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Javier Mascherano escribe con tinta china su última cruzada: ser el 5 de la selección en el Mundial

Javier Mascherano y Lionel Messi, en los recientes entrenamientos en Manchester antes del partido con Italia
Javier Mascherano y Lionel Messi, en los recientes entrenamientos en Manchester antes del partido con Italia Crédito: Fernando Massobrio
Andrés Eliceche
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25 de marzo de 2018  

MADRID.- Está de buen humor. Corre por la cancha 11 de la Ciudad Real Madrid, un lugar en el que ya no se siente visitante, como le hubiera pasado hasta hace dos meses. Los que andan a la par suyo a esta hora de la tarde en el predio enclavado en el verdísimo Parque de Valdebebas son los que, cómo él, el día anterior vieron el 2-0 a Italia en Manchester desde el banco: conforman el grupo de suplentes. Es que la vida de Javier Mascherano dio un giro profundo, uno más, en poco tiempo. Aunque él no piensa en eso, hace: pide la pelota y la pasa rápido, entre sparrings que no se achican, desde el eje de la cancha. Donde se colocará el martes como titular, cuando juegue contra España, un año después de haber sido por última vez el 5 de la selección. El hombre que eligió la soledad de China antes que terminar su carrera en Barcelona sabe adónde va: a la vuelta de la esquina lo espera su cuarto Mundial.

Mascherano está segundo en el ranking de presencias en la historia de la selección, que lidera Javier Zanetti con 145 partidos: él tiene 136

"Está impecable", transmite un integrante del cuerpo técnico de Sampaoli. Se refiere a ese jugador al que en la gira anterior vieron lento, fuera del ritmo que exige la altísima competencia. Aquella imagen del capitán superado por los nigerianos en noviembre en Krasnodar (escenario de una sorpresiva caída por 4-2) les dejó una impresión negativa. Autocrítico, el entrenador asumió que no era solo una cuestión de nombres propios, sino de la manera de defender, puntapié del cambio de sistema. Pero Mascherano también olió que algo no estaba bien. Que jugar tan de vez en cuando en su club era un precio caro para sus 33 años, y fue a fondo con una decisión: debía dejar Barcelona, la casa en la que levantó 14 títulos y jugó 333 partidos. Solo así, creyó, podía reinventarse y alcanzar un nivel que le permitiera competir por la titularidad en Rusia. ¿Lo buscaría en Juventus, que lo había llamado un tiempo atrás? ¿En un equipo más chico de España, para mantenerse en esa liga que transitó durante 7 años y medio? Ya no. El poderío económico de la novel Superliga china terminó de darle forma al viaje, después de que sus excompañeros le hicieran un pasillo de despedida en el Camp Nou. "Estoy feliz, y al final el fútbol es fútbol en cualquier lado. Depende de la seriedad con el que uno lo tome", argumenta él ahora, otra vez con ropa de selección, sobre su viraje asiático.

"¿Si merecemos salir campeones? Cruyff también lo merecía y no lo fue, así que no hay que hablar de eso" (Mascherano)

Tan grande es la obsesión del Jefe por estar a la altura que las valijas que armó la familia en Cataluña partieron con destinos diferentes. Las suyas irían a China, pero las de Fernanda -su mujer-, Lola (11), Alma (8) y Bruno (11 meses) -los hijos- terminarían en San Lorenzo, la ciudad santafecina donde empezaron. Este "perro verde dentro del sistema del fútbol", como se define, creyó que la mejor manera de prepararse para el último gran objetivo profesional de su carrera era la soledad. Tres meses de dedicación absoluta, los que pasarán entre su desembarco en el Hebei Fortune que conduce su estimado Manuel Pellegrini y el comienzo del Mundial, apostó, deberían ponerlo otra vez en la rueda de los que pelean la titularidad. Está solo, como cuando se fue de la casa de sus padres a la pensión de Renato Cesarini, aunque mil vivencias después. Solo, como cuando tenía 15 años y en sus primeras vacaciones con amigos salía a correr por La Falda a las 7 de la mañana, justo cuando los otros volvían de bailar. En China, admite, se siente mejor que lo que él incluso se imaginaba cuando Quinhuangdao -la ciudad de 300 mil habitantes, sede del equipo- era una lejana referencia en el mapamundi de su vida.

La liga china, el nuevo hogar de Javier Mascherano
La liga china, el nuevo hogar de Javier Mascherano

Mascherano no ve en su actitud ningún mérito que merezca ser resaltado. "Soy fútbol, vivo por y para esto", simplifica. Y que lo hace para no dejarle el hueco a algún reproche propio cuando pase todo, más allá del resultado que su decisión arroje. En su nuevo club, donde convive con su amigo Ezequiel Lavezzi, recuperó la posición de volante central. Ese detalle también ambientó la mudanza: en Barcelona no iba a tener la posibilidad de volver a ese lugar de la cancha, donde empezó su carrera y se mantuvo hasta que a Guardiola se le ocurrió moverlo. El consenso con Pellegrini lo volvió a poner allí, donde le "gusta más". En tres fechas, las que lleva el campeonato chino, sumó los 270 minutos, una asistencia y dos amarillas, siempre como volante central. "Para nosotros es 5", destacan desde el staff de Sampaoli. Un cambio de frente de 180 grados en el cuerpo técnico: al comienzo del ciclo, diez meses atrás, lo contemplaban como defensor, igual que en el Barça.

Mascherano apunta a jugar su cuarto mundial, más allá del "invisible": en Corea-Japón 2002 fue parte del equipo de sparrings que acompañó a la selección

El 23 de marzo de 2017, en el desabrido 1-0 a Chile por las eliminatorias, Mascherano jugaba por última vez en el medio campo argentino. Esa noche del Monumental -la del insulto televisado de Messi a un árbitro asistente- compartió el centro con Lucas Biglia. Hoy corre detrás del rubio: para Sampaoli hay lugar para uno solo de los dos y ése, por ahora, es el volante de Milan. Nada nuevo: contra Uruguay, en el primer partido del ciclo de este entrenador, Mascherano pasó por Montevideo sin sacarse la campera de suplente. Un entrenamiento después volvía a mostrar sus dientes: sentado solo al borde del campo de Ezeiza, con los botines en la mano, miraba la práctica de los titulares. Quería ver qué hacían, cómo se movían, por si le tocaba regresar al equipo. Mandaba un mensaje: nunca se iba a entregar. Y volvió. La misma señal llena el aire madrileño ahora, que termina de elongar, mientras los titulares descansan en el hotel: ¿quién puede firmar que el 16 de junio, en Moscú, el segundo jugador con más partidos en la historia de la selección se sentará en el banco?

Tres meses le quedan a su íntimo desafío. Uno que elige escribir con tinta china.

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