Anderson .Paak en Vorterix: déjalo que suba

Precedido por el show de Nathy Peluso, el heredero de la corona del soul y el hip-hop cerró los sideshows de Lollapalloza. Un concierto que, a juzgar por la respuesta del público, parece confirmar su romance con Buenos Aires
Precedido por el show de Nathy Peluso, el heredero de la corona del soul y el hip-hop cerró los sideshows de Lollapalloza. Un concierto que, a juzgar por la respuesta del público, parece confirmar su romance con Buenos Aires Fuente: Archivo
Martín Graziano
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27 de marzo de 2018  • 03:21

Ni en su sueño más peregrino Juan Domingo Perón imaginó que su marcha sería útil para celebrar la entrada triunfal de un príncipe negro en Buenos Aires. Pero aquí estamos. Son las 21:20 horas y el público que satura las instalaciones del Teatro Vorterix se monta a la melodía para cantar su tributo: "Anderson Paaak, Anderon Paaak / Anderson Paaak, Anderson Paaak". El muchacho de Oxnard, agazapado detrás del telón, escucha la más maravillosa música y sonríe: tiene el partido ganado desde los vestuarios.

Unos minutos atrás, Nathy Peluso dibujó un círculo de baba y se fue en andas de su propio DJ. Nadie esperaba a La Sandunguera: su participación en el Lollapalooza se suspendió por las condiciones climáticas, pero la organización le encontró un hueco y no desaprovechó la oportunidad. Ataviada como una mezcla entre Carmen Miranda y la Cicciolina, la promesa argentina del trap español mostró las costuras de su tapiz: trap, salsa, soul, bolero, hip hop. Esa exhibición, que en otro artista sería una debilidad, es parte elemental de su carisma. Para cuando se trepó a los monitores, ya estaba lista para reclamar un lugar en el podio de la noche: "Yo soy la mulata -dijo-. Tengo la boca de plata".

Antes del plato fuerte, ya todos recibieron el mensaje de los empleados de seguridad: no se puede fumar. Sin embargo, apenas se apagan las luces crece un pequeño hongo de cannabis civilizado en cada grupito de amigos. De pronto se corre el telón y Anderson .Paak corre raudo hacia el frente: íntegramente de blanco, el tipo es un chamán con el sponsor de Nike. Los Free Nationals, su quinteto multiracial, están esperando el momento exacto para largar la síncopa frenética de "Come down". El público canta cada verso y Paak mira a sus compadres. No pasó ni medio minuto, pero ya está muy claro que esto no es un mero concierto. Aunque el soul se escindió de la Iglesia cuando le empezó a cantaral Dios del Amor y la Guerra, nunca perdió este componente esencialmente religioso: la comunión.

Nadie lo diría, pero la curva del repertorio es matemática: desde el material hiphopero hacia la vertiente más funky y muscular, previo paso por el r&b para -como diría Sergio Dalma- bailar pegados. Temas como "The waters" ponen en relieve su fervor como enterteiner y, para cuando llegan a "Put Me Thru", todo es cuestión del ensamble: Jose Rios (guitarra), Ron Tnava Avant (teclados), Kelsey Gonzales (bajo) y el DJ Callum Connor. A diferencia de buena parte de los solistas exitosos del mercado internacional, el tipo se ha rodeado por un puñado de músicos con mística de banda. Allí radica su fortaleza e incluso su debilidad. Allí también se esconde su arma secreta: Ron y su arsenal de Korg, Roland y Vocoder.

Cuando se sienta en la batería, Paak parece evocar todos los espíritus. Sin dejar de cantar, oscila entre momentos de golpe hard-rockero y tramos de intensa polirritmia que son resueltos sin esfuerzo evidente, como el Diego haciendo jueguitos con una mandarina. En los bises finalmente vuelve a abandonar la banqueta y, en el clímax de "Lite weight", se arroja de cabeza al público. Una cámara lo sigue. Dante Spinetta y Emmanuel Horvilleur, encaramados en los palcos, no le pierden pisada. Tampoco los stages, que lo corren de una punta a la otra del escenario para acomodar el receptor de su monitor in-ear. Un gag involuntario que, a final de cuentas, revela el nudo del asunto: Paak no piensa parar.

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