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Crónica de la mujer larga

Ella es su propia empresa, y no respeta -necesariamente- las leyes del mercado. Multipremiada, con una carrera de éxitos, aquí y en España, sigue siendo un bicho raro en el mundo del espectáculo local. Porque Cecilia es verdaderamente particular, como artista y como persona
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11 de octubre de 1998  

Está refaccionando la cocina. Por eso junto a los libros con la cara del Che Guevara hay un par de revistas españolas sobre cocinas, y el cuarto donde ella trabaja y guarda papeles, guiones, fotos y críticas está inundado de objetos extraños, como una costa donde una marea enloquecida ha depositado lo que no sirve.

-Hola, te hacía distinta. Por teléfono parecías una mujer mayor. Dice Cecilia Rossetto. Y empieza a buscar un cigarrillo.

-No tendría que fumar. Pero todo no se puede, nena. No tomo, no me drogo, soy una chica decente, qué sé yo.

Todo no se puede, pero no estaría mal adivinar que a ella le hubiera gustado que se pudiera todo. -Yo pensaba que la vida era larguísima. Que duraba 200 años. Claro, a los 14 te parece que tenés un montón de tiempo. Yo seguí con esa sensación y me lo tomé todo con muchísima calma.

Chica del interior, una más de las hijas de una ciudad llamada 9 de Julio. Su padre es jugador de ajedrez, tres veces subcampeón del mundo, varias veces campeón argentino. Papá Rossetto tuvo que ver en el hecho de que Cecilia terminara viviendo en Buenos Aires, a 300 kilómetros del pueblo que la vio dar los primeros berridos. El Gran Maestro Internacional dijo en una nota hace muchos años que le era difícil vivir tan lejos de Buenos Aires, pero que tampoco tenía dinero para mudarse. Entonces Eva Perón le envió un telegrama ofreciéndole mudarse a un departamento en Parque Chacabuco. Cuatro Rossetto (Cecilia, hermano, mamá y papá) cambiaron pampas argentinas por monoblocks en calle Curapaligüe.

-La profesión de mi papá no estaba bien remunerada y nosotros vivíamos a los saltos, pero no nos importaba porque todo el mundo vivía igual. Yo no conocía el mar, pero no importaba porque había mucha gente que no lo conocía. Sólo a los 16 años un tío se apiadó y me llevó a Mar del Plata, pero para nosotros no era una asignatura pendiente. Nosotros estábamos habituados a la luz del farol de noche, en el campo de mi tío Rubén. Nos acostábamos en la alfalfa, íbamos a juntar melones, sandías; con mi tía llevábamos cajones de camelias al pueblo, las camelias más lindas del mundo. En las noches de verano salíamos a tomar el fresco antes de ir a dormir, y no había nada más lindo que el farolito de la esquina y abajo los sapitos, chiqui chiqui chiqui, saltando. Tomar la leche de la vaca, ver las pariciones. Los chicos de la ciudad se crían distinto. Mi hija no soportaría ver un pollo vivo. Cuando ve esos animalitos con plumitas que hacen co-co-co no se imagina qué es lo que se come en la suprema. No come carne roja; pollo y pescado come. Por eso no le quiero hablar con mucha simpatía de los pollos, o de los delfines; en mi casa no entra una pecera, porque el día que les tome simpatía a los pescados, no va a comer más.

Cuando a los 14 años empezó a estudiar en la Escuela de Arte Dramático, su padre la miró con desconsuelo: "Otro más para morirse de hambre en la familia". Pero durante el día, como una buena niña, hacía el magisterio.

-La educación era muy rígida. Cuando hacíamos las prácticas nos obligaban a tratar de tú a los chicos. Me negué, por supuesto, y mandé una carta a Clarín que inauguró una pelea pública y casi histórica con la rectora. Yo era alumna de 9 y 10, pero jamás estaba en el cuadro de honor. Vivía amonestada por ese tipo de cosas.

En el magisterio, rodeada de mujeres, de cosas de mujeres, del olor y el color de las mujeres, Cecilia, que perdía el sueño por jugar a las bolitas con los chicos y saltaba de alegría cuando la usaban de arquero en un picado, sintió que el ascetismo de la unidad sexual la empachaba.

-¡Cinco años entre minas! Es como ver la mitad del mundo. Encima yo era revaronera. Claro, así de dónde ibas a sacar un novio. Ni que quisieras.

De adulta se acostumbraría a las perversas esferas de la esquizofrenia forzada, pero en la edad más temprana apenas se acostumbró a vivir entre el mundo envarado del magisterio y la locura alegre de la escuela de arte. Y de allí, de las aulas que recuerda con orgullo y amor, salió su primer amor. Hugo.

-Queríamos juntarnos, pero la mamá le dijo: "¿Cómo le vas a hacer eso a una chica decente?" Entonces Hugo me dijo: "¿Te molestaría que nos casáramos, así no nos hacen las cosas tan difíciles?" Y nos casamos. No teníamos un peso, entonces yo le había comprado a él un conjunto de ropa Ombú de trabajo y sandalias franciscanas para que no fuera tan croto. Yo tenía un pantalón Oxford en tonos de verde. Como al novio no lo dejaban entrar en el Registro Civil sin saco, mi papá le prestó el suyo y el que se quedó afuera fue mi viejo.

Adentro, la novia hippie y el novio obrero se juraban amor para toda la eternidad. Afuera, papá Rossetto pensaba: "Qué así sea", sabiendo que en el ajedrez, como en la vida, a veces ocurre lo inesperado.

LA página de la revista está vieja, algo rota. Alguien ha escrito en un margen: Clarín 10-10-76. El título la nombra así: Cecilia Rossetto: alta, flaca y con un zapato negro . La foto la muestra vestida con pieles, una peluca de perlas, los ojos caídos, las manitos cruzadas a la altura del pecho. Sin saber nada más, lo que se ve es una actriz cómica vestida de personaje. Cecilia vestida de Vicky Palmer. Nunca como entonces fue verdad una frase que hoy ella desliza al azar: "Una foto no me va a desnudar el alma".

Ese año, 1976, esta mujer tenía un éxito febril en Canal 13 con el personaje de esta desnutrida vedette y cantante internacional desocupada. Había ganado un Martín Fierro y la conocía medio país. Apenas un poco antes había trabajado con Antonio Gasalla en Abajo Gasalla , junto a Gabriela Acher, Mirtha Busnelli y Nené Malbrán. Una carrera en estampida. A los 20 años, era un pequeño ídolo nacional. Pero la tele fue un oasis de vidrio que se le clavó en la yugular. -Disfruté mucho. Me divertí como loca y pensé que era un lugar para quedarme, pero vino el golpe. La Marina estaba al frente del canal y a mí me era imposible convivir con esa gente. Yo pertenecía al grupo de personas que sabía perfectamente lo que estaba sucediendo en el país.

Yo sabía lo que estaba sucediendo significa cantidad de amigos torturados, muertos, presos, y su primer marido desaparecido. La esquizofrenia domada se transformó en locura negra y profunda. De lunes a viernes trabajaba en la tele, y los fines de semana iba a visitar a los presos de su corazón. -Yo trabajaba de... de graciosa... de... a ver, nunca sé cómo decir esto...

Un tono feroz, casi despectivo.

-Trabajaba de... graciosa... Un día secuestraron a una amiga mía muy jovencita que por suerte salió. Entonces me cuenta que un día estaba tirada en el piso, con los ojos vendados, y escucha que los tipos que la custodian gritan: "Che, apurate que viene la flaca, dale que ya empieza". Se acercan otros y festejan. Entonces reconoce mi voz a través del televisor. Los tipos se morían de risa y decían: "Qué buena, qué loca que es esta flaca, es buenísima". Mi amiga dice que mi voz la acompañó, pero... yo trabajaba pensando en la gente que podía divertir. Los presos, los... y en medio de esa situación, que una amiga me diga que los torturadores se divertían conmigo... Eso me-par-tió.

Deletrea y los ojos le hierven de un agua mala. De lágrimas horrendas.

-Y me fui. Me fui. Los tipos pensaron: "Esta mina está loca, cómo se va a ir en medio de un exitazo como éste". Tuve que empezar a pensar en proyectos propios, porque ya no me iban a ofrecer trabajo, entonces con Oscar Balducci, que fue mi segundo marido, empezamos a armar nuestras propias cosas.

LES fue bien. Las revistas de la época la muestran vestida de Clemente (el personaje de Caloi), cantando bajo una peluca afro, enfundada en vestidos sinuosos. Desde entonces, nunca dio un paso en falso. Los premios le llovieron. En 1976 hizo Genoveva y los enanos, en 1977 Cecilia y las estrellas (tres años en cartel), en 1981 El show de la Rossetto (Premio Estrella de Mar al Mejor Espectáculo), en 1985 hizo In Concherto (seis años en cartel). En 1990 ganó el Premio Cóndor de Plata como Mejor Actriz de Reparto por Flop, la película de Eduardo Mignona, y volvió a trabajar con el director en otra película que ganaría un premio importante: Sol de otoño, acreedora del Premio Goya a mejor película de 1997. Pisó España por primera vez en 1991 presentando In Concherto, y en 1992 se alzó con el Premio a la Mejor Actriz de la Crítica de Barcelona. En 1992 trabajó en París haciendo Mortadela junto a Marilú Marini, puesta que ganó el Premio Molière al Mejor Musical, y en 1993 estrenó Buenos Aires me mata (Premio de la Asociación de Cronistas del Espectáculo al Mejor Unipersonal). En 1995 estrenó Dame un beso en Barcelona (Premio Especial de la Crítica de Barcelona, Premio Sebastiá Gasch al Mejor Monólogo) y en 1997 estrenó Bola de nieve en Buenos Aires (Premio Ace al Mejor Musical y Premio ACE a la Mejor Intérprete Musical). Pedigree devastador. Sólo paró tres años, entre 1982 y 1985, para criar a Lucía, la hija que tuvo con Oscar Balducci. En 1998 estuvo presentando Bola de nieve en Barcelona , en el teatro Victoria, y el éxito fue apabullante. En España, y ya desde hace mucho, la comparan con Liza Minnelli y Shirley MacLaine, la llaman ciclón teatral, los diarios La Vanguardia, ABC y El País le dedican páginas enteras y las críticas de esta temporada la elogian de pies a cabeza. Sin embargo, en la Argentina las noticias de su presentación en Barcelona no salieron "ni en la sección de los chimentos".

-Llevar el espectáculo allá fue faraónico. La productora, Anexa, se portó fantástico. Más allá de sus participaciones esporádicas en el cine y la tele de los últimos tiempos le gustaría interpretar personajes de ficción más a menudo, ponerse a las órdenes de otro director y, por una vez, no encargarse de todo.

-Claro que a mí me ha quedado una especie de adicción a la adrenalina, al esfuerzo, al trabajo brutal. Yo no tengo agente de prensa. Hago todo sola y me encanta, pero a veces del otro lado de la línea descubro la sorpresa de la gente: "Pero, ¿habla la misma señora Rossetto?" "Sí", les digo yo, con tono de como no podría ser de otro modo, porque de mi vida y de mi trabajo me ocupo yo. La Rossetto es también una bolsa de trabajo. Algunos de sus amigos la llaman Cruz Roja Argentina. Invierte tiempo y esfuerzo inventando espectáculos para gente en la mala. Ahora mismo levanta un sobre que acaba de pasar por debajo de la puerta. Carta desde Cuba de algunos de los ocho músicos, bailarines y cantantes que actuaron con ella en Bola de nieve .

-¡Ay!, por favor. Están sin laburo. Si yo pudiera conseguirles.

LA bandera de la solidaridad no ha pasado de moda. Le da pánico parecer frívola y está más preocupada por "darle a la gente algo que le sirva" que por contar su vida. Por eso se ha tomado el trabajo de preparar para esta entrevista una especie de ayuda memoria: páginas y más páginas con todas las cosas que no quiere olvidarse de decir.

-Una vez un productor me dijo que yo era una persona peligrosa porque no me interesaba el dinero. Que conmigo no había manera de transar y eso me transformaba en peligrosa. Cada vez hay mayores concentraciones de poder, y para esa gente, alguien demasiado independiente y poco sumiso no es lo mejor para trabajar. Lo que exige el mundo actual es tan perverso que a una le hace pensar que ha vivido equivocada.

De Balducci se separó -aunque siguen trabajando juntos- y no se ha vuelto a casar. A ella, que le gusta tanto estar en pareja.

-Hace 24 meses que estoy sola y la verdad que es la primera vez, desde los 18 años, que no estoy con un hombre al lado. Adoraría encontrar una pareja, pero a veces me da un ataque de humildad y pienso que por ahí con dos maridos ya está bien. Dos hombres que amé y para los que fui la mujer de su vida no es poco. Como me diría alguna tía de campo: "No, rica, dejá algo para las demás". Adoraría tener otro más de esos que te mato que me matas. Como decía un español: "Oh, Cecilia... droga dura". ¡Ah!, vení, vos querías escuchar Ojos verdes .

La lengua de la compactera se traga un disquito en el que ella canta Ojos verdes . "Verde como el trigo verde -dice la canción-, del verde, verde limón." Una voz como un lirio boca abajo. Desmayada, llena de pliegues ásperos y calientes. Una voz de menta y de alelí. -¡Ay! ¿Sabés que me parece que sigo creciendo, che?

Dice tironeando de los pantalones de lana cruda que no le cubren las pantorrillas.

Cecilia es una mujer larga.

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