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Líderes carismáticos: los peligros del ego de los padres fundadores

Los creadores de compañías son emprendedores empecinados, pero enfrentan el desafío de saber delegar el poder
Los creadores de compañías son emprendedores empecinados, pero enfrentan el desafío de saber delegar el poder Crédito: Shutterstock
Eugenio Marchiori
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28 de marzo de 2018  

"La única manera de hacer un gran trabajo es amar lo que haces. Si aún no lo has encontrado, sigue buscando. No te detengas", decía Steve Jobs, tal vez el emprendedor más exitoso de los últimos cuarenta años. Y Jobs cumplió con su propio consejo. No se rindió ni siquiera cuando lo expulsaron de Apple, la empresa que había fundado. Según relataba, ese había sido su mayor aprendizaje, porque le había hecho bajar los pies a la tierra.

Toda organización tiene un padre fundador. Eso fueron los grandes líderes religiosos y políticos, y también Bill Gates, Henry Ford y Elon Musk, por nombrar algunos de los más célebres.

Los fundadores son personas extraordinarias que luchan por defender una idea y por seguir una visión y que tienen el entusiasmo, la energía y la determinación como para superar todas las barreras. Convierten su propósito en una misión de vida, son creadores por naturaleza y no se conforman con sumarse al statu quo. Son emprendedores empecinados con el objetivo de lograr el éxito de la empresa con la que se han comprometido.

Su carisma y su valentía atraen a un pequeño grupo de fieles apóstoles que confían en ellos y que están dispuestos a dar todo su esfuerzo para realizar -porque la parte difícil de una gran idea es bajarla a la realidad- un proyecto que asumen como propio. Ellos comparten los valores del creador. En los días en que se dan los primeros pasos, la comunicación es abierta, fluida y honesta, y en el grupo reina la sensación de pertenecer a "una gran familia", de ser miembros de una hermandad.

La primera etapa marcará para siempre la cultura de la compañía. Los principios fundacionales resisten el paso del tiempo y de las generaciones. También serán determinantes del crecimiento y de la inversión. Una empresa que nace es como un avión que despega: lo más difícil y riesgoso es el carreteo y levantar vuelo; una vez que alcanza altura y se estabiliza, disminuyen los peligros de los primeros momentos?, pero aparecen otros.

Ante todo, se va extinguiendo la "fiebre del pionero". Comienza a caer la motivación y algunos de los cofundadores dejan la empresa. Es el momento cuando debe salir a relucir la capacidad de liderazgo del padre de la idea. Él solo debe ser capaz de darse cuenta de que necesita cambiar y emplear un enfoque de conducción diferente del inicial. Debe comprender que aunque todo parece indicar que el negocio florece, también está atravesando la primera crisis de crecimiento. Debe realizar, además, un difícil ejercicio de autoconocimiento que lo oriente hacia el primer cambio de etapa vital de la empresa. Para conseguir atravesarla necesitará superar el síndrome de Ícaro.

Síndrome de Ícaro

Como otros pueblos, los griegos empleaban parábolas y mitos para advertir acerca de los peligros que esconde la naturaleza humana. El mito de Ícaro es uno de los más antiguos.

La leyenda cuenta que Dédalo era el arquitecto e inventor más célebre de Grecia. Luego de haber asesinado a su sobrino Talos -por sentir celos de su asombroso ingenio-, tuvo que huir con su hijo Ícaro a Creta. Allí, el rey Minos le encargó diseñar un laberinto para encerrar al Minotauro, una monstruosa criatura mitad hombre mitad toro. Para evitar que revelaran el secreto de sus intrincados pasadizos, Minos encerró al padre y al hijo en el laberinto. Ellos deambularon durante mucho tiempo sin poder encontrar la salida hasta que Dédalo tuvo una idea: construir alas con plumas de aves y cera. Así lo hizo, y ambos pudieron escapar por el aire. Antes, el arquitecto le había advertido a su hijo que no debía volar ni demasiado alto, porque sus alas se derretirían, ni demasiado bajo, porque se mojarían. Pero Ícaro, desoyendo los consejos de su padre, se acercó mucho al sol, sus alas se derritieron, cayó al mar y murió ahogado en el Egeo. La isla de Icaria es el vivo testimonio de su destino.

Legado empresario

Hoy diríamos que Ícaro "se la creyó". Pensó que volaba solo gracias a su habilidad innata y se olvidó de la ayuda que había tenido de su padre y de la diosa Fortuna. Algo similar le puede ocurrir a un fundador. Si piensa que el éxito se debe solo a su capacidad y carece de suficiente humildad como para reconocer la ayuda de sus compañeros originales y de la suerte, arriesga a su "hijo" tan amado.

Si se consigue superar la etapa fundacional, es probable que la organización prospere. Aun cuando el fundador ya no esté, su presencia y su prestigio permanecerán para siempre a través de sus valores, de su pasión y de su misión. El síndrome de Ícaro -su propio ego- es el mayor peligro que enfrenta un creador. Olvidados al poco tiempo, son decenas de miles los emprendedores que mueren ahogados en su Egeo personal.

El autor es profesor de la Escuela de Negocios de la UTDT.

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