Diputada Araceli Ferreyra: "Yo aborté; espero que a mis hijas no les toque hacerlo"

La diputada Araceli Ferreyra dice haber sufrido más la clandestinidad en los tres abortos que se practicó
La diputada Araceli Ferreyra dice haber sufrido más la clandestinidad en los tres abortos que se practicó Fuente: LA NACION - Crédito: Soledad Aznarez
Gabriel Sued
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26 de marzo de 2018  • 14:24

Firmante del proyecto para legalizar el aborto, la correntina Araceli Ferreyra (Movimiento Evita), 52 años, es la primera diputada que contó en público su historia personal. "Lo traumático de abortar no es la decisión, sino la clandestinidad", sostiene, en una entrevista con LA NACION, en la que dice: "Mi vieja abortó, yo aborté, espero que a mis hijas no les toque abortar".

-¿Por qué lo contó?

-Lo había contado por primera vez hace seis años, cuando firmé el proyecto. Hay que poner el cuerpo, personalizar el tema para romper con el tabú. También dije que tuve más de un aborto. Recién después del tercero encontré un método efectivo para cuidarme.

-¿A qué edad abortó por primera vez?

-A los 20 años, en Rusia. Militaba en la Juventud Comunista y estaba haciendo un curso de marxismo, en Moscú. Ahí es legal y totalmente distinto. De esa experiencia recuerdo todo. Desde que entré en el hospital, cuando estaba en el quirófano, cuando me desperté, todo. De los otros, que me los hice en la Argentina, tengo recuerdos borrosos.

-¿Por qué decidió abortar esa primera vez?

-Con el padre no íbamos a poder estar juntos. La vida después dio unos vuelcos increíbles y terminamos juntos, con dos hijas, que hoy tienen 18 y 20 años. En ese momento le conté que estaba embarazada y que quería abortar. Respetó mi decisión. Me costó porque estaba enamorada. Pero quería tener hijos como parte de una pareja, no así. El embarazo no deseado no es solo por una violación. También por la planificación de tu vida.

-¿Fue traumática la experiencia?

-Lo traumático no es la decisión, sino la clandestinidad. En los abortos clandestinos te atendés en lugares oscuros, chiquitos, sucios. En el tercero le pedí a mamá que me acompañara porque sentí que peligraba mi vida. Fui al mismo lugar adonde antes había acompañado a otras amigas.

-¿Una clínica clandestina?

-Ni siquiera lo llamaría clínica. Era una pieza, un sucucho. Después te dejaban tirada en la pieza de al lado, mientras se te pasaba la anestesia. Podría haber ido a un lugar mejor, tenía la plata. Pero como no querés que nadie se entere, no tenés toda la información. La clandestinidad te deja sola. Tengo una amiga que en la desesperación se puso una pastilla de Gamexane. La llevamos al hospital hecha un charco de sangre. Cuando tomás la decisión de abortar, no hay nada que te frene. No funciona el sistema penal como disuasivo.

-¿Nunca se arrepintió?

-No. Después fui mamá. Celebro haber hecho esos abortos, porque no me imagino tener otras hijas que las que tengo.

-Viene de una familia de clase media, tenía información sobre cómo cuidarse. ¿Por qué tres abortos?

-[Se ruboriza y se tapa la cara con la mano]. Con el papá de mis hijas nos mirábamos y quedaba embarazada. Los tres abortos fueron con él. La primera vez nos tomó de sorpresa. Cuando volvimos a Buenos Aires, a veces no tenía guita para comprar los anticonceptivos. Pero no era un problema de plata. Hay otra cuestión: todo el cuidado se pone sobre cabeza de las mujeres. Las pastillas anticonceptivas para mí son la mejor forma de quedar embarazada. Un día te olvidás, no tomás, no conseguís. Hasta que no descubrí el DIU no sabía cómo cuidarme.

-¿Tener un hijo no deseado puede ser traumático?

-Claro. Lo que pasa es que de eso no se habla porque parece que sos una desgraciada que no querés a tus hijos. Yo llevo una carga porque a los 17 años, a punto de entrar en la facultad, una amiga que iba a estudiar Derecho me contó que había quedado embarazada y no sabía si tenerlo. Le dije: "Si lo disfrutaste, tenés que hacerte cargo". La había dejado embarazada su jefe. Cuando le dijo que lo iba a tener, la despidió. Los padres dejaron de mandarle plata. Tuvo que dejar la facultad y ponerse a trabajar. Con mucha dignidad terminó como empleada doméstica. Mirá las secuelas de dar un consejo sin pensar. Cuando les conté a mis padres, que eran comunistas, recibí uno de los grandes retos de mi vida. Por haber sido tan prejuiciosa.

-Los tratados internacionales dicen que la vida empieza en la concepción. Cuando abortó, ¿sintió que ponía fin a una vida?

-No. Hay vida, sí. Pero ¿en qué momento le empezás a hablar a la panza? ¿Cuando te hiciste el test y te enteraste de que estabas embarazada? Ahí quedaste shockeada por la alegría o por el espanto. No le hablás a la panza ahí porque hay una evolución de la vida. No somos incubadoras. Además, desde que sacamos la ley de fertilización asistida se terminó la discusión acerca de si el embrión es una persona. Si hay una persona, entonces no se pueden hacer tratamientos donde se congelan y se descartan embriones. Eso ya se saldó legalmente. No se puede generar legislación para las nuevas generaciones con los prejuicios de la generación de mi abuela. Mi vieja abortó, yo aborté, espero que a mis hijas no les toque abortar. Pero si tienen que abortar, que no sea en la clandestinidad.

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