Junto al paraná, tras el rastro de Bill Evans

Javier Navia
Javier Navia LA NACION
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1 de abril de 2018  

Aquel año, el último de su vida, Bill Evans tendría dos primaveras. A los 50 años su cuerpo estaba agotado y su alma herida. El suicidio de un hermano, pocos meses antes, no había hecho más que reabrir las cicatrices que la adicción a las drogas habían dejado en él, y agobiado por el dolor buscaba en la música un escape y algún alivio. Cualquier invitación a tocar en vivo era aceptada, aunque se tratara de lugares menores a la envergadura de su nombre, uno de los más grandes de la historia del jazz. A una gira le sucedía otra y, en medio de ellas, casi no había tiempo para el descanso ni para pensar en nada.

Aquella primera primavera de su último año, Bill Evans volvió a la Argentina. Era 1979, seis años después de su visita anterior al país y a dos décadas de su presencia en Kind of Blue, la obra maestra de Miles Davis que convirtió al pianista en una estrella de la música y, para muchos, en el mejor de su género.

Por algún motivo, además de sus actuaciones en Buenos Aires, con las que luego se editaría un disco en vivo, alguien programó para Evans un concierto en San Nicolás de los Arroyos. Aunque ya era ciudad, aún se movía al ritmo de un pueblo más acostumbrado a venerar a la Virgen que a las deidades de la música internacional. Tal vez por eso no pensaron en Evans como la gran figura de la noche, sino en la Reina de la Primavera, que, junto a sus princesas, fue presentada esa misma noche en el mismo escenario.

No fue, claro, un concierto memorable y, comercialmente, fue un fracaso rotundo. De hecho, pocos lo recuerdan hoy y muchos directamente ignoran su existencia. Pero fue el concierto de jazz más improbable que haya habido jamás en la Argentina. Por eso, Joaquín Sánchez Mariño remontó la ruta 9, como lo hizo Bill Evans aquel septiembre del 79, y fue tras el rastro del autor de You must believe in Spring ( Debes creer en la primavera) y aquel concierto mitológico junto al Paraná.

Hugo Giménez, también pianista, aún vive en San Nicolás. Hoy tiene 72 años y asegura ser uno de los pocos que entonces era consciente de la tremenda figura de Bill Evans y lo que representaba para la ciudad que tocara allí. Pero ese sentimiento no era extendido y, según relató a LA NACION revista, durante el breve concierto de Evans fueron muchos los que, aburriéndose con ese desconocido gringo barbudo que se encorvaba sobre el piano, le recomendaron subir al escenario y reemplazarlo ante el teclado. Algunos sostienen que no más de veinte personas vieron el final del concierto y el clima de intimidad fue tal que el propio Giménez terminó la noche comiendo con Evans en un restaurante vecino.

Unos meses después, de vuelta en el hemisferio norte, su última primavera encontraría al pianista culminando una maratónica gira europea y luchando contra sus fantasmas. La muerte lo alcanzó temprano, en septiembre de 1980. En San Nicolás se preparaban para elegir otra Reina de la Primavera y muy pocos recordaban ya a Bill Evans y su extraña noche junto al Paraná.

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