Escuela no hay una sola

Diana Fernández Irusta
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27 de marzo de 2018  

La artista plástica -divina, instruida, parecida a los amigos que cualquiera de nosotros podría tener- dijo, con una pizca de escándalo ante la posibilidad de que su hijo concurriera a cierta escuela pública de la zona sur: "¿Ahí? Pero a esa escuela entra cualquiera?". La mujer que le había hecho semejante sugerencia respondió: "Sí, entra cualquiera, y eso es lo bueno. Yo soy la directora de esa escuela. Ahí entran todos".

Raquel Waldhorn, hoy jubilada, directora de la escuela Tomás Espora del barrio de Constitución hasta 2014, cuenta el episodio en una escena del documental Primer grado en tres países, de Mariana Lifschitz. Lo relata sin perder la sonrisa, con esos gestos pausados y firmes que uno ha visto en tanto docente convencido de que su lugar en la trinchera está junto a los guardapolvos blancos (y entre los guardapolvos blancos, especialmente cerca de los más vulnerables). Con esos gestos y con esa sonrisa, Raquel mira de frente a la cámara y lanza: "¿Qué es ?ser cualquiera'?". Más adelante también dirá, casi como para sí misma: "Estaría bueno que hubiera más familias de clase media en la escuela".

De momentos así está hecha la película de Lifschitz, que se proyectará este jueves, a las 21, en el Centro Cultural de la Cooperación, y que tuve la suerte de ver junto a mi hijo, avezado portador de guardapolvo blanco desde hace cuatro años. Tuve el impulso de abrazarlo cuando la voz en off de la realizadora puso en palabras algo que desde hace rato vengo sintiendo, pero nunca formulé tan bien: "Cuando pienso en temas de crianza -dice Lifschitz-, me pregunto qué mundo le dejo a mi hijo. Y qué hijo le dejo al mundo". Formuladas en plural (el bendito "nosotros"), continúa la realizadora, esas preguntas la llevan, inevitablemente, a pensar en la educación pública.

Supongo que por eso hizo este documental, nacido de un azar particular: el mismo año en que el hijo de la cineasta comenzaba primer grado en la Argentina, los hijos de dos conocidas también lo hacían, pero en Finlandia y en Francia.

Tres niños de seis años con los juegos, fantasías, risas y palabras de todos los niños. Tres sistemas educativos públicos ubicados en tres puntos distintos del planeta. Y tres madres que, fundamentalmente a través de Skype, fueron compartiendo experiencias. La riqueza del documental está en el modo en que logra enlazar esa conversación con una reflexión más amplia -necesariamente abierta- sobre la educación pública en la Argentina. Y la multiplicidad de voces, reivindicaciones, contradicciones, matices y cuestionamientos que la atraviesan.

Aparecen imprevistos. Las madres se sorprenden ante la rigurosidad del modelo francés; también, por la similitud -calidez en el trato con los chicos, tolerancia frente a los desniveles, escalonamiento del aprendizaje- que descubren en la dinámica finlandesa y la argentina. Encuentran que, para el orgulloso modelo francés, la voz de los padres -esa que por estas tierras tiene el peso que tiene- es prescindible. Algo similar a lo que ocurre en la eficiente escuela finlandesa, donde, además, ser docente implica pertenecer a uno de los sectores más valorados de la sociedad. En ambos países prácticamente nadie se plantea inscribir a sus hijos en un sistema educativo que no sea el público. "Igual que en la Argentina hace no tanto tiempo", pienso. Y escucho la voz de Lifschitz, reconociéndose parte de la generación cuyos padres no se tomaban el trabajo de "elegir escuela". Porque todas eran buenas.

En el documental El espíritu del 45, Ken Loach afirma que la generación que se benefició del Estado de bienestar trabajosamente construido en Gran Bretaña luego de la Segunda Guerra es la misma que, por acción u omisión, se dedicó a destruirlo a partir de los años 80. Me pregunto si algo parecido no nos viene ocurriendo a nosotros y al sistema educativo que alguna vez supimos disfrutar.

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