Mucho más que la amante de Kafka

Verónica Chiaravalli
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26 de marzo de 2018  

Acaso se lo conozca como el dato más pintoresco de su biografía, pero que Milena Jasenská (Praga, 1896-Ravensbrück, 1944) haya sido la amante de Franz Kafka es lo menos relevante que se puede decir de ella. Periodista, escritora, defensora de los valores del humanismo, combatió con la palabra y con la acción todo avance totalitario. Enfrentó el nazismo con un coraje rayano en la temeridad; activa célula de la resistencia, salvó vidas ajenas arriesgando la propia y, cuando ya nada se podía hacer, siguió irradiando calidez y serenidad para reconfortar a sus compañeras en el campo de concentración, tan desdichadas como ella, pero sin su fortaleza espiritual.

La historia (lo adelantamos en la entrega anterior) la cuenta su íntima amiga Margarete Buber-Neumann en el libro Milena. Es el relato de una profunda pasión por la vida, aun en sus miserias y sus imperfecciones, y una advertencia sobre todo lo que todavía podemos perder: la frágil paz y sus consecuentes libertades -individuales y colectivas- que quienes hemos tenido la buena suerte de no conocer la guerra más que por la lectura o la memoria de padres y abuelos tendemos a creer conquistas invulnerables y definitivas.

Milena nació en una familia burguesa, cuyos convencionalismos de clase se dedicó a ignorar con ahínco, para ira de su padre, el doctor Jan Jesensky, un próspero dentista que -desgracia de Milena- enviudó demasiado pronto y decidió criar a su hija en una férrea disciplina patriarcal. Las violentas desavenencias con el padre, que nunca quiso entender quién era su hija, serían uno de los lazos por los que, más tarde, Milena se sentiría unida a Kafka.

A los quince años era una ferviente lectora de Tolstói, Dostoievski y Thomas Mann; despuntaban en ella un sentido del gusto refinado y original y un estilo levemente andrógino que acentuaba su magnetismo. Nadie permanecía indiferente ante Milena: no bien la conocían, hombres y mujeres quedaban subyugados por su encanto, su inteligencia y su sentido del humor.

En la Praga cosmopolita anterior a la guerra, Milena brillaba en los cafés literarios. Luego, llegaron dos matrimonios frustrados; adicciones; una hija a la que involucró en sus peligrosas actividades de resistencia clandestina y a la que perdió de vista cuando la recluyeron en Ravensbrück; la frustrante relación con Kafka (tan dotado para el arte como negado para la vida); la ilusión con el comunismo, y el inevitable desencanto.

En el periodismo encontró Milena cauce para su agudeza y sus convicciones políticas. Fue su trinchera intelectual. Desde allí denunció y atacó -frontalmente cada vez que podía, de manera oblicua si convenía- la barbarie de Hitler que se extendía por Europa, y siguió haciéndolo cuando cayó Checoslovaquia. Conmueve la valentía con que se empeñaba en discutir el nazismo exponiendo argumentos, como si se tratara de un adversario político y no de un enemigo criminal. En 1939, cuando la invasión del Reich era inminente, Milena publicó su artículo "Las relaciones con los checos", donde rebatía punto por punto la pieza publicada días antes por un nazi. Allí explica: "Al hombre checo no le van los grandes festejos. No le interesan en absoluto las figuras tejidas por la leyenda; se inclina por lo cercano y sencillo. Cuanto más se nos aproxima una persona, más la amamos; cuanto más se nos acerca de un modo privado e íntimo, tanto más cordialmente la saludamos. Cuanto menos escolta lleve, tanto más segura estará su vida entre nosotros y mejor bienvenida será. Esta actitud tiene sus raíces en la profunda esencia democrática de nuestro pueblo, en su necesidad de una aproximación humana, en el respeto ante cualquier ser humano y ante su libre albedrío, premisas para nosotros de todo tipo de prosperidad". Ese año la detuvo la Gestapo y la envió a un campo de concentración. Murió el 17 de mayo de 1944.

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