiglione, queda en un claro segundo plano respecto del mucho menos interesante espacio dominado por el personaje de Juana Viale y su problemático entorno. Viale lleva demasiado lejos la distancia emocional que le exige su papel (central y decisivo en la trama), mientras la narración de parte del relato con su voz en off aparece como la decisión menos feliz de toda la producción. Tanto, que cuesta entender que se haya resuelto contar así la historia desde un principio.

¿Habría recibido Edha críticas tan feroces si se hubiera emitido en un canal abierto con el respaldo de una gran campaña publicitaria? Seguramente no. Las series dramáticas de emisión semanal y duración limitada como Edha (mal llamadas unitarios) que se mantienen firmes en la pantalla convencional no son muy distintas a la golpeada producción de Netflix.

El camino parece estar iluminado por otro lado. Por series como El marginal, El jardín de bronce y Un gallo para Esculapio pasaron por la televisión (abierta, cable, streaming, a esta altura casi da lo mismo) envueltas en elogios de la crítica más exigente y el entusiasmo del público, que alienta la realización de nuevas temporadas.

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