Abuelas de acero 21 años después

Cuando el país estaba devastado por la represión, los secuestros, las desapariciones y torturas, doce aguerridas señoras empezaron a protestar frente a la Casa de Gobierno en busca de respuestas por sus hijos y nietos desaparecidos, y fundaron Abuelas de Plaza de Mayo. Es mucho lo que lograron, pero la lucha no cesa
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11 de octubre de 1998  

"Si bien crecí sin padres ni hermano y mi infancia no fue tan traumática, cada día me rebelo más, me pregunto por qué tuve que crecer sin mis viejos, por qué mi hermano está viviendo con represores y por qué no nos damos cuenta de lo que nos pasó a todos, no a algunos".

Mariana Pérez interrumpe la reunión en uno de los austeros ambientes de una casona del Abasto. Complementando el trabajo de las Abuelas de Plaza de Mayo, un grupo de jóvenes se esfuerza por difundir a sus congeneracionales que durante la dictadura hubo 500 chicos desaparecidos.

"Para nosotros, buscarlos es poco menos que imposible. Mi hermano puede estar viviendo a una cuadra de mi casa, estar en China o haber muerto".

Mariana, de 21 años, nieta de Rosa Roisinblit, vicepresidenta de Abuelas, es considerada un cerebro dentro de la entidad. Sus padres, José Manuel Pérez y Patricia Julia Roisinblit, desaparecieron el 6 de octubre de 1978. Ella tenía poco más de un año y su mamá estaba embarazada de ocho meses, de Rodolfo Fernando, el hermano a quien busca en forma denodada.

"Trato de pensar que mi hermano vive con otra familia. Prefiero saber que lo voy a buscar toda la vida y no lo voy a encontrar, antes que enterarme, después de tanto tiempo, de que está muerto".

Corrientes y Agüero. Cuarto piso H de un viejo edificio. Intensa circulación: jóvenes que entran y salen, y muchas más señoras mayores, setentonas, que hacen lo mismo. Amplio espacio, cinco ambientes llenos de papeles, carpetas, legajos, libros ajados de tanto manoseo, todos hacinados; puertas que se abren y se cierran, teléfonos que no dejan de sonar, y un murmullo incesante. El sosiego no es, precisamente, uno de los puntos fuertes de Abuelas de Plaza de Mayo.

A la entrada, entre numerosos pósters y afiches, llaman la atención dos grandes paneles con decenas de fotografías en blanco y negro. De un lado, el más poblado, están los rostros de los secuestrados entre 1976 y 1983; del otro, en menor cantidad, los de jóvenes restituidos, nacidos en cautiverio.

La invisible presencia de los desaparecidos es palpable. Aquellos muchachos y muchachas, desde su ausencia por desaparición forzada, infunden calidez, vigor y la esperanza de las nunca perdidas utopías.

Las actividades aquí son arduas y tediosas. Por momentos, cuesta creer en la dinámica de estas mujeres que trabajan a la par de sus nietos. Acude mucha gente y se recibe una importante cantidad de denuncias de posibles paraderos de los nietos apropiados. También están los que se acercan para buscar una pista o para suministrar un dato.

No faltan, tampoco, las reuniones. "El trabajo es pesado y siempre ignoramos con qué nos vamos a encontrar, pero lo hacemos con mucho amor", dicen las dueñas de casa.

"Surgimos hace 21 años por la necesidad que tuvimos aquellas madres-abuelas, doblemente castigadas, por la desaparición de hijos y nietos. Nos orientamos a la búsqueda y restitución de nuestros nietos desaparecidos y nacidos en cautiverio, hijos de nuestros hijos", repite una y otra vez Estela Barnes de Carlotto, presidenta de Abuelas desde 1989.

"Vengo siendo reelegida cada año porque las alternativas son pocas, nada más", sonríe. En su oficina, junto al escritorio, sobre un rectángulo de cartón, pegado con chinches, asoma la foto de Laura Estela Carlotto, su hija. Al pie de la imagen se lee: Secuestrada y asesinada el 25 de agosto de 1978. Responsable, Guillermo Suárez Mason.

"De estos 21 años -agrega-, destaco el valor de la mujer. Desde este lugar, yo cambié, soy otra persona, nada que ver con aquella señorona de los años 70, bastante conformista y burguesa, que tenía por delante una vida cómoda".

En el escritorio de al lado, Rosa Roisinblit acompaña con acotaciones. "Cuando empezamos a reclamar a los nietos, nos preguntábamos cómo íbamos a saber cuál era el nuestro. Porque la mayoría de los niños nacieron en campos de concentración y sus madres, embarazadas, dieron a luz en condiciones infrahumanas."

Todo a pulmón

Empezaron siendo muy pocas cuando se reunieron por primera vez a reclamar por sus hijos y nietos secuestrados: eran doce y casi ni se conocían. Pero decidieron presentarse frente a la Casa de Gobierno, como las Madres, cansadas de que la Policía y la Justicia no les dieran respuestas. Hoy parece increíble: en 1977, los tiempos más violentos de la dictadura, se pusieron a marchar justito ahí.

Esas doce abuelas fueron las pioneras que organizaron la búsqueda en maternidades, orfanatos, juzgados de Menores. Resolvieron hacer una presentación conjunta ante la Justicia y el 22 de octubre dieron por fundada la entidad.

Desde que se instaló la democracia, Abuelas localizó a 59 niños. De ellos, hoy 33 viven con su verdadera familia, 17 con su familia adoptiva, de buena fe; 8 fueron asesinados y hay un caso que está pendiente de resolución. Además, la entidad promovió la identificación de personas por medios genéticos, impulsó por ley nacional la creación del Banco Nacional de Datos Genéticos y continúa luchando por localizar y recuperar a más de 400 jóvenes.

Desde su aparición, desfilaron 230 abuelas que se unieron a esta cruzada. "Claro, no todas vienen; hay veinte que estamos siempre y trece de ellas integramos la Comisión Directiva", explica Carlotto. También conforman Abuelas abogados, investigadores, genetistas, psicólogos y un grupo de hijos de desaparecidos, que busca a sus hermanos.

"Muchos de los que trabajan aquí cobran sueldos, escasos pero fijos, ya que dedican gran parte del día a la entidad y de algo tienen que vivir", acota Roisinblit.

Abuelas tiene un promedio de gastos de 25.000 pesos mensuales. Ese monto se financia con dinero que proviene de organismos filantrópicos del extranjero (Naciones Unidas, Amnesty International, Consejo Mundial de Iglesias, Unión Europea, Fundación Ford), debido a que la ayuda local es insignificante. "Hay instituciones -masculla la presidenta- que dejaron de ayudarnos porque piensan que después de quince años de gobierno constitucional, el Estado es el que debe salir a buscar a nuestros chicos. La única verdad es que si nosotras desistimos, se termina todo."

Al principio estuvieron fusionadas; con el tiempo, las formas, las filosofías y las características separaron a las Abuelas de las Madres de Plaza de Mayo.

"Las respetamos como organismo -se anima Roisinblit-, pero las diferencias son muy grandes." Estela de Carlotto va más allá. "Mi relación con Hebe de Bonafini es mala. Respeto su dolor y su lucha, que tenemos en común, pero Abuelas recibe de manera constante sus insultos y ofensas, dentro y fuera del país. La señora de Bonafini no quiere la ley de reparación, que se hagan monumentos a los desaparecidos ni que se busque a los nietos. Su oposición es agraviante. Ella está sola y los ocho organismos de derechos humanos históricos estamos juntos. Dice que una madre que reciba un subsidio en realidad está prostituyendo y vendiendo la sangre y los huesos de su hijo. Es un despropósito, una infamia".

Todo por la causa

En una habitación contigua, la abuela Raquel recorta unos diarios que publican declaraciones de Massera. Raquel es introvertida y reservada. Prefiere eludir toda consulta periodística. En el escritorio de enfrente, Alba Lanzilotto prepara documentos para llevar a un abogado. La abuela Alba es riojana, profesora de literatura, jubilada, y tiene dos hermanas mellizas desaparecidas.

"Ana María, una de ellas, desapareció el 19 de julio de 1976 en el mismo operativo en que secuestraron a Santucho -recuerda-; Cristina, en noviembre de ese año." Alba estuvo detenida quince días, entre el 24 de marzo y el 9 de abril de 1976. Después, partió al exilio rumbo a España, porque se enteró de que sería detenida nuevamente. "Estaba casada con un poeta considerado hombre peligroso, porque pensaba", ironiza.

Mientras revisa unos papeles, deja en claro que tiene pilas para rato. "Tengo 70 años y hace más de 20 que lucho. No siento el esfuerzo porque a nosotras no nos mueve el odio ni la necesidad de venganza, dos cosas que desgastan. Nos empuja el amor por los seres que perdimos, por los chicos que buscamos. Saber de dónde viene uno es una necesidad humana, ignorarlo es como flotar en el aire, no tener raíces".

Respecto de sentirse dependiente de una Justicia lenta y perezosa, Alba dice que desconfía, "pero no tenemos otra que recurrir a ella, rogando a todos los santos que nos toque un juez que haga las cosas como corresponde. Nada más".

En el mismo cuarto, la abuela Amelia Miranda escucha. Amelia se encarga de mantener el orden y la limpieza de la casa. Es de las primeras en llegar. A las nueve, después de dos horas de viaje -vive en Ranelagh-, abre la puerta e intenta estar bien ocupada.

"Venir a Abuelas no es una terapia, sí una necesidad. Es lo único que tengo, es mi esperanza para que algún día vuelva a ver a mi nietita." El 3 de septiembre de 1976 su hija Amelia Bárbara murió junto a dos de sus tres nietos. A Matilde, la tercera en cuestión, se la llevaron. "Me hicieron creer que también estaba muerta. La Justicia la tenía identificada como cadáver NN. En realidad, la entregaron a otra familia".

Amelia está hace quince años en la entidad. "Sigo fuerte espiritualmente, aunque la edad -75 años- sumada a la espera, a una la aflige. Amo a mi nieta y eso me estimula para hacer un es fuerzo más cuando siento que me caigo." Lo de Amelia es un canto a la fortaleza de espíritu: además de todo lo ocurrido, quedó viuda hace tres años y se le murió otro hijo en un accidente.

Viejas locas

"Lo vivido -opina Alba- fue muy duro, pero la lucha nos fortalece. En estos últimos años, los logros nos estimulan a seguir trabajando y venir aquí cada mañana. Y pensar que los responsables de la dictadura pensaban que nosotras nos íbamos a cansar, que duraríamos quince días, que éramos unas viejas locas. No tienen idea de con quiénes se metieron".

En el bien conservado búnker donde las Abuelas se congregan, un detalle no pasa inadvertido: los mensajes que empapelan las paredes son por demás significativos. Desde No nos olvidemos de Cabezas, pasando por Somos todos docentes, hasta ¡Cuidado! Asesinos y torturadores libres gracias a las leyes de obediencia debida, punto final e indultos. Pueden ser sus vecinos. En cada uno de los extremos de esa lámina, se exhiben fotos de Julio Simón, conocido como el Turco Julián, y de Juan del Cerro, alias Colores.

Es común que a la sede lleguen jóvenes en busca de su identidad. "Muchos chicos adoptados -que sospechan ser hijos de desaparecidos- se acercan hasta aquí para que los ayudemos a armar su historia. Para ellos resultaría un alivio saber que no fueron abandonados por sus padres, sino víctimas de algo terrible. En general, estos chicos no quieren hacer denuncia jurídica por temor o por amor a quienes los criaron", asevera la abuela Alba.

El primer reencuentro

Generosidad y altruismo son otros aspectos que caracterizan a la entidad. "Acá -comenta Amelia- se produce una gran fiesta cuando se localiza un muchacho o una chica. Lo celebramos con champagne, es como si fuera el nieto de cada una de nosotras. Es más, hay abuelas que recuperaron a sus nietos y siguen viniendo para ayudarnos a encontrar al resto. Y con la ayuda de la sociedad, podemos asegurar a las futuras generaciones el nunca más".

Una de las tantas personas que entra en la sede es una mujer retacona, de tez oscura, con un rostro signado por la tristeza.

Elsa Pavón de Logares forma parte de la antigua camada de abuelas. Con 62 años, es la más joven y la primera que recuperó a su nieta: el 13 de diciembre de 1984, un año exacto después de haber colocado su denuncia, Paula Eva Logares (22) volvió con su familia biológica después de vivir seis años con sus apropiadores.

La abuela Elsa va cada tanto a la institución, a saludar a sus amigas. "Soy psicóloga social y necesito trabajar. Además, le estoy dedicando tiempo, con un grupo de gente, a un trabajo que consiste en recopilar la memoria de todo lo que ocurrió durante la dictadura." Recuerda que el día del encuentro con Paula fue dramático. "Cuando el juez ordenó que ella viniera conmigo, mi nieta me dijo de todo, repetía como un loro lo que sus apropiadores le habían metido en la cabeza. Me limité a decirle que yo era la mamá de su mamá, que no tenía nada que ver con las personas que decían ser sus padres y que la había buscado siempre".

Paula, que trabaja y estudia cine, no concurre a Abuelas ni concede notas desde hace dos años. Prefirió abrir un paréntesis para reacomodar su vida.

El 18 de mayo de 1978 fue secuestrada y encapuchada junto a sus padres, en Montevideo. "Salvo una vez -afirma Elsa-, Paula nunca más tuvo contacto con sus apropiadores. Nosotros nos negamos porque creaba confusión e interfería en la reinserción familiar. Además, ella no quería verlos." Desde hace veinte años, Elsa arrastra una angustia que no se preocupa de esconder.

"Perder una hija es lo peor que le puede pasar a una madre. La palabra desaparecido no tiene explicación, lo único que sé es que mi hija Mónica está siempre presente. Me cuesta creer que no esté, menos puedo entender cómo los autores de este genocidio caminan tranquilos por la calle." Elsa sueña con que los nietos aún no hallados sientan en algún momento la inquietud de saber su origen y salgan a investigar. "Hay gente que los está esperando para ofrecerles su verdadera historia".

Apurado por salir a trabajar, Juan Pablo Moyano (22) tiene un manojo de volantes para distribuir. Es hijo de Edgardo Patricio Moyano y Elsa Altamirano, desaparecidos en 1977, acusados de guerrilleros. Juan Pablo trabaja como cadete en una empresa, está cursando tercer año a la noche y por primera vez se siente enamorado.

"Mi novia me hace sentir bien, la quiero mucho, no es fácil estar conmigo". Pregunta con ingenuidad si el cronista quiere escuchar su historia, y arranca: "Primero se llevaron a mi viejo y cuando secuestraron a mi mamá, a mí me dejaron abandonado por la zona de Vicente López, en una casa cualquiera. No sé cómo fui a parar allí, sí sé que estuve poco tiempo con una señora que no podía mantenerme. Después viví con otra familia durante seis años, hasta que la gente de Abuelas empezó a moverse para recuperarme. Fui el segundo de los chicos recuperados, luego de Paula Logares".

Si bien hoy vive solo, durante muchos años Juan Pablo permaneció con una tía a la que llama mamá. "Yo la trato como a mi vieja, se portó así. No tuve otra mamá, lo poco que me acuerdo de ella, medio borroso, es haber compartido una pieza, en un centro de detención, llena de fierros." Juan Pablo es el obrero de Abuelas -"no el teórico", aclara-. Es el que reparte volantes, pinta o da una mano cuando se lo necesita.

"Las Abuelas dejan el alma, más no pueden hacer. Es complicado sentarse a hablar con un pibe de veinte años y decirle: Vos no sos hijo de quien pensás que sos. Las sacan a patadas, pero ellas insisten e insisten. Estas viejas son increíbles, se la bancan más que todos los pibes juntos".

Al final de un largo pasillo, pegado a la cocina, Yamila Grandi habla con Mariana Pérez. Yamila (24) es más teórica que obrera. Estudiante de Letras, la mayor de las nietas, es hija del escritor y poeta Claudio Nicolás Grandi y de María Cristina Cournou, secuestrados en 1976. Su mamá estaba embarazada de cuatro meses, pero desconoce si tiene un hermano o hermana.

"A los 16 años sentí la imperiosa necesidad de acercarme a Abuelas. Después de un tiempo, me di cuenta de que permanecer aquí mucho me fatigaba, me producía rechazo estar hablando siempre de lo mismo. Entonces opté por venir part-time. ".

La historia de Yamila tiene similitud con la de Mariana. Ellas mantienen una buena relación que se forjó a partir del libro Algún día... , de poemas y prosa, que publicaron juntas en 1990. Claro que las personalidades de ambas son bien diferentes. Mientras Mariana dedica casi todo el día a Abuelas, Yamila prefiere estar algo al margen.

Mariana dice: "Cuando encuentre a mi hermano voy a sentir una gran felicidad, pero la historia no terminará ahí. Me siento comprometida con todo esto y me pesa, porque a los 21 años ya definí lo que voy a ser el resto de mi vida. Por supuesto que me da tranquilidad dejar una marca en la historia. Todos fantaseamos con no pasar de largo por la vida".

De su hermano no hay ninguna pista y cree que podría encontrarlo si él tomara la iniciativa y se acercara a Abuelas. En cambio, "si se resuelve dentro del marco judicial -dice-, lo va a agarrar la jueza Servini de Cubría, que es donde está radicada la causa, y le va a decir: Mirá, querido, toda tu vida te mintieron. En el despacho de al lado están tus abuelas y tu hermana verdaderas. Eso va a ser un drama".

Mariana tiene la plena seguridad de que ninguno de los nietos apropiados ignora, en alguna parte de su ser, que fueron robados de sus padres de sangre. "La incubadora es traumática, las torturas durante la gestación, el parto en cautiverio y la separación de la madre a las pocas horas de haber nacido producen un agujero insalvable. Queda escrito en algún lugar del alma."

Hombres, abstenerse

Rara vez hay más de veinte personas juntas en la vieja casa del Abasto y la proporción es diez mujeres por cada varón. Rosa Roisinblit explica: "Nosotras, durante el régimen militar, corríamos menos riesgos de ser secuestradas. Entonces sugerimos que los hombres no se dieran a conocer. Nuestros maridos tenían que seguir trabajando; ahora, ellos están en la casa o salen a ganar el sustento para que las abuelas puedan seguir viniendo. Nos sentimos muy apoyadas por los abuelos, de eso no hay ninguna duda".

Muy cerca, Estela de Carlotto asentía y metía bocadillos. "Mi marido, Guido, fue secuestrado y torturado por buscar a mi hija Laura. No aflojó ni un minuto. Dentro de Abuelas, el rol del hombre no fue secundario, pero tuvieron menos protagonismo porque los militares a las mujeres nos subestimaban y, por eso, no nos iban a hacer nada."

Palier de por medio, apartado de la vorágine diaria, Abel Madariaga escribe en su computadora. Es el secretario y está ligado con la entidad desde 1984. A partir de 1995, se unió en forma permanente. Su actividad cotidiana en Abuelas es revisar y contestar la correspondencia que llega de cualquier rincón del mundo.

Silvia Quintela, su mujer, desapareció el 17 de enero de 1977. En aquel momento, estaba embarazada de tres meses y a fines de julio fue llevada al Hospital Militar. "A través de un liberado amigo de Silvia -cuenta Abel-, me enteré de que había tenido un varón. Una semana después, ella fue trasladada y perdí el rastro de todo".

Abel cree que su hijo es Pablo Bianco, apropiado por el médico militar Norberto Bianco. "Tengo pruebas para sostener esto: su mujer nunca estuvo embarazada y de golpe apareció con una nena y un nene. Bianco se desempeñaba en Campo de Mayo y era el encargado de la distribución de los chicos. ¡Qué coincidencia!"

Algo de alivio le brinda la posibilidad de que Pablo, su presunto hijo, tenga instalada la duda de su procedencia. "Ahora está estudiando en Paraguay; hay que darle tiempo. La víctima principal de todo esto es él, y quien no lo reconozca es una bestia".

Pero no todas son pálidas. Existe un proyecto en la Cámara de Diputados para promulgar una ley denominada reparación histórica Abuelas de Plaza de Mayo. "Si sale, con ese dinero podríamos cumplir con algo que tenemos pendiente desde hace mucho: la confección de un archivo biográfico de los hijos de las Abuelas".

Dialogando con el coraje

Abuelas de Plaza de Mayo es reconocida, elogiada y admirada en el mundo.

"Hace poco -sostiene Rosa Roisinblit- fuimos invitadas a Turquía, por un grupo llamado Las Mujeres de los Sábados, una marcha semejante a la que hacen las Madres de Plaza de Mayo. Allá sufren desapariciones desde hace 18 años y no se atrevían a hacer nada porque el miedo las invadía. Finalmente, empezaron a marchar los sábados y nos invitaron a dar charlas".

-Rosa, ¿cómo se imagina a la entidad dentro de veinte años?

-Va a ser atendida por la gente joven que está trabajando con nosotras ahora: las tías, hermanos y primos de los que estamos buscando. Porque dentro de veinte años, ninguna de nosotras va a existir, pero el Banco Nacional de Datos Genéticos va a permanecer para aquellos que tengan la duda de ser hijos de desaparecidos.

La vigencia de las Abuelas de Plaza de Mayo continúa, sin pausa. Las consignas, que desde el día que decidieron unirse las impulsan a la acción, se mantienen inquebrantables.

Por supuesto, sin saberlo a ciencia cierta, pero en el reino de las intuiciones, muchos de sus nietos las esperan. Como las espera ese niño triste que desde un afiche las alienta día tras día: Mi abuela me está buscando. Ayúdela a encontrarme.

Mujeres serenas

Lo recuerdo perfectamente. Era un grupo de mujeres de mediana edad. Vestidas con la típica discreción de la clase media argentina y, por supuesto, con la angustia pintada en el rostro. Una de ellas traía una fotografía.

Niña en reposo; La siesta en el jardín; Pequeña en su sillita. Así hubiera titulado seguramente un pintor impresionista estas imágenes. Nada más dulce que los árboles en flor y, a su sombra, uno de esos chicos lisos y suaves con piel de jazmín.

La señora no dijo ni-qué rica-tan linda-ésta es mi nieta, sino solamente se la han llevado y no sabemos dónde está .

Usted también hubiera sentido que se le aflojaban las rodillas porque efectivamente a esa mujer (la señora de Mariani) le habían robado su nieta. Sin lágrimas hizo un relato sucinto. Sí, había sido durante un operativo en la provincia de Buenos Aires. Sí, al mando del general Camps. Sí, hacía de ello más de un año. La chiquita (Anahí Mariani) debía tener ya casi tres años. Y alguien la había instalado en otra cuna, otra casa y otra familia a la que la Providencia no la había destinado.

Aquel fue mi primer contacto con las Abuelas, que luego se llamaron de Plaza de Mayo, pero que podrían serlo de todos los niños solitarios del mundo. Nunca, a lo largo de estos años, escuché de ellas una palabra de odio ni de violencia, aun cuando, frente a circunstancias difíciles, no titubearon en formular una valiente autocrítica.

Ante la desaparición de sus nietos perdieron, es cierto, algo así como la luz de la mirada, pero en veinte años no han bajado los brazos y han logrado reencontrar a 59 de esos niños por medio de la paciencia y de los infinitos recursos que descubren el amor y la desesperación. Eran, y siguen siendo, señoras de su casa para las que la docencia o las labores manuales o el cuidado de la familia significaban una forma excluyente de existir. Fueron catapultadas, en cambio, a un campo de batalla que resulta difícil imaginar. Porque se pueden pelear la enfermedad o la pobreza, pero, ¿cómo pelear frente a la ausencia? ¿Contra ese silencio de la no respuesta, del no saber, de buscar en un perfil el parecido vital que pudiera restablecer una identidad?

No es nuevo decir que quienes han perdido un hijo suelen creer verlo de vez en cuando. Entre la gente, a la salida de un cine, eligiendo libros en la calle Corrientes o pesando fruta en un supermercado. Pero, claro, también esos deudos tienen siempre a mano la foto. De aquel verano o del último cumpleaños.

Salvo contadas excepciones, las Abuelas no tienen ninguna foto de ésas porque no conocieron a esos chicos nacidos en cautiverio. Ni foto, ni lugar, ni el color del pelo o el timbre de la voz. Las Abuelas tienen muy poco y una cosa enorme que es su serenidad. Saben que para no enfermarse tuvieron que optar por la acción y la investigación. Que el mundo entero las conoce y que, en algún lado, esa sangre de su sangre quizá también se está cuestionando un origen incierto. Hay muchos jóvenes, que hoy tienen veinte años, atenaceados por esa duda atroz. ¿Cuán espeso y rígido es el cristal que los separa de su familia biológica?

Las Abuelas tienen infinitas dosis de paciencia. Y, como todas las abuelas del mundo, saben comprender. Los tiempos de vigilia, las lealtades desgarradoras, el inmenso naufragio de la memoria perdida.

Como la lumbre encendida de los cuentos de la infancia, siempre están allí. Aun en la oscuridad del bosque, ellas esperan .

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