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"Ay Dios, hijo mío, ¿dónde estás?": desgarradoras escenas en el cementerio de Malvinas

Nicolás Cassese
Nicolás Cassese LA NACION
Familiares lloran a sus muertos
Familiares lloran a sus muertos Fuente: AP
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26 de marzo de 2018  • 09:31

Cementerio de Darwin (Islas Malvinas).- El inicio fue un alarido desgarrador. "Ay hijo mío, ¿dónde estás?", gritó la primera de las madres que se bajó del ómnibus, perforando la inusual mañana -templada, sin vientos ni nubes-, de este paraje desolado. Todo hacía prever una jornada de llantos y desconsuelo mientras los familiares recorrían las tumbas de sus soldados caídos Malvinas.

Sin embargo, unas tres horas después, cuando se formaron bajo la cruz y se unieron en un "¡Viva la Patria!", el ánimo era otro, casi de alivio. Tanto que se permitieron un aplauso largo y sentido para un militar británico retirado que, de boina, campera Barbour y pantalón de corderoy, se sumó último al grupo. El reconocimiento fue para Geoffrey Cardozo, uno de los principales responsables para que se hayan logrado identificar 90 soldados que hasta hace poco yacían en una tumba sin nombre. Eso, poder al fin velar con la certeza de que allí descansa su ser querido, es la razón por la que aquel sufrimiento de la madrugada encontró algo de sosiego cerca del mediodía.

Como miembro de las Fuerzas Armadas británicas, Cardozo se encargó de recoger los cuerpos de los soldados argentinos caídos en combate, los hijos de los padres que hoy lo vivaron. El reconocimiento responde a la forma en que lo hizo, con respeto y honor, pero también a su compromiso posterior.

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Es que en 1983 quedaron 121 soldados sin identificar a los que Cardozo enterró bajo la placa "Soldado argentino sólo conocido por Dios", pero gracias al minucioso registro que realizó entonces, más diez años de trabajo hormiga de un ex combatiente y la investigación de un equipo forense liderado por la Cruz Roja, 90 de esos soldados ya tienen una placa con su nombre. Lo que ocurrió durante la mañana es una versión concentrada de los 36 años que pasaron entre el entierro sin identificación y la placa con el nombre.

"¿Viste la cara cuando entraron los familiares al cementerio? ¿Viste la cara que tienen ahora? ¿Verdad que hay un cambio?", sonreía satisfecho Cardozo mientras se hacía tiempo para responder los abundantes pedidos de selfies.

"Hoy hablé con mi hijo", dijo Dalal Massad después de la ceremonia. Tenía el gesto relajado, casi alegre. Su hijo, Daniel Massad, era uno de los soldados que estaban sin identificar y ahora tiene una tumba con su nombre. Vivía en Banfield, jugaba al básquet y estudiaba para contador. Cayó cruzado por una ráfaga de ametralladora en la batalla de Monte Longdon, sobre el final de la guerra, cuando salió de su trinchera para proteger a sus compañeros. "Le dije que lo admiraba por lo que había hecho, que era un héroe", explicó Dalal.

Fuente: AP

Todo había arrancado muy temprano, a las 12 de la noche del domingo, con las familias concentradas ansiosas en el lobby del hotel Presidente, esperando el momento para subir al ómnibus que los llevaría a Ezeiza y a los aviones con rumbo a Malvinas. Por allí deambulaba Julio Aro de remera roja, abrazos generosos y una bolsa de tela donde llevaba 90 piedras. "Son las 90 piedras que sacamos de los zapatos de 90 familias que ahora saben dónde está su soldado", decía con orgullo bien ganado.

Fuente: LA NACION

Soldado conscripto en la guerra, en 2008 volvió a Malvinas y la leyenda de las tumbas sin nombre lo angustió. "Podría haber sido yo", explica. Como los soldados en todos los conflictos, llevaba una chapita colgada del cuello donde debería haber estado grabado su nombre, pero por la falta de previsión de las Fuerzas Armadas argentinas muchos no la tuvieron. La de Aro sólo tenía el escudo de su división, y él escribió su nombre en un papel y lo pegó con cinta scotch. "Con el clima de las islas, ese papel no duró ni un día", dice.

Al volver, fundó la ONG No me Olvides y comenzó a batallar para ponerle nombre a esas tumbas. Su primer gran avance llegó gracias a un encuentro fortuito con Cardozo. Aro lo conoció en Londres y se fue con el informe pormenorizado que Cardozo había elaborado durante su trabajo en Malvinas. Estaban los datos de todos los caídos, incluso aquellos que no había podido reconocer, e incluía dónde los había encontrado y en qué tumba estaban enterrados. Con eso comenzó a golpear las puertas que, luego de mucho esfuerzo, posibilitaron el acto de hoy.

Fuente: AP

Él fue uno de las 248 personas que, sin dormir, aterrizó a las 6.30 en Malvinas para estar a las 9 en el cementerio, cuando el ingreso de una guardia escocesa de siete militares dio inicio a la ceremonia. Primero hubo un himno que se toca en los funerales militares escoceses ejecutado por un gaitero, luego una celebración religiosa y al final unas palabras de María Fernanda Araujo, la presidenta de la Comisión de Familiares de Caídos en Malvinas. Al final, los familiares quedaron libres para recorrer el cementerio o, como lo hizo la mayoría, aprovechar la clemencia del clima para pasar un rato al lado de la tumba de su ser querido.

Eso hizo la madre de María Feranda, María del Carmen Araujo, cuyo hijo Elbio era uno de los soldados sin nombre. "Hasta ahora -dijo sonriente- era la madre de un soldado solo conocido por Dios y estaba contenta con que Dios lo conociese. Pero ahora lo conoce todo el mundo y eso es mucho mejor."

Los familiares ya saben dónde están los soldados
Los familiares ya saben dónde están los soldados Fuente: LA NACION

Alberto Segovia, cuyo hermano era uno de los no identificados, lloraba feliz de la emoción. "Ahora le voy a poder explicar a mi hijo porque le puse Higinio, como mi hermano. Nunca lo había podido hablar, era un tabú familiar", explicó mientras abrazaba a Aro y lo invitaba a pescar surubies en su Corrientes natal. "Claro que voy a ir, si con vos gané un hermano", le dijo Aro, que es otro de los grandes héroes de esta historia.

Las 90 placas con nombre y apellido son el legado de su tenacidad. Una tenacidad que no se dejó domesticar por el acto: "Aún quedan 31", mascullaba en el avión. Se refería a los soldados que aún descansan bajo esa placa maldita que le quita el sueño: "Soldado argentino solo conocido por Dios".

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