La batalla personal de Vargas Llosa

Jorge Fernández Díaz
(0)
25 de marzo de 2018  

En la espléndida Casa de América de Madrid y frente a un grupo de ávidos reporteros de todo el mundo, Vargas Llosa presentó su testamento ideológico, aludió a Sarmiento y denunció al peronismo. Les recordó a los presentes que la Argentina fue el primer país en erradicar el analfabetismo y que aquel sistema educativo era, a fines del siglo XIX, tan famoso y envidiable como el que hoy rige en Finlandia. Y también que nuestra profunda decadencia se debió, tal vez en partes equivalentes, a los sucesivos regímenes militares y a la pésima performance de las gestiones peronistas. Enemigo de marxismos de distinta generación y populismos de diverso pelaje, el Nobel peruano sostiene desde hace tiempo que tampoco liberalismo con dictadura (fascismo de mercado) ni liberalismo sin república (menemismo) conducen a la prosperidad. Su flamante ensayo La llamada de la tribu contiene múltiples resonancias para nosotros, y es a la vez una autobiografía intelectual y un ajuste de cuentas con los pensadores de izquierda, que en muchos casos han ganado la batalla cultural y colonizado los claustros. Algunas de esas vanguardias, que suelen sacrificar la libertad y asesinar la verdad de los hechos cuando lo consideran necesario, han sido proclives a los cantos de sirena de cualquier despotismo y se han dedicado a socavar las imperfectas democracias occidentales, que tal vez tengan sus días contados en desmedro de autocracias peligrosas e inminentes. Vargas se pliega así al pesimismo de Jean-François Revel y se ensaña con la hipocresía y el oportunismo de ciertos intelectuales de nuestra región: "Porque allí ser 'progresista' es la única manera posible de escalar posiciones en el medio cultural -ya que el establishment académico o artístico es casi siempre de izquierda- o, simplemente, de medrar (ganando premios, obteniendo invitaciones y hasta becas de la Fundación Guggenheim). No es casualidad ni un perverso capricho de la historia que, por lo general, nuestros más feroces intelectuales 'antiimperialistas' latinoamericanos terminen de profesores en universidades norteamericanas".

La larga rebelión del autor de Conversación en La Catedral contra aquel "socialismo real" que lo sedujo en su juventud y el fuerte desencanto que le produjeron figuras antes idolatradas como Sartre son el motivo de su porfiada conversión y el caldo de cultivo de este polémico canon contracultural; eso no le impide rechazar el conservadurismo ni fustigar a los ortodoxos: "También el liberalismo ha generado en su seno una 'enfermedad infantil', el sectarismo, encarnada en ciertos economistas hechizados por el mercado libre como una panacea capaz de resolver todos los problemas sociales". A ellos les recomienda la prosa de Adam Smith, padre de esta filosofía, que toleraba subsidios y controles cuando "el suprimirlos podía acarrear en lo inmediato más males que beneficios", y quien llamaba a enfrentar la realidad "de una manera flexible". Incluso recomienda vigilar esas "pequeñas pandillas de economistas dogmáticos intolerantes". Tal vez quienes defienden el camino mediocre y doloroso que Cambiemos adoptó encuentren particularmente analgésicas las reflexiones de Karl Popper. Vargas las interpreta: "Una ingeniería fragmentaria hecha con pequeños ajustes y reajustes que pueden mejorarse continuamente es pacífica, busca siempre amplios consensos y está expuesta a la crítica que fiscaliza sus acciones y las acelera o demora de acuerdo con lo posible". Y el propio Popper remata: "Una vez que nos damos cuenta de que no podemos traer el cielo a la tierra, sino solo mejorar las cosas un poco, también vemos que solo podemos mejorarlas poco a poco".

En el contexto de un planeta que avanza hacia una nueva colisión de impredecibles consecuencias entre república y nacionalismos, Vargas Llosa defiende el carácter progresista del liberalismo político y la razonabilidad de su escuadra, que no intenta con una única idea dar una solución totalizadora para los conflictos de la humanidad, como sí lo hace Marx con la lucha de clases, o los "emancipadores" con las facilistas teorías del enemigo externo. Pero su texto resulta poco enfático acerca de las lacras financieras y las desigualdades persistentes del capitalismo global, y resulta un tanto ingrato con la socialdemocracia, tal como se lo señala su amigo Juan Luis Cebrián, puesto que la Europa moderna no hubiera avanzado sin el concurso determinante de ese ideario que vela por la justicia social dentro de la economía de mercado. A estos defectos ostensibles se les podría agregar el deslumbramiento que a Vargas Llosa le produjeron, cuando residía en Londres, las reformas de Thatcher (a quien compara con Churchill), si bien es cierto que ellas implicaron un rápido viraje de la penosa recesión al espectacular resurgimiento económico. Las eruditas lecturas de Vargas Llosa se alejan, no obstante, de la idea conservadora para reivindicar el carácter renovador y oxigenante de las sociedades abiertas y de un cierto centrismo, como si dijera "el verdadero progresismo es liberal, la historia ha sido mal contada". Apoyando esta convicción no solo cita los alegatos de Popper, que fustigaba a los politólogos de la época -practicantes de "la tiniebla lingüística" para hacer creer que eran profundos, y sistemáticos inoculadores de desánimo y desprecio frente a la bonanza modernizadora de la democracia republicana-, sino que también hace revisionismo de la obra de Raymond Aron. Que en El opio de los intelectuales avanza un paso y castiga al criptocomunismo: progres, existencialistas y cristianos, frívolos compañeros de viaje de la "religión estalinista". Muchos de ellos, sostiene Aron, "no habían visto un obrero en su vida y vivían en las sociedades libres y afluentes del Occidente, difundiendo el mito del proletariado luchador y revolucionario en países donde la mayoría de los obreros aspiraba a cosas menos trascendentes y más prácticas: tener casa propia, un coche, seguridad social y vacaciones pagadas, es decir, aburguesarse".

En La llamada de la tribu están también los pensamientos de Ortega y Gasset, de Hayek y de Berlin; el autor los utiliza para explicarnos la pulsión humana por regresar a la vieja sociedad tribal, "donde el hombre se halla exonerado de tomar decisiones individuales, de enfrentarse a lo desconocido, de tener que resolver por su cuenta y riesgo". Confort que ilusoriamente puede otorgar el caudillo, el césar que todo lo puede y ordena, y que al final ahoga, oprime y conduce a su pueblo a la involución. Un derrotero según el cual, bajo el paraguas del ideal igualitario, se empiezan a coartar libertades, en una espiral creciente que propende al autoritarismo. Imaginaria y paradójicamente, Vargas pareciera parafrasear entonces a Perón: "No es que nosotros seamos tan buenos, sino que los demás son peores".

Castiga de paso a los empresarios que no dan el ejemplo, defiende el humanismo de los liberales, tolera la planificación estatal en tanto sea custodiada, y aporta razones para pensar que no existe incompatibilidad entre las libertades políticas, los mecanismos del mercado y la elevación del nivel de vida. "Por el contrario, los más altos niveles de vida los han alcanzado los países que tienen democracia política y una economía relativamente libre", cita. Su ensayo es políticamente incorrecto, llega en un momento crucial de la historia, y tiene por propósito dar una nueva batalla en esta larga guerra de ideas que a los argentinos nos toca tan de cerca.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios