Una ilusión que se desvanece y desnuda el vacío de liderazgo

Silvia Pisani
Silvia Pisani LA NACION
Carles Puigdemont
Carles Puigdemont
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26 de marzo de 2018  

MADRID.- Fin de ciclo y comienzo de nueva etapa. La peor crisis separatista de la España moderna sorprende a sus principales actores en un laberinto para el que no encuentran salida y a un juez como su principal guionista y bastonero.

Descabezado y perdido, el independentismo catalán, el padre de esta tragedia, no tuvo siquiera capacidad de respuesta unánime ante la detención de su simbólico líder.

Pasaron las horas y la fractura de las diferentes vertientes independentistas, que en teoría tienen mayoría en el Parlamento regional, mostró que no solo son incapaces de ejercerla para elegir un gobierno, sino también para elaborar un discurso unívoco.

La detención de Puigdemont fue a las 11 de la mañana española. Durante toda la jornada, la réplica quedó en manos de las masas en la calle. Protestas, disturbios, rutas cortadas, miedo, tensión y provocaciones a su propia policía, a la que regaron con toda clase de proyectiles.

Hace meses que Puigdemont es solo la ilusión de un liderazgo. El pretendido presidente que filmaba videos desde Waterloo. Pero servía para disimular una desnudez de autoridad que ayer quedó patente.

El llamado "proceso independentista" está perdido y no suelta, sin embargo, la llave de la mayoría para gobernar a la que se jacta de ser la región más próspera de España.

Su último vocero, Roger Torrent, de Izquierda Republicana de Cataluña (ERC), habló de convocar un "gobierno de mayorías", una entelequia que nadie sabe bien qué significa y que, hasta ahora, ignora por completo al cincuenta por ciento que no es separatista.

El papel de Torrent es otra de las extravagancias institucionales de esta Cataluña extraviada: es el presidente de la Cámara en su conjunto. Pero actúa más bien como vocero solo de los independentistas.

Su intención de crear un "frente unitario" para ejercer el desierto gobierno regional responde a los intereses de su partido, a la falta absoluta de referentes y, tal vez, a la posible intención de una candidatura propia. ¿Será Torrent quien desatasque este bloqueo? Parece difícil.

Del otro lado, ante la ausencia de vías políticas con el gobierno nacional, el guion de semejante crisis quedó en manos de un juez.

Se llama Pablo Llanera, integra el Tribunal Supremo español y es quien confirmó el procesamiento de Puigdemont y de otra decena de dirigentes por delitos que se castigan con largos años de cárcel.

La polarización ya se nutre de amenazas. "Llanera fascista, fuera de aquí", fue la pintada intimidatoria que apareció en lo que se tuvo por su residencia catalana, en un pequeño poblado.

El sistema judicial pidió custodia para el juez y su familia. Un solo hombre contra tantos otros parece demasiado. Aunque tenga la ley de su lado.

La tensa reacción llevó también a imponer custodia a diputados de partidos catalanes opuestos a la independencia. El quiebre en Cataluña entre uno y otro frente se agudizó.

Fuera de Cataluña, al gobierno nacional español -que sigue escondido y no encuentra o no quiere encontrar su papel- le queda la difícil tarea de diferenciar entre defensa de la Constitución y la retórica de "criminalizar las ideas" y de "ataque a la democracia".

El discurso oficial insiste en que lo que está en danza es solo un proceso judicial contra dirigentes que violaron la ley. Parece a las claras que es mucho más que eso.

Entre todas las paradojas, resta citar que haya sido un país europeo el que, finalmente, detuvo a Puigdemont. Parece una broma de humor negro para quien no se cansaba de pedir a Europa que interviniera en su favor.

También es más que eso. Implica que, con todas sus falencias, el sistema europeo no es albergue absoluto para sospechosos de haber contravenido la ley en sus propios países.

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