Rasgos comunes de argentinidad

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25 de marzo de 2018  

Nada más difícil que buscar denominadores comunes en la personalidad de un conjunto extenso y diverso de individuos que comparten un territorio. Sin embargo, algunos rasgos se insinúan entre los argentinos con mayor claridad, tal como señaló un estudio de autopercepción realizado por la Universidad Siglo XXI.

"Argentinidad, identidad, valores y estilos de pensamiento de los argentinos", presentado con motivo del Bicentenario nacional, fue el nombre de una investigación en un universo de 1050 casos, entre 16 y 65 años, realizado en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Comodoro Rivadavia, Córdoba, Corrientes, Mendoza y Tucumán.

Los resultados distinguieron cuatro aspectos destacados, que no presentan mayores diferencias por género y que confirman muchos de los registros propios que popularmente tenemos. El narcisismo, esa tendencia a creernos los mejores, superiores y especiales, como si el mundo girara en torno de nosotros, confirmándonos en nuestros sentimientos ególatras, cargados de amor propio. Tanto es así que cuatro de cada 10 se consideran incluso personas "interesantes y apasionantes". Un rasgo claramente acentuado entre los porteños, como con acierto nos señalan nuestros compatriotas del interior.

Asociado, el estudio plantea también que un 32% reconoce su marcado histrionismo, una emoción exacerbada, por momentos, que busca llamar la atención y generar aprobación. Un 38% reconoce cierta obsesividad y preocupación por el orden y el perfeccionismo, que nos vuelve cautelosos y cuidadosos, y un 61% refiere que no tolera la falta de respeto o el trato inadecuado.

A la hora de evaluar nuestro funcionamiento colectivo, el estudio aporta un dato por demás preocupante: el 65% de los encuestados afirma que no es seguro confiar en otros. Esto nos revela un flanco tan triste como alarmante de cara a la construcción del futuro común. Nuestro marcado individualismo, esa capacidad para destacarnos en los más diversos ámbitos y disciplinas, ha planteado siempre la notoria dificultad que encontramos a la hora de construir equipos y de aunar voluntades en dirección a un objetivo común.

La brecha que plantea tanta independencia parece agigantarse cuando nos aferramos obsesivamente a lo propio, no sin cierto narcisismo a veces histriónico y nos volvemos incapaces de reconocer el valor de la diferencia.

Por otro lado, la obsesión por el éxito en solitario que tantos cultivamos dificulta la construcción de puentes que permitan potenciar nuestras individualidades con un sentido colectivo.

Aunque siempre las tragedias convocan nuestra activa respuesta solidaria, en lo cotidiano preferimos rumiar monólogos y construir muros a intentar enriquecernos con el diálogo. Las auténticas fortalezas suelen estar en nuestras diferencias y no en nuestras similitudes.

No hay tipologías únicas, pero sí hay cualidades de base sobre las cuales se asienta con mayor o menor facilidad una tendencia.

Tanto a nivel individual como colectivo, tenemos mucho por hacer y por madurar. No es casual que enfrentemos los problemas que enfrentamos. Mientras sigamos haciendo lo mismo, no habrá cambio de fondo posible. Solos podremos ir más rápido pero, si aprendemos a confiar, juntos llegaremos más lejos.

El querido padre Rafael Braun sabiamente solía recordarnos que la vanguardia marca el rumbo y la retaguardia el ritmo; lo importante es siempre que, como sociedad, lleguemos todos, sin exclusiones.

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