A los 105 años murió el fundador de Ribeiro

Don Luis Ribeiro tenía 105 años
Don Luis Ribeiro tenía 105 años Crédito: Gentileza familia Ribeiro
Dolores Moreno
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25 de marzo de 2018  • 16:27

Cuatro autos salen desde Buenos Aires, rumbo a Villa Mercedes, la segunda ciudad de San Luis. Acaba de morir Don Luis Ribeiro, padre de cuatro, abuelo de quince y bisabuelo de dieciséis. Tenía 105 años y era uno de los fundadores de Ribeiro, el negocio de artículos del hogar que hoy cuenta con 90 sucursales alrededor del país.

Lector del diario LA NACION desde los 13 años, el Chino, como le decían en casa, nació el 16 de febrero de 1913 en Villa Mercedes. Después de perder a una hermana y a su madre a los 6 años, vivió un tiempo en Uruguay junto a sus tías y su hermana Lila. Dos años después, su padre lo buscó en Montevideo y, desde entonces, se instaló en San Luis. Fue ahí cuando se enteró de que tenía una nueva familia. La empresa fue en un principio una joyería, relojería y óptica pero, por el aumento del precio de los metales, en la década del 70 empezó a incursionar en el armado de heladeras. Tuvieron su propio modelo, se llamó Henry en honor a uno de sus empleados.

Luego de la muerte de su padre Manuel, Luis, a los 27 años, se hizo cargo del negocio familiar, que había comenzado en 1910, junto a varios de sus 8 hermanos. Él fue el que cambió de rumbo y consolidó las bases del Ribeiro de hoy. En ese momento perdió todo su pelo. Lo que empezó con un modesto local lentamente se fue expandiendo hasta convertirse en uno de las empresas más grandes de la provincia. Su andar cansino, su melena blanca, que conservó hasta el último día, su traje gris y su figura pequeña están en la memoria de los mercedinos. Don Luis era un gran caminante. Entre sus rutinas se encontraba la de hacer al menos 50 cuadras a pie por día. Siempre algún perro callejero lo acompañaba.

Cambiaron los gobiernos, las ideas, la economía tuvo sus vaivenes pero nunca se rindió. Pasaron las dos guerras, el peronismo, la dictadura, la hiperinflación, el 2001, y la compañía siguió creciendo. Si bien no pudo terminar el primario, hizo hasta tercer grado -porque en ese entonces tenía que acompañar a su madrastra Cristina mientras su padre no estaba en casa-, Don Luis encontró en los libros su escuela. Leía el diario y los títulos que le recomendaba su vecino y amigo, Jorge Delaunay, quien también le mostró el mundo de la música clásica. Escuchar Las cuatro estaciones de Vivaldi a todo un volumen, mientras movía las manos como si fuese el director de la orquesta era una de sus formas de sacar su parte más sensible. Tenía un cuadernillo donde anotaba sus lecciones.

Fue recién a los 33 años cuando decidió abandonar la vida de Don Juan para casarse con quien fue el gran amor de su vida, Yolanda Elvira Arimondi. Ella fue quien de a poco lo fue ablandando y la que llenaba la casa de vida. No es casual, que luego de semanas de agonía, Don Luis cerrara los ojos justo después de que la urna con las cenizas de su mujer -quien murió en 2008- llegara desde Buenos Aires. Juntos tuvieron a Manuel, María, Cristina y Luis. Sus dos hijos varones son los que más tarde se harían cargo de la firma.

Con pensamientos comunistas en los 60, el Chino no era un gran referente para su ciudad, incluso sus hijos tuvieron que afrontar las miradas extrañas de sus vecinos por sus ideas. Más tarde, cambiaría de opinión y tendría una visión liberal, que sería la definitiva. Siempre fue un adelantado y no tuvo miedo a cambiar de postura. Nunca creyó en nada, se declaraba ateo y cuando alguien le preguntaba por Dios, él respondía que si existía y era bueno por qué pasaban las cosas que pasaban "¿Dónde está Dios?". Incluso llevó su decisión hasta el casamiento de sus hijos, no pisó nunca una iglesia.

Pesimista hasta la médula, crítico y autoexigente, Don Luis poco conoció sobre los afectos. Había encontrado en la cultura del trabajo su propia religión. Tenía un don indiscutible en la docencia: cada encuentro con sus hijos, nietos, bisnietos y los empleados de la firma eran una oportunidad para enseñar. No es de extrañar que la biblioteca de su ciudad natal lleve su nombre. Tenía largos discursos armados sobre los grandes temas. Siempre estaba dando cátedra. Y preocupado por su entorno. Citaba a Atahualpa Yupanqui, a Mao, a Ortega y Gasset, a Nietzcshe y se animaba a hacerle frente a cualquier lectura.

Él viajaba con los ojos. Con sus ojos achinados pasaba horas poniendo a pensar a la gente sobre el huevo y la gallina, sobre estrategias para mejorar la atención al cliente, sobre los buenos hábitos. Tenía un facilidad para descubrir qué le pasaba a quienes lo rodeaban y con esa manera que aprendió, cruda y desafectada, hacía reflexionar a sus seres queridos. Siempre quería saber cuáles eran "sus proyectos". Cuando hacía esa pregunta, no podía disimular su sonrisa pícara. "Dios nos dio las manos para trabajar", "te ganarás el pan de cada día con el sudor de tu frente", "para las cuestas quiero mi burro, que las bajadas yo me las subo", "no todos los caminos son para todos los caminantes", repetía como dogma. También que las rubias oxigenadas no tenían personalidad.

Era una especie de mentor invisible. En Villa Mercedes, muchos recibieron su ayuda para estudiar, para comprar electrodomésticos, para resolver problemas personales. Esa fue uno de las claves para entender la expansión de su compañía, que basó su crecimiento en darle microcréditos a cualquier comprador, sin importar que tuviera aval bancario. Era generoso con el resto, y austero con él. Si bien logró montar un gran imperio, nunca conoció el lujo, ni tampoco el mar. Hasta último momento ayudó a sus nietos. Aunque sí tenía sus vicios: un buen vino, la comida casera, donde "la materia prima era fundamental" y un alfajor havanna. Eso y la visita de un buen comensal le bastaban para sentirse feliz. "La felicidad en las pequeñas cosas", decía.

Después de muchos años con miedo y pregutándose cómo sería su final, Don Luis murió a los 105 años en paz y rodeado de sus afectos.

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