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En la farmacia

Carlos M. Reymundo Roberts
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26 de marzo de 2018  

Se estiran la fila y la espera de clientes en la farmacia, y es lógico: un señor ha pedido seis remedios, que, ya sobre el mostrador, imponen una rutina tortuosa, increíble, que debería llevarse el premio al disparate burocrático. La secuencia es esta: la farmacéutica da vuelta la receta y en el dorso aplica un sello que es un formulario en el cual el comprador debe poner nombre, firma, documento, dirección y teléfono; mientras, la farmacéutica toma un cúter y, cual orfebre, corta el cartoncito troquelado que lleva el código de barras del remedio y lo pega con Plasticola a un costado de la receta, en forma vertical, operación que también requiere cuidado; le falta algo: toma el ticket con el precio y lo adjunta, con cinta adhesiva, a la receta. Terminada la faena, por las manos de la esforzada profesional han pasado, sucesivamente, el sello, la almohadilla del sello, la birome que le dio al comprador para completar el formulario, el cúter, el cartoncito troquelado, la Plasticola y la cinta adhesiva. "Me esforcé durante años estudiando una carrera muy complicada, para terminar haciendo las cosas que hacíamos en el colegio", dice la farmacéutica.

Si el señor de los seis remedios se sentía mal, ahora debe sentirse peor.

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