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Amores sin ficción

Zully Moreno, la diva que no sabía vivir sin amor

Paola Florio
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28 de marzo de 2018  • 00:27

Tuvo una infancia dura y luchó mucho para cumplir su máximo deseo: llegar a la cima del cine. Y vaya que pudo cumplirlo, fue amada por todos y su nombre fue sinónimo de éxito. Dueña de una belleza y elegancia incomparable, marcó una época. Pero nunca pudo recuperarse de la muerte de su marido, Luis César Amadori.

Su propia historia puede ser digna del guion de una película, un rompecabezas de lucha, pobreza, lujo, poder, brillo, amor, misterio, silencio, exilio y depresión. De Cenicienta a lo más alto, y de la cima a la oscuridad, una montaña rusa que ni siquiera ella misma pudo soportar. La vida de Zully Moreno , la Greta Garbo local como la llamaban los medios, tiene tantos puntos vacíos que recrear su vida requiere de una investigación exhaustiva. Hay tantas versiones que nunca sabremos realmente cuál fue la real, pero en algo todos coinciden: fue grande, muy grande. La mujer más elegante de su época, con un porte y belleza únicos. Entre 1940 y 1955 llegó a ser unas de las divas más importantes del cine argentino e hispanoamericano. Filmó una decena de películas, entre las más destacadas se encuentran Dios se lo pague y La mujer de las Camelias, ambos hitos del cine nacional. Fue aclamada por el público, ahijada artística de Niní Marshall, amiga íntima de las hermanas Legrand y la mujer del exitoso director, Luis César Amadori, que la convirtió en su musa y su esposa. Dicen que había nacido para el cine, sin embargo, a los 39 años dejó de brillar: se ocultó en su casa, rechazó papeles importantes, se negó a dar notas y poco se supo de ella, avivando el misterio y el mito. Murió la Navidad de 1999, a los 79 años, víctima de Alzheimer, dejando un legado innegable que nadie se animaría a objetar.

La Cenicienta argentina

Zully Moreno junto a Silvia Legrand, en una escena del film Su hermana menor (1943)
Zully Moreno junto a Silvia Legrand, en una escena del film Su hermana menor (1943) Fuente: Archivo

A los 14 años, rodeada de agujas, hilos, telas y botones, Zulema Esther González Borbón tenía un solo deseo: convertirse en actriz y llegar a lo más alto. No todos creían que podía lograrlo, pues ese era el deseo de casi toda su generación: vestir trajes costosos, joyas y protagonizar películas. Pero, ¿quién podía detener a esta joven decidida, carismática, ambiciosa y con una belleza incomparable? Nada ni nadie, ni siquiera el director que una vez le dijo: "Mire señorita, ¿por qué no se va a su casa a hacer tareas domésticas?". Eso la empoderó más y nunca bajó los brazos, después de todo sabía de lucha y sufrimiento.

Nacida un 17 de octubre de 1920 en Villa Ballester, tuvo una infancia feliz hasta los 10 años, cuando su padre y su hermano mayor fallecieron. Junto a Alberto, su hermano menor, tuvieron que salir a trabajar. Pasó por una tienda en la calle Florida y por el atelier de un famoso vestuarista de la época, Ramón Both Deles, que la hacía modelar sus creaciones. Fue él quien le recomendó que se dedicara al cine. Fue extra en cuatro películas, incluso dicen que fue presentadora en el Teatro Maipo (junto a otras jóvenes, levantando carteles), participó de algunas obras menores, pero ella tenía la mira puesta hacia un solo lugar: el cine. Luchó mucho para ganarse un lugar, era muy alta y la rechazaban argumentando que no iba a entrar en el cuadro.

Fue la mismísima Nini Marshall mientras filmaba la película Cándida, que se detuvo a admirar la belleza de esa joven de 19 años que trabajaba de extra. "Fíjese qué linda, ¿por qué no le hace unos primeros planos para decorar la película?", le sugirió al director Luis Bayón Herrera. Desde entonces, Niní la tomó como ahijada artística y tuvieron un vínculo inquebrantable. En los veinte años que siguieron (de 1939 a 1959), hizo una carrera única. Participó en El profesor Cero, con Pepe Arias, Los martes, orquídeas y Papá tiene novia (donde conoció a Aída Luz, su mejor amiga). En 1943, compartió cartel con Silvia Legrand en Su hermana menor y el mismo año protagonizó Stella, primera película de gran presupuesto, con deslumbrantes vestuarios y escenografía hollywoodense.

Zully Moreno, la gran diva argentina

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Sabía tanto de iluminación como de moda. Llevó a Horace Lannes al cine nacional, que luego fue el gran modisto de las divas de la época. Él mismo recordó su relación con Zully: "Firmábamos un contrato de confidencialidad, no se podía contar nada de lo que pasaba en los estudios y menos decir detalles del vestuario. Su talle era muy largo, media 1,72 de altura y 53 cm de cintura, su medida era más chica que la circunferencia de su cabeza". Pagaba ella misma de su bolsillo el costo de la extravagancia de su ropa, ya que ningún presupuesto podía solventar los diseños que elegía. Se ponía sus propias joyas y usaba las pieles de las casas más caras de París. Incluso, se mandó a hacer un colchón especial para acostarse con los vestidos de fiesta puestos, así podía descansar en los impasse de filmación. Nunca permitió otro iluminador más que el suyo en los sets de sus películas. Era super puntual, se marcaba el pelo sola y había aprendido a maquillarse en Hollywood. Odiaba los chimentos que podían lastimar a las personas y era muy generosa con sus compañeras, llevaba valijas con plumas, guantes y vestuario para que todas las mujeres alrededor suyo lucieran bien.

Dicen que comía muy poco, que cuidaba mucho su imagen (aunque su mayor debilidad era el cigarrillo: fumaba tanto que tenía un encendedor colgando del cuello) y que tuvo tantos enamorados que sus amigas perdían la cuenta. Pero Zully tuvo ojos para un solo hombre.

El príncipe del cuento

Zully Moreno, en Nacha Regules (1950)
Zully Moreno, en Nacha Regules (1950) Fuente: Archivo

Nunca pensó que iba a encontrar al amor de su vida cuando sus amigas, las hermanas Legrand, le pidieron que diseñe el vestuario de la película Claro de Luna, que La Chiqui y Goldie filmarían con Luis Cesar Amadori como director. Sorprendido por los diseños, quiso conocer a su creadora. El flechazo fue inmediato y jamás se separaron. Por ese entonces, él tenía una relación con la actriz Alicia Bignoni y juntos manejaban el Teatro Maipo. Cuando supo de su traición, Alicia fue a la puerta de la casa de Zully y vio el auto de Amadori: no pudo perdonarlo jamás.

Amadori estaba loco de amor pero tuvo que esperar seis años para casarse. Él mismo lo comentaría en una entrevista: "Yo me quería unir vía Montevideo, pero Zully me contestó que no, que ella se casaría una sola vez en la vida y lo haría indisolublemente por la ley argentina". La actriz tenía razón, estuvieron juntos en las buenas y en las malas, y sólo los separó la muerte.

Trailer de Dios se lo pague

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Tuvieron un hijo, Luis, y formaron una dupla imparable. En 1948, el mismo año de su casamiento, llegó el regalo de bodas: Dios se lo pague. El film, que protagonizó con la estrella mexicana Arturo de Córdova, fue un imparable suceso mundial, proyectó a la pareja fronteras afuera y logró convertirse en el primer film argentino en ganar el Oscar a la mejor película extranjera (en ese momento no se entregaba una estatuilla, sino un diploma). Gracias a esta película se vio cine argentino por primera vez en Londres y en Nueva York la dieron en tres salas en simultáneo. Batió todos los récords y fue la puerta de ingreso a Argentina Sono Film para los Amadori, que terminaron comprando la productora. Años después, en un reportaje, Zully recordó que lloró como loca para convencer a su marido de no hacer esa película porque consideraba que no era un rol protagónico: "Luego, por esa cosa mágica del cine, el personaje cobró relieve y se transformó en unos de los hitos de mi carrera".

El exilio y la retirada

Su trabajo en el film La mujer de las camelias (1953) le valió un Globo de Oro
Su trabajo en el film La mujer de las camelias (1953) le valió un Globo de Oro Fuente: Archivo

En 1950, filmaron en México tres películas. En 1953, hizo La mujer de las camelias y por ese papel recibió un Globos de Oro. Tuvo decenas de propuestas en los Estados Unidos, pero todo se oscureció para la pareja. En 1955, con la caída del gobierno peronista, llegó también su capítulo más negro. "Nunca nos habíamos metido en nada -recordaría luego Zully-. Llegó un momento durante los días posteriores a la Revolución Libertadora, que mi casa estaba invadida por policías. Yo no entendía nada: mi hijo tenía fiebre, a mi marido se lo llevaron preso y yo sin comprender por qué. Me preguntaron chismes y cosas que yo no sabía, no entendía. Jamás tuve un solo puesto, nunca pertenecí a la Sociedad de Actores, no participé en festivales, no hice nada de nada".

Cuando Amadori salió de la cárcel, el matrimonio se exilió en España. Si bien la diva filmaría algunas películas del otro lado del océano (una de ellas, Madrugada en 1957 que le daría un premio Goya a la mejor actriz extranjera), este episodio fue el principio del fin de su carrera. Tuvo ofrecimientos para protagonizar junto a estrellas europeas como Vittorio Gassman, pero ella se negó a continuar. Se alejó definitivamente de la actividad artística y con el argumento de "Ya no soy noticia" o "Prefiero dedicarme a la crianza y la educación de mi hijo", se negó incluso a cualquier entrevista periodística. Tenía 39 años. Aun así, en 1963 obtuvo el título de "La mujer más elegante de España", otorgado por la prensa ibérica. A donde iba, deslumbraba.

Regresó de incógnito a la Argentina en 1966, para que su hijo conociera su país. Después, sus viajes empezaron a hacerse cada vez más frecuentes hasta que, en 1970, la familia completa se instaló en un piso de la avenida Del Libertador y se dedicaron a manejar el Maipo. Por aquel entonces, fue tentada por Alejandro Romay para que reemplazara a Mirtha Legrand en los almuerzos televisivos, pero se negó rotundamente.

Casi no se la veía y la estocada final llegó en 1977, poco después de nacer su primer nieto, cuando murió Amadori. Se dice que no tuvo fuerzas para asumir la ausencia del hombre de su vida y que ni siquiera quiso asistir al velatorio. Ya no hubo vuelta atrás, sumergida en la depresión pasó décadas alejada de sus amigas, de sus seres queridos, de la noche porteña que tanto amaba. Ella, que llegaba a los estrenos en un Cadillac y caminaba por una alfombra roja; que era amada por su público, que se convirtió en una diva de teléfonos blancos, que era sinónimo de lujo y de escaleras de mármol, que era experta en moda, se apagaba poco a poco. Dicen que no hubo ni un solo día desde la muerte de Amadori que no hablara de él, que no lo llorara. Nunca pudo recuperarse de esa pérdida, jamás pudo vivir sin su gran amor.

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