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El camino del actor, entre lo efímero y lo inasible

Jazmín Carbonell
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26 de marzo de 2018  

EL ÚLTIMO ESPECTADOR. Dramaturgia y dirección: Andrés Binetti. Intérprete: Manuel Vicente. Escenografía y vestuario: Alejandro Mateo. Luces: Francisco Varela. Asistentes de dirección: Nadine Cifre y Grace Ulloa. Sala: Teatro del Pueblo, Av. Roque Sáenz Peña 943. Funciones: sábados, a las 18. Duración: 60 minutos. Nuestra opinión: muy buena

Acodado en una barra, medio tristona, está él. El único actor de esta pieza que además hace de actor. En un soliloquio narrará no sin cierta pena y melancolía los avatares que sufrió en su carrera, la profunda soledad que lo habitó; en fin, el desarraigo que padecen los que se dedican al teatro ambulante.

Hay algo de lo efímero del teatro que es, claro, incapturable. Lo que sucede detrás de escena, esos misterios y mitologías tras bambalinas quedan ahí, escondidos entre los telones. No hay modo de palparnos. Apenas escuchar algunos relatos, intuir otro tanto. Queda para el espectador ese cosquilleo de la pura curiosidad. El último espectador habla de eso, intenta desde la ficción acercarse a esa trastienda, recorrer los rumores. Por eso, Andrés Binetti, director y autor de la pieza, bucea en esos clichés como la falta de comida casera para la vida de cualquier actor, la búsqueda de ese papel que lo catapulte a la fama, las frases demoledoras que roban el aliento en esos momentos de vacas flacas, el querer alcanzar la fama y los distintos métodos de cada actor a la hora de llorar en escena. Imágenes que ayudan a construir ese universo teatral del que solo se es testigo telón para delante.

En un paseo por las grandes obras teatrales de la historia, de Ibsen a Chéjov, pasando por Discépolo, Florencio Sánchez y Molière, Vicente compone un personaje ajado por el tiempo, tristemente anónimo, buscador de un público que sostenga su oficio y su pasión. La pieza tiene una nostalgia tan palpable que dialoga con el propio Teatro del Pueblo, con Leónidas Barletta, su fundador y la propia historia de esta sala, tan particular y pintoresca como extensa.

Siempre interesado por la historia del teatro nacional, Binetti vuelve a pensarla, a jugar un poco con los elementos propios del teatro, con las creencias y fantasías que surgen de él. Esta vez aloja su relato en la década del 40 -hace unos años con su espectáculo La rascada, la historia de un teatrito en la orilla viajaba a los años 50- y hace un tiempo, junto a Mariano Saba, jugaron con los primeros géneros propios de la escena nacional como el sainete y el grotesco. Esa nostalgia de feria, ese costado triste del aparente circo feliz lo convocan por completo a Binetti.

Una escenografía, un vestuario y una iluminación que resaltan profundamente esa nostalgia, acompañan y se amalgaman con este personaje, el último actor de una compañía en decadencia. Cada quien ha tomado su camino en busca de algo mejor o han muerto en el intento de consagrarse o simplemente abandonaron la carrera, este hombre repasa quienes fueron sus compañeros como una mera excusa para invocar recuerdos y hablar del teatro. Ese teatro que lo salva en el mismo acto de creer, esa ternura inquebrantable que supone volverse niño por un rato y jugar a que eso que sucede en escena es posible.

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