A Puigdemont se le terminó la épica del exilio y quedó en prisión preventiva

La camioneta en que es trasladado Puigdemont, en la prisión Neumünster
La camioneta en que es trasladado Puigdemont, en la prisión Neumünster Crédito: Frank Molter / DPA
La Justicia alemana deberá decidir si extradita al líder independentista, proceso que podría llevar hasta dos meses
Silvia Pisani
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27 de marzo de 2018  

MADRID.- En prisión preventiva y mucho más cerca de ir a juicio por el grave delito de "rebelión" que se le imputa, la simbólica ficción del "presidente en el exilio" se desvanecía ayer para el independentista catalán Carles Puigdemont .

Contra las expectativas de su defensa -que estaba convencida de lograr su liberación- y de sus simpatizantes, un tribunal de la localidad alemana de Kiel le confirmó la prisión preventiva hasta decidir sobre su traslado a España. Algo que podría ocurrir en un plazo no superior a dos meses.

Es un brutal cambio de suerte para el líder que, hasta ahora, y con 150 días en fuga, había logrado burlar a la Justicia española desde su refugio de Bélgica.

Es, también, un cambio de fondo en el escenario político catalán. Pero, pese a eso, el independentismo no pudo salir de su discurso y anunció para mañana una sesión extraordinaria del Parlamento regional para ungirlo presidente.

Si hasta hace unas horas, con Puigdemont libre en Bruselas, eso era imposible, con la misma persona no solo lejos sino también en prisión y sin visos de salir, es aún mucho más impracticable.

"Pedimos sensatez y la posibilidad de elegir como presidente regional a alguien que sea capaz de gobernar", clamaron las fuerzas no separatistas.

Pero no hubo caso. Acorralados por el radicalismo de la Candidatura de Unidad Popular (CUP) y por las plataformas separatistas que ganaron las calles en Barcelona, los sectores más moderados no fueron capaces de intentar otra vía. E insisten en la que ya los llevó al fracaso.

La coincidencia aquí es que a Cataluña, la región más próspera de España, le esperan meses todavía de incertidumbre y costosa inestabilidad, mientras sigue sin gobierno propio y bajo intervención nacional.

La expectativa apunta a la posibilidad de que, de aquí a dos meses, se abra el camino institucional para una nueva convocatoria de elecciones regionales.

Mientras, el juego político siguió en su bucle. Con la excepción de que el gobierno español de Mariano Rajoy rompió el silencio para celebrar en tono triunfalista la detención de Puigdemont como una "buena noticia".

La afirmación, que corrió por cuenta de la vicepresidenta e interventora en Cataluña, Soraya Sáenz de Santamaría, sumó al malestar y a la indignación de quienes consideran lo ocurrido un "atropello a la democracia".

Para La Moncloa, en cambio, lo ocurrido significa "un alivio" para los demócratas que confían en el Estado.

"Significa que las instituciones funcionan y que todos somos iguales ante la ley", dijo Sáenz de Santamaría.

A pedido de España, las autoridades alemanas detuvieron a Puigdemont, quien es requerido por la Justicia local por graves delitos cometidos durante su fallida declaración unilateral de independencia.

Colaboró en la captura el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), que movilizó a doce agentes para seguir al auto en el que intentó trasladarse de Finlandia a Bélgica. Apenas cruzó la frontera alemana, dieron la alerta a la policía local.

Fue el viaje de la mala suerte que le cambió el destino. La legislación alemana es más severa aún que la española para quien atente contra la Constitución o la integridad territorial. De sus jueces -y no de los gobiernos depende ahora su suerte.

"Que no haya violencia", pidió Puigdemont desde la prisión Neumünster, cerca de Hamburgo, donde permanecía alojado.

Nunca, hasta ahora, este político elegido a dedo para una misión poco menos que suicida había probado la vida tras las rejas. Una que ya conocen muchos de sus compañeros de ruta.

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